Secciones
Síguenos en:
DÍA DE RECREO

DÍA DE RECREO

El apacible Relais de la Tour estaba cambiando de significado para los jugadores de la Selección Colombia. De un halagador sitio de descanso, se fue convirtiendo en el curso de los días en una aburrida cárcel francesa.

Llegaba un paquete para un miembro de la delegación, y de inmediato la gendarmería alargaba sus narices para husmear males inexistentes.

Los jugadores, molestos, no ocultaron su protesta. Cómo no ir a caminar las calles y recibir el cálido apoyo de los lugareños? En verdad, a nadie le complacía el régimen penitenciario del hotel. Cansados del continuo crujido de los aparatos de radio de la guardia, se idearon un plan de fuga.

Como ocurre en las prisiones, es difícil saber el nombre del autor. Lo que sí es cierto es que el golpe resultó perfecto. No fue por la puerta de atrás, ni mucho menos. No se hizo en las horas de la noche.

Ocurrió en plena luz del día y se les comunicó a los jefes de prisión. El equipo tiene el día libre. Los jugadores pueden hacer lo que quieran y deben regresar a las 12 de la noche del lunes, hora de Lyon.

No hubo forma de decir no. La decisión superaba la exagerada estrategia de policías, hombres ocultos, escuadrones de avanzada o escuadrones de retirada, en un lugar en el que la gente se muere de vieja y de tranquilidad.

En la mañana, Hernán Darío Gómez, Juan José Peláez y Pedro Sarmiento recorrieron las pequeñas calles de la población. Los chiquillos los vieron pasar de largo. Buscaban a Valderrama y a Asprilla.

Pero no se enteraron de que sus hombres predilectos habían tenido a París por rumbo. Con las dos estrellas también fueron Aristizábal y Cabrera.

Ricard y Calero prefirieron quedarse en casa. Jugaron en la cancha de tenis, en polvo de ladrillo, ubicada cerca de la puerta de entrada ante la mirada vigilante de varios policías. Metidos en el Mundial, contaban las bolas ganadas y perdidas como si estuviesen jugando fútbol. Uno-cero, uno-uno...

En la tarde hacía sol. Algunas niñas de La Tour du Pin habían acortado sus blusas y se habían ceñido los pantalones.

Los periodistas daban vueltas, sin noticia. La Selección no daría entrevistas, no saltaría al estadio de fútbol de la ciudad. Era día de fuga y de recreo. Unas tomas de ambiente, notitas con los habitantes. Nada especial.

A la Place Antonin Dubost, adornada con una fuente de agua cristalina, bajaron Pedro Zape y el utilero Carlos Torres. Se sentaron en el borde de la fuente a tomar el sol y a mirar el cielo azul y nítido.

Hubo vacaciones para el fútbol. Hubiese sido un sacrilegio de sacrilegios tocar el tema. Había que mirar el lento discurrir de la población, los restaurantes cerrados hasta las 7 de la noche, que es cuando se sirve la comida, y los bares abiertos con sus dueños escanciando vino tinto o vino blanco.

Una mujer de blusa azul corta, pantalón ajustado y cabello largo y castaño pasó por ahí. Recibió un tímido y cálido saludo en francés, giró, sonrió y continuó su camino, lejos de entender que el de ayer era un día dedicado a la nada, a fugarse de la realidad, a fugarse de la molesta seguridad que exacerba, a fugarse del acoso de las cámaras y de las preguntas insidiosas.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.