AQUELN OTOÑO EN ROSELYN BAY

AQUELN OTOÑO EN ROSELYN BAY

Roselyn Bay es un lugar privilegiado a una hora de Nueva York. Burgueses retirados de los negocios van a pasar allá su ancianidad, y los ve uno recogiendo con sus rastrillitos las hojas secas en el otoño para hacer sus hogueras en los jardines a orillas del mar. Como retiro al final de una vida, no encuentran los norteamericanos lugar más placentero. Con un sentido de amor a la naturaleza y de reposo, los chilenos escogieron a Roselyn Bay para que pasara sus últimos años Gabriela Mistral. Sola, con una enfermera. Teóricamente, imposible un sitio más bello.

09 de julio 1998 , 12:00 a. m.

Doris Dana, estudiante de una universidad en el este y descendiente del fundador del primer diario de Nueva York, llegó a Roselyn Bay como una universitaria que tenía la curiosidad, por simple interés académico, de la literatura hispánica. Había tropezado en sus estudios con el nombre de una poetisa suramericana, Gabriela Mistral. Iba a entrevistarla.

Gabriela vivía en la casa siguiente a la de Thomas Mann, a la orilla del mar y de espalda a los bosques. El otoño estaba en el punto en que los árboles empiezan a desnudarse y las hojas secas ofrecen en los prados una oportunidad para que los de la plácida bahía salgan a rastrillarlas y a prender esas pequeñas hogueras que perfuman el aire. El olor de la quema, que hace inolvidable la estación, penetra en las casas y les da a las alacenas un aire perfumado, delicioso regalo de los habitantes de Roselyn Bay.

Doris Dana llega en sus vacaciones al pueblo llevando la dirección de Gabriela Mistral. Llega al final de una avenida y encuentra la última casa, que se distingue por el descuido en que está el jardín, donde nadie pone el rastrillo para limpiar el prado. Ve a Thomas Mann en el pórtico de la casa vecina y habla con él.

Mann le da algunas indicaciones sobre la poetisa, a quien no trata, no solo porque Gabriela no habla inglés, sino por la frialdad de la enfermera que cuida de ella. Por el prado, donde nadie pone la mano, crece la vegetación como si la casa estuviera deshabitada.

Doris toca la puerta, pregunta por Gabriela, encuentra cierta hostilidad en la mujer que sale a recibirla. Sin esperar más explicaciones, va haciéndola a un lado y penetra en la casa con esa impertinencia de los estudiantes norteamericanos, que no conocen obstáculo cuando están haciendo una investigación. La mujer que cuida de Gabriela ve su impotencia para rechazar a la enérgica muchacha, que sigue hasta el fondo de la casa, encuentra a Gabriela dócil y adormilada en la penumbra y la saca a tomar aire al porche.

Doris está en ese punto de su edad que no admite contradicción y, en menos de cinco minutos, no solo resuelve despedir a la enfermera, sino entenderse con Gabriela y quedarse como dueña de casa. No se conoce un caso tan rápido de una decisión tan fulminante. A Doris le bastó una rápida inspección del lugar para descubrir que la mujer a quien habían escogido para cuidar a Gabriela la estaba drogando con los barbitúricos, que detectó inmediatamente.

Tan patente era el pecado de la cuidandera, que la firmeza de la estudiante se impuso. Por primera vez en varios meses, Gabriela salió a contemplar las hojas de otoño, a respirar el aire del mar, a comer en uno de los restaurantes del puerto, y durmió en su casa como no había dormido desde que llegó a Roselyn Bay.

Lo singular de esta historia es que la universitaria que produjo todo este cambio apenas hablaba el más deficiente español. Que la enfermera estaba drogando a Gabriela pudo verlo Doris desde el primer momento y, con ese atrevimiento del buen estudiante, puso a caminar la casa en forma distinta. Doris Dana había resuelto el destino de su vida, que consagró íntegramente a una anciana de la cual sólo conocía unos poemas que, si le llegaban al alma, era más por intuición que por dominio de un idioma que, como la personalidad de Gabriela, regalaba sus destellos entre humaredas de misterio.

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