LOS TEOREMAS DE PONCE

LOS TEOREMAS DE PONCE

Si el asesor no hubiera cedido a la presión de la plaza dándole una oreja en el primero toro a José Tomás, y no se hubiera visto obligado en consecuencia a subir el premio a dos para la faena de César Rincón al segundo, no se hubiera ganado tampoco la bronca por no otorgarle dos más a Enrique Ponce en el tercero, no por tacaño, sino por no exagerar, con lo cual no hubiera tenido que compensarlo con otras dos en el quinto. Demasiados noes en esta frase. Que la desenrede el asesor.

27 de enero 1998 , 12:00 a. m.

Al margen de los premios, sin embargo, la tarde fue de Ponce. Rincón toreó muy bien a un burraco salpicado calcetero gargantillo y coletero (pues todo eso era el toro: un blanco orejinegro con las vacas de la Sabana), noble, pero tardo y soso (como todo el encierro de Torrealta), y se esforzó en vano por sacarle pases a un gordo negro de compostura episcopal.

José Tomás estuvo serio y limpio y muy terco por naturales con un toro aplomado y con la lengua afuera, y quizás hubiera podido hacerle una gran faena al sexto, el más bonito de la corrida y el de más calidad, si su picador no lo hubiera dejado tan molido en el puyazo. Muy bien Rincón, muy bien José Tomas. Pero la tarde fue de Enrique Ponce.

Fue un despliegue de todos los talentos de Ponce. La cabeza para entender a sus toros, la técnica para dominarlos y corregirles los defectos, la paciencia para saber esperarlos. Y la gracia para entusiasmar y apasionar al público con dos faenas que no tenían por qué despertar entusiasmo ni pasión, sino más bien una fría admiración intelectual. Yo no sé cómo se comportaban los alumnos de Pitágoras, pero estoy seguro de que no prorrumpían en oles y le arrojaban sombreros cada vez que dividía limpiamente la hipotenusa de un triángulo por la suma de los cuadrados de los dos catetos (suponiendo que fuera eso lo que hacía Pitágoras: no recuerdo bien). Y lo que hizo Ponce el domingo en Bogotá, soberbiamente, admirablemente, pero fríamente, fue eso mismo: demostrar teoremas de geometría arduos y áridos, y en apariencia insolubles. Junto a ellos, el problemita aritmético del asesor de la plaza era un juego de niños.

El primer toro de Ponce, por ejemplo, blandeaba de las manos y se quedaba corto, buscaba por el pitón derecho y pasaba a regañadientes por el izquierdo, rebrincadito. Si se le bajaba la muleta, se caía. Si no se le bajaba, pegaba un tornillazo a la salida del pase. Qué hacer en semejante caso? Pues lo que hizo Ponce. En las escuelas de tauromaquia deberían pasar el video de su faena como asignatura obligatoria, entre la clase de arte y la de trigonometría. Había que estar ahí, sobar al toro sin molestarlo mucho, alargar poco a poco los pases sin quitarle la muleta de la cara, no permitirle que la tocara con los pitones, y aguantar. Con lo cual el toro acabó por entregarse, y Ponce (ahora molestaba el viento qué hay que hacer cuando molesta el viento?), en la tranquilidad ganada a pulso, dio un cambiado por la espalda y siguió toreando en redondo todo lo que quiso. Mató de un estocadón.

La lección magistral merecía las dos orejas. Pero el asesor de la plaza, sumido en su propio laberinto de cálculos numéricos si a la faena de Tomás le di una y por eso a la Rincón me tocó darle dos, aunque fuera excesivo, a esta de Ponce tendría que darle tres, lo cual es imposible, pero si solo le doy dos..., la premió con una sola. Bronca para el asesor, el sabio y bondadoso pero matemáticamente inepto doctor Aldo Buenaventura. Esto de los toros es difícil.

Más difícil todavía era el problema que planteaba el quinto toro. Sosote, pesadote, paradote, defendiéndose, negándose a embestir. Encima, el viento hacía flamear como una bandera la muleta del torero. Imposible. Pero a la tercera tanda de derechazos ya tenía Ponce al toro metido en la muleta y obedeciendo como un perrito. Un derechazo con la mano baja, en tablas (por el viento), y ya el lujo de un elegante cambio de mano y una larga, ligada y suave serie de naturales con el toro siguiendo la muleta con codicia, como si él, que por naturaleza era parado como un piano de cola, hubiera nacido para embestir. No había nacido así: lo había hecho Ponce. La sencillez del arte. El toro no tenía un pase: en la muleta de Ponce tuvo cuarenta o cincuenta. Era apagado y soso: el talento de Ponce fue capaz de arrancarle emoción. Cuatro orejas? Cuántas orejas tiene la hipotenusa de un triángulo escaleno? Habría que preguntárselo a Pitágoras. El asesor dio dos.

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