REFORMANDO SIN REFORMAR

REFORMANDO SIN REFORMAR

La reforma política resultó teniendo muy poco que ver con la reforma política. Es decir, con aquella que sería punto de partida, que no de llegada, según las palabras del Ministro del Interior, del proceso de paz.

29 de septiembre 1998 , 12:00 a.m.

Por eso desaparecieron los indultos, aun aquellos diseñados para los delitos atroces que al principio parecían la justificación real de esa reforma, no sólo desde el punto de vista de su contenido, sino también desde el de su oportunidad.

También se acabó, por lo menos en cuanto hace al Gobierno, lo del referendo, un expediente al cual, siempre según lo que decía el Ministro del Interior, se acudía para otorgar respaldo popular a decisiones sobre la paz.

Que el voto sea a los 16 años de edad de los sufragantes, que Contralor y Procurador sean elegidos de unas ternas diferentes y la ampliación, otra vez, de las facultades legislativas del Ejecutivo, aun en leyes especiales y mediante facultades otorgadas por el Congreso, no son demasiada reforma. Ni demasiada política.

La única novedad esencial del nuevo borrador (hay que llamar borrador, a falta de uno, ahora y antes, a los cambiantes anuncios verbales del Ministro del Interior) es la reforma de los partidos, un tema de improbable buen suceso en su trámite por el Congreso, no tanto porque allí exista poca voluntad de suicidio, sino por el escaso diálogo que semejante estipulación ha merecido.

No se reforman en serio los partidos sin la participación, anuencia y voluntad de los partidos, según lo proclamaba un estadista de lo obvio apellidado Perogrullo. La improvisación y el prontismo han negado desde el principio el diálogo alrededor de una reforma que unas veces apunta hacia unas cosas y al día siguiente a otras bien distintas.

Habrá que esperar, todavía, el borrador borrador que tanta falta hace. Mientras tanto, decir que las listas únicas de partido (parece que el Senado se convertiría cien a cien en circunscripción nacional, un postulado discutible) no reforman de por sí los partidos. En realidad volveríamos al imperio del bolígrafo, una institución según la cual los monarcas de Bogotá elaboraban el catálogo de los elegibles. Y de los elegidos.

La lista única supone partidos, no los crea. Por eso la reforma tiene que inducir su fortalecimiento y desarrollo y no esperar magia en los bolígrafos. Y una cosa y la otra requieren mucho foro, mucha discusión abierta. Porque el tema de los partidos no sólo interesa a los partidos. Menos aún a lo que insidiosamente solemos entender por ellos: su dirigencia parlamentaria. Al fin y al cabo, la democracia de fin de siglo sigue siendo partidocracia, no obstante el desprestigio de los partidos. Ocurre lo que con el matrimonio: están en crisis, pero es improbable que se invente una manera de sustituirlos.

Si uno elabora una doble columna, tal vez triple o cuádruple, entre lo que sobre el tema ha dicho el Gobierno, tiene la impresión de que se está improvisando. O que no se decide entre lo que quieren Ingrid Betancur, Fabio Valencia y Tirofijo . O que le gusta demasiado el espectáculo alrededor de una reforma, así ella no exista.

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