EL METRO Y LAS VIUDAS DEL FÚTBOL

EL METRO Y LAS VIUDAS DEL FÚTBOL

Casi podría decirse que hay dos París. La de arriba y la de abajo. La primera, a cielo abierto, es la deliciosa urbe que atrae cada año a unos 21 millones de turistas. La que el genio de Napoleón ordenó derribar a fines del siglo XVIII para construirla de nuevo con el concepto que luce hoy: bella, esplendorosa, amplia, con grandes avenidas y bulevares, plena de imponentes palacios, jardines y parques.

11 de julio 1998 , 12:00 a. m.

La de abajo late en sus entrañas, conformando un auténtico mundo subterráneo a través del metro. Por qué es metro y no subterráneo? Porque al construirlo, a comienzos de siglo, le pusieron de nombre Metropolitain . Todavía se mantienen, intactos, muchos de esos viejos carteles de hierro en las bocas de las estaciones.

El metro es otro mundo, otra ciudad. Son trece líneas con cientos de estaciones y decenas de combinaciones y bifurcaciones que conforman una gigantesca red que más bien parece el interior de un hormiguero: miles de conductos en todas las direcciones y cientos de miles de hormigas humanas que lo pueblan en todo momento. No hay medio más eficaz, más veloz ni más barato que el metro.

Por eso, los cientos de miles que están abajo son casi tantos como los que circulan por arriba. El metro es un orgullo de los parisinos, el mejor del mundo. Allí es posible encontrar una fauna variada. Desde el ejecutivo que vive apurado hasta el mendigo más harapiento con su perro, pasando por señoras elegantes que bajan en Champs Elysées, estudiantes, hippies, cantantes que animan el viaje a cambio de monedas, borrachines, señoritas estupendas. Y muchos turistas. Porque apenas arribado a París le hacen a uno la recomendación: No tome taxi, vaya en metro .

No hay lugar en París al que no llegue el metro. Y es bien moderno y atractivo. Cuando uno va hacia la Torre Eiffel, el tren deja la oscuridad subterránea, sale a la superficie y luego toma altura para pasar sobre el Sena. Un gran espectáculo. El río abajo, los lujosos barquitos de paseo, la Torre a un costado, el esplendor del estilo francés en las construcciones.

Entre las muchas estaciones con nombres célebres (Víctor Hugo, Emile Zola, Voltaire, Charles de Gaulle, Bastilla, Franklin D. Roosvelt, Kennedy) se hallan dos que nos resultan particularmente familiares: Argentina y Bolívar.

En una de esas combinaciones bajo tierra, en la estación Pasteur, nos encontramos con una gloria del periodismo latinoamericano: Juvenal. Entrañable amigo, querido maestro de tantas jornadas en El Gráfico.

Juvenal presentó aquí en París su libro Fútbol en el alma justo cuando está cumpliendo su décimo mundial. Juvenal es como persona un 50 por ciento de cada uno de sus apellidos. De Pasquato, su sangre paterna, heredó la pasión. Sus saques laterales con la máquina de escribir forman parte del anecdotario periodístico. Odiaba que le tocaran su vieja Olivetti.

Pocas, muy pocas personas ven tan bien el fútbol como Juvenal. Nadie tiene su memoria. Otro mortal no podría describir tan perfectamente a tantos futbolistas ni con semejante gracia. Ve fútbol desde 1932 y lo recuerda con claridad de asombro. Delante de sus pupilas privilegiadas desfiló el fútbol mundial.

Juvenal, exquisito dibujante, tanguero experto, considera a José Manuel Moreno como el jugador cumbre que vio. Pero habla mucho más del presente que del pasado. No está aferrado a lo que se fue. Sigue amando el presente y soñando el futuro. El libro es una belleza. Sin embargo no quedó del todo feliz.

No tiene dedicatoria , cuenta. En la velocidad por imprimirlo y traerlo a Francia me apuraron un poco y me olvidé de ese detalle fundamental. Quería dedicárselo a mi esposa, a quien sin querer, llevado por la pasión del fútbol, le robé cientos, quizás miles de domingos. La convertí en una viuda. En el fondo, las esposas de los periodistas deportivos son eso, viudas del fútbol .

París es un escenario insuperable para la nostalgia. Cortázar le escribió desde aquí a una mujer amada: Estoy solo en un mundo de amores

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