EN UNA NOCHE AMANECÍA UN BARRIO

EN UNA NOCHE AMANECÍA UN BARRIO

-Bien puedan sigan. Ahí perdonarán. Esta casa ya lleva casi 40 años y todavía no la terminamos.

25 de septiembre 1998 , 12:00 a.m.

Pedro Antonio Salas suelta una risa y así da la bienvenida a su casa en el barrio Policarpa Salavarrieta.

Escuchar la historia de este hombre que el próximo mes cumple 78 años, es asistir a una clase sobre cómo empezó la invasión (toma dice él) de tierras en Bogotá.

Después de subir la escalera -todavía en cemento- se abre una puerta blanca que conduce a la sala.

En una habitación del fondo se escucha el ruido de un televisor, pero la voz -que conserva el acento nariñense- y el relato salpicado de anécdotas no dejan tiempo para distraerse.

Yo escribí como 300 páginas y lo llevé sin presentación. Eso fue a las 5 y media cuando vencía el plazo.

Se refiere al concurso Bogotá, historia común, organizado por el Departamento de Acción Comunal, en el que su trabajo En una noche amanecía un barrio, compartió el primer puesto con otro.

Es que lo que uno ha vivido lo cuenta fácil dice entrecerrando los ojos y con una sonrisa que busca aprobación.

Soy nariñense de Sandoná, caleño de gratitud, descendiente de españoles por mi mamá y de los indios quillacingas por mi papá.

Muy joven se voló de la casa y llegó a trabajar a Cali para ganarse la comida. La poesía lo llevó a la Asociación de Juventudes Populares.

Yo me sabía los versos de Julio Flórez, de Vargas Vila que a uno lo ex comulgaban si leía eso.

En la Asociación le dijeron que podía coger el libro que quisiera y eso fue extraordinario para él. Aprendió a hablar en público, a organizar huelgas y a defender las reformas sociales de Alfonso López Pumarejo.

Y fue en Cali donde empezó a organizar las primeras invasiones de tierra.

El 28 de diciembre de 1949 es un día histórico. Sabe por qué? Ese día conquisté un lote y perdí la novia con la que me iba a casar.

De nuevo asoma la risa y hace una pausa en la historia de la tierra para contar la de su corazón.

Yo siempre la iba a esperar al trabajo. Ese día estaba todo sucio y mejor salí a un potrero. Me acosté y estaba tapado con un sombrero y ahí iba de brazo con un muchacho que fue novio de ella pero que la víspera me había dicho que con él no se hablaba.

La voz se entristece un poquito y la sonrisa desaparece cuando empieza a hablar del 50 y al recordar los asesinatos de muchos jóvenes. Cuando el asunto se complicó y la víctima fue él, le tocó viajar a Bogotá.

Yo tenía un negocito que valía 400 pesos y lo vendí por 80. De los amigos, el uno me regaló un saco, el otro una maleta y yo me vine un 12 de enero.

Aquí nadie entendía lo que era la toma de la tierra. Había un centro de inquilinos en el que la gente ahorraba para comprar algún terreno. Cometían muchos abusos contra ellos. Era casi como estar en la cárcel.

Cuando Pedro llegó a la junta directiva empezaron a reunir más dinero para comprar por cuotas terrenos dónde construir sus casas.

Intentamos muchas veces, pasamos solicitudes al Instituto de Crédito, pero nada. Ya desesperados en una asamblea dijimos lo que hay que hacer es buscar a dónde irnos. En eso una compañera bajita y morena pidió la palabra. Hay un terreno lindísimo detrás de La Hortúa. Si quieren yo soy la primera , dijo ella.

Pero antes de relatar esa historia, que es la del barrio donde vive, quiere ser riguroso y dice que la primera invasión fue en Las Colinas.

Eso fue en abril del 61. Fue espontánea y fue organizada por un caldense desesperado con cinco hijos al que nadie le arrendaba. A ese potrero llegaron 6 mil familias en tres días.

Sobre esto tiene sus reparos pues dice que mucha gente llegó a coger lotes para hacer negocio.

Nuestras dudas eran que aquí la gente no se le medía a la toma por el clima, pero lo de Las Colinas nos quitó las dudas. Además, la gente se pone tan feliz con la conquista de un lote que se le olvidan todos los sacrificios.

El 29 de junio del 61 Rosa de Buenaventura, que era la esposa del zapatero Marcos al que le decían el diablo , llegó con sus hijos al potrero.

La habían preparado durante una semana, pues debía parecer algo espontáneo. Así, cuando la Policía llegó a preguntarle ella dijo que estaba de paso mientras conseguía para dónde irse.

Nosotros hicimos el paro y pasamos por ahí. La misma Policía nos dijo que le ayudáramos a esa pobre señora a hacer un ranchito para sus hijos.

De su privilegiada memoria van surgiendo más nombres. Después de Rosa, llegaron los Medina.

Yo fui como el séptimo en llegar. Era que alguien tenía que dirigir esto para que no pasara lo de Las Colinas.

De las casas de latas y maderas y de la lenta construcción del barrio pasa a lo que ocurrió el 8 de abril del 66.

Ese día hubo una guerra de tres horas. Ibamos a ocupar otro terreno para gente que llegó desesperada a pedir ayuda y lo hicimos un viernes santo a las 12 del día. Entraron a tumbar todo lo nuevo y lo viejo. Hubo abaleo. Murió Luis Vega y veinte mujeres salieron con el cadáver. El policía que dirigía todo eso ordenó suspender de inmediato. Ese día hubo cinco partos prematuros, 80 heridos, 100 detenidos. La Policía no volvió.

De toda esa historia, que escribió antes de que se pierda, lo que más lo enorgullece es no haberle cobrado nada a nadie para ayudarle a conseguir un lote.

Dice -siempre sonriente- que es el único que no ha hecho plata. Los cinco millones del premio serán para terminar la casa.

Y claro, también tiene tristezas, como que el barrio no tenga un monumento de la heroína de la cual tomó el nombre y que no haya una biblioteca para que niños y jóvenes se enamoren de la poesía como él.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.