LOS PUNTEROS DE ANTES

LOS PUNTEROS DE ANTES

El fútbol le debe todo lo que es hoy a sus artistas de ayer, que lo metieron en el alma del pueblo. El fútbol no sería explicable sin la épica del negro Obdulio Varela y la rapsodia húngara de Ladislao Kubala.

26 de septiembre 1998 , 12:00 a.m.

El fútbol nos sedujo desde el mismo día en que Dios creó a Stanley Matthews, a Garrincha y a Libuda y dio por comenzada la función.

Si el fútbol acabara de nacer y los pioneros fueran, pongamos por caso, El Cholo Simeone, con su juego brioso y ramplón o Jens Jeremies, ese venenoso muñequito de mazapán que los alemanes llevaron a Francia, este deporte tendría las mismas posibilidades de conquistarnos que el rugby o el hockey sobre hielo.

La ley del mínimo esfuerzo y las exigencias comerciales han borrado del léxico del fútbol las palabras arte, acrobacia, ingenuidad, pureza. Y todas las que, junto a esas, servían para definir a los punteros de antes. Por ejemplo, irreverencia. Por ejemplo, locura.

El puntero que nosotros amábamos ha dejado de existir. Era un sujeto pequeño, enclenque, romántico y fantasmal. A veces, mal alimentado. Y, casi siempre, zurdo. Aparecía, desaparecía. Saltaba al campo armado con las dosis exactas de mística, valor y picardía con que se acude a una capea o se va por la calle robando billeteras.

El primer puntero-puntero que conocí se llamaba Valerio Delatour. Por sus venas corría sangre francesa y africana. Esa hubiera sido la mezcla perfecta para producir un artista virtuoso y sensual. Pero como había aprendido a jugar al fútbol en Rebolo, en su alquimia había también una pizca de insensatez y otra de indolencia.

Después vi a muchos otros, incluyendo a los mejores, Mané Garrincha y Stan Libuda. El brasileño hechizaba por igual a la tribuna y a sus marcadores. El alemán de sangre polaca anduvo como un paria por la vida pero fue un dios crepuscular del fútbol.

Los extremos clásicos llegaban a los estadios con los zapatos untados todavía con la boñiga del potrero y uno descubría en sus miradas el mismo extravío del caballero andante. Nuestras madres nos llevaban a los estadios para que los tocáramos.

Un poderoso magnetismo los mantenía pegados a la raya, a lo largo de la cual iban cometiendo sus actos de pillaje. Hasta que, de repente, por capricho o por inspiración, resolvían iniciar la súbita escalada al arco contrario. En ese sublime instante en que el puntero abandonaba el exilio de la raya, el bribón se transformaba en guerrero.

El camino más corto para el puntero de antes tenía más que ver con la posición de los astros en el cielo que con la de los zagueros en las proximidades del área. A veces era la escalofriante diagonal hacia una portería cada vez más cercana. Otras, el ángulo recto, como la ruta de un gato en un jardín.

También René Houseman y Didier Six fueron casos clínicos. El argentino, que jamás conoció la realidad, se movía por el campo como entre un bosque encantado eludiendo los hachazos de aviesos pero lentos leñadores.

El francés era un maníaco depresivo que parecía encontrarse en una eterna fuga de los loqueros. Gambetas, frenos, cambios de sentido. Su perdida razón tenía una sola expresión: el vértigo.

Y hubo, finalmente, un jugador llamado Maradona, que no fue puntero. Pero que en una tarde mexicana, en un momento de divina inspiración resolvió hacerles un homenaje a todos los punteros de la historia, esa extinguida estirpe. Se puso a imitarlos y marcó el gol más bello que nuestros ojos vieron.

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