LA DESPEDIDA DEL TINO

LA DESPEDIDA DEL TINO

Tino no comprendía por qué tanto toque toque por parte de su veterinario y su biólogo y tantos controles a sus comidas en los últimos días. Mucho menos, por qué lo metían en un guacal tan estrecho donde no podía estirar las patas ni revolcarse perezosamente.

26 de septiembre 1998 , 12:00 a.m.

Pero lo que menos entendía el oso de anteojos era por qué en esa jaula incómoda los carabineros de la Policía lo iban a sacar del Parque Recreacional de Cúcuta, donde vivió sus últimos dos años y medio, rumbo al aeropuerto Camilo Daza.

El animal pataleó en la cesta y empezó a gemir, al tiempo que fueron derramándose lágrimas en los rostros de los carabineros de la Policía, que lo cuidaron durante su estadía en ese campo de juego, donde siempre estuvo enjaulado.

Todos los que aprendieron a quererlo fueron a decirle adiós como se despide a un amigo que empezará una mejor vida pero a quien se extrañará entrañablemente.

Algunos le acariciaban el hocico tiernamente mientras el animal se removía desesperado dentro del guacal, al tiempo que la tristeza y la alegría se confundían en el ambiente.

El comandante de los uniformados, el agente Pedro Peñaloza, quiso despedirse del oso y le tendió una de sus manos, pero al final se quedó con un doloroso apretón del plantígrado.

Era un compañero más del escuadrón , contó Peñaloza, mientras se miraba el dedo que Tino le había mordido, porque estaba furioso y no le gusta el encierro . Al final el animal partió rumbo al aeropuerto.

Puntual, como inusual pasajero, antes de las 7 de la mañana del martes el oso de anteojos llegó rodeado de amigos y personal de seguridad, al estilo de las grandes personalidades, al terminal aéreo donde decenas de personas se disponían a viajar.

Por fin libre Allí no hubo lugar para los curiosos, pues los especialistas habían recomendado el menor contacto con el público para evitar peligrosos niveles de estrés en el animal.

Tino subió a las 7:30 al vuelo de Avianca rumbo a Bogotá y de allí vía Intercontinental hasta Pasto, donde la Corporación Autónoma Regional de Nariño (Corponariño) se encargó de conducirlo a la reserva natural La Planada, su nuevo hogar.

Mientras el avión se perdía en el cielo, en tierra todos los funcionarios de Corponor y el parque se consolaban repitiéndose que se acabaron las jaulas para Tino , que hace dos años y medio fue entregado a la organización ambiental por Jorge Pérez, que lo compró a unos campesinos.

Pérez llamó al animal Tino por su afición a destrozar balones.

Ahora en Nariño, el tremactus ornatus (nombre científico de la especie) permanecerá en cuarentena y se monitoreará constantemente su estado anímico.

Luego, Tino tendrá su propia isla donde se espera que lentamente asimile su condición de ser libre.

Yovany Bermonth, que fue su veterinario, cree que no va a tener problemas para adaptarse a su nuevo hábitat, pues tendrá un espacio donde podrá rascarse la espalda contra los árboles, treparlos o simplemente estirarse sin que sus garras se estrellen con barras de metal.

Igual piensa el biólogo Antonio Ramírez, que también conoció el proceso del oso en cautiverio.

Por ahora, Tino está redescubriendo el mundo que la codicia del hombre le arrebató cuando apenas comenzaba a recorrerlo, lejos de las personas que a través de él conocieron la ternura e inocencia de una fiera, que a buena hora fue rescatada de las garras de los depredadores.

UNA ESPECIE DESPLAZA La tala de bosques, la persistencia de los cazadores y el crecimiento de las zonas cultivadas hicieron que los osos de anteojos se convirtieran en unos desplazados silenciosos que caminan por la ruta de la extinción.

Algunos organizaciones dedicadas al estudio del oso señalan que en el país hay unos 2.000 ejemplares, pero esta cifra es considerada optimista por personas como el biólogo Pedro Moreno, que se ha desempeñado como director de la reserva natural de la Planada (Nariño), en donde se realiza un proyecto para la conservación de esta especie.

Moreno dice que un censo concreto corresponde a los 70 osos que existen en cautiverio. Con la destrucción de su hábitat, lo obligan a buscar su alimento por fuera del bosque y en ese momento es cuando se expone a ser atacado o cazado , explica.

En algunas comunidades indígenas y campesinas se cree que al untar la grasa del oso a los niños les otorga vitalidad para crecer sanos. Ese mito carece de fundamentación científica , según Moreno.

Actualmente, La Planada es el reino del oso de anteojos del país. El lugar es manejado por la Fundación Fes con la intención de brindar un hogar de paso a los ejemplares que son rescatados en cautiverio para posteriormente ser reintroducidos en otras áreas montañosas.

Cada oso requiere por lo menos 6 mil hectáreas de bosque para sobrevivir, pero la tasa deforestación es de 5.400 hectáreas anuales. Además, cada día los osos caminan un promedio de 30 kilómetros. La reserva tiene 3.300 hectáreas de extensión.

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