EL PALCO DE LOS CAMACHO

EL PALCO DE LOS CAMACHO

Han cambiado muchas cosas en torno al estadio Nemesio Camacho, El Campín, en estos 60 años. Para comprobarlo, basta con mirar desde de las gradas superiores las calles circundantes.

22 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

Ayer no más eran fríos callejones que llevaban al puesto de chicha y a la casa cural. Hoy son avenidas sembradas de minas que hemos construido a semejanza de nuestras almas, tan llenas de cráteres.

Por ellas andamos, atrincherados en nuestras burbujas japoneses de 16 válvulas, aterrorizando al pobre diablo al que la vida tan sólo le ha alcanzado para un Renault 4, que es como un inocente tiro libre lejos de la meta.

En los días de Cozzi y Pedernera había público para todas las misas y ruanas para todos los cultos. Por las mañanas se llenaba la Porciúncula y, por la tarde, íbamos a comulgar con los goles de D Stéfano.

Por esos días se construyó el Palco de los Camacho: amplio y confortable, a resguardo del frío y de la lluvia. Con la visibilidad suficiente para seguir el largo galope de Charles Mitten saliendo de la niebla, como cuando jugaba en Londres. Pero nadie ocupó nunca ese palco.

La niebla: entonces todavía flotaba entre los negros sombreros de los cachacos. Un día cualquiera se fue para siempre. Ese día marca el tardío fin de la colonia en Bogotá. Se mantuvo, sí, la otra colonia. La que tenía sus metrópolis en Buenos Aires, en Río, en Montevideo, en Lima, en Asunción.

Al comenzar la era moderna, la hierba de El Campín era ya sagrada. La habían pisado Valeriano, Heleno, El Charro Moreno... Rossi organizó sobre ella un batallón de veteranos de guerra. Y El Pibe Rial se inventó del lado de Oriental una nueva geometría. Pero el Palco de los Camacho siguió estando vacío.

Después pasaron por aquí los últimos artistas de la saga de Melquíades.

Llegaron, por ejemplo, los artistas de carromato del Botafogo y los finos carteristas que acompañaban a Sanfilipo.

Garrincha, una tarde, se inventó dos pilatunas de potrero en la banda de Occidental y al pobre Juan Gallego se le dislocaron las coyunturas. Pero no había nadie para celebrar en el Palco de los Camacho.

Era la época heroica de la radio. Paludismo Ramírez, que al hablar nos endulzaba los oídos con su acento del Tolima, llegaba al mediodía a instalar los cables de la emisora subido a los postes de la luz. Sus manos huesudas fabricaban nuestra escalera al cielo. Por la tarde, bajo la lluvia, a ras de piso, Carlos Arturo Rueda cantaba los goles.

Una tarde, nadie tuvo corazón para cantar goles. Dos horas antes del partido, Paludismo , el chico de Icononzo, con su pelo rebelde de indio pijao, había muerto carbonizado, subido a un poste de la luz.

Eran domingos de lleno a reventar. De llanera crepitante en el Palacio del Colesterol. Desiderio sólo marcaba goles imposibles. Ferrero los marcaba todos. Y Alfonso Cañón nos hacía creer que Avellaneda no quedaba tan lejos. Pero no había nadie en el Palco de los Camacho.

Han pasado ya 60 años. Y nosotros, que hemos sobrevivido a tanto golpe bajo, dentro y fuera de las áreas, seguimos visitando El Campín uno que otro domingo.

Se ha vuelto una costumbre. Desde nuestro sitio en la tribuna, miramos hacia el Palco de los Camacho que sigue estando solo. No hay mayor monumento a la soledad en el mundo entero.

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