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SOÑADOR DE NAVÍOS

SOÑADOR DE NAVÍOS

En la mitad de un islote poblado de manglar, habitado en su mayoría por personas blancas y rodeado por las aguas del Océano Pacífico y el río Sanquianga, hay dos esqueletos de barcos que están en plena construcción.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
12 de abril 1998 , 12:00 a. m.

Pertenecen a René Estupiñán, el único constructor de bolicheros que hay en la costa pacífica nariñense. Un soñador que desde pequeño aprendió a construir estos barcos de madera que son encorvados como un tulipán con torre en la mitad camarotes y cabina y que miden aproximadamente siete metros de largo y tres de ancho. Embarcaciones que navegan entre Satinga y Buenaventura transportando gallinas, plátanos, madera, cerveza y otros chécheres.

Un hombre que nunca tuvo un sueño distinto al de construir barcos, navegar y conocer paisajes diferentes. Ya lo cumplió. Un hombre de 39 años, serio, alto, blanco, canoso y de ojos verdes que heredó esta tradición de su familia, que al parecer desciende de los vikingos.

Bueno, o eso dice, porque en realidad los blancos que viven en este islote no saben de donde provienen. Dicen que creen que descienden de escandinavos que llegaron alguna vez a esta parte del Pacífico y que de ellos viene la tradición de navegantes. Al menos esa era la explicación que el abuelo daba a René cuando era un niño.

Sin embargo, hay otros que dicen que descienden de los españoles que llegaron con Francisco Pizarro, cuando se dirigía a conquistar el Perú. Lo cierto es que en las dos poblaciones de este islote, Mulatos y Vigía, viven personas blancas que por muchos años no se mezclaron con los esclavos libertos que habitaban en la región.

Sea cual fuere la verdad, la historia es que hace más de 150 años los viejos de su familia mandaron a sus hijos a Alemania a perfeccionar la técnica aprendida de los antepasados y desde entonces la familia Estupiñán es reconocida por construir los únicos y los mejores bolicheros de la región. Hoy él es el único que conserva esta tradición.

Dentro del manglar El cauce seco de un caño que se llena de agua cuando sube la marea es el lugar donde siempre se han construido los barcos. Es allí, con la ayuda de nueve personas, donde cada pedazo de madera se encaja con el otro hasta llegar lentamente a hacer realidad el bolichero. Barcos que nunca han cambiado de diseño y siempre se han parecido a un Arca de Noé.

En su construcción utiliza comino, chachejo o nato, madera que encarga a Buenaventura porque no se consigue en la zona. Generalmente los termina en un año y hasta hace poco construía dos embarcaciones cada año y medio a un promedio de 85 millones de pesos cada uno, pero según cuenta, la situación económica está muy dura y el trabajo disminuyó.

Es la mala política la que nos tiene así se queja René que por estos días, a falta de barcos por construir, se dedica a reparar dos embarcaciones viejas, trabajo que le toma dos meses y por el que cobra 12 millones de pesos.

Soy optimista, estoy seguro de que esto tiene que mejorar , concluye René. Mientras tanto tiene otras cosas que hacer: luchar por los intereses de la población.

En agosto de 1997 un amigo convencido de sus capacidades de liderazgo lo animó para que se lanzará como candidato al consejo de la Tola, municipio al que pertenece Mulatos.

Hizo campaña convencido de que la educación en la región tenía que mejorar y en la actualidad viaja ya en el barco de otros cada dos meses por quince a días a esta población, a luchar porque en este islote se construya una buena escuela donde sus hijos y los demás pelados puedan estudiar hasta el final.

Caminos del mar Desde pequeño cogía las piezas de balso y como por arte de magia las convertía en réplicas exactas de las embarcaciones de verdad. Se robaba las revistas de barcos que le llegaban a sus tíos de Alemania y cuando tuvo 12 años lo pusieron a trabajar. Corte aquí, tale allá.

Pero a los 16 se fue de la casa. Sentía que durante los cuatro años de trabajo con su familia había aprendido lo básico de esta profesión y quería labrarse su propio destino. Dejarse llevar.

Llegó a Guapí, Cauca, a cuatro horas en lancha de Mulatos, ayudó a construir algunas embarcaciones y se convirtió en maestro profesional.

En 1979, después del maremoto que azotó esta región, se trasladó para El Charco, Nariño, a construir sus propios barcos, su propio barco. Su propio sueño.

Recuerda que lo pintó de los colores que más le gustan: blanco y rojo, y cuenta con nostalgia que lo vendió hace algunos años después de que casi se hunde en una noche de tormenta. No todos los sueños son perfectos .

En el Charco se le atravesó el amor. Conoció a Sobeida Suárez, la mujer con la que comparte su vida desde hace 16 años y con la que tiene seis hijos, tres mujeres y tres hombres. Unión que se ha vivido de lejos y de cerca porque fue durante esta época que viajó lejos. Otro sueño que cumplió.

Durante muchos años llevé una vida de vago, de aquí para allá sin saber a donde me llevaría el destino. Solo sabía que cada cierto tiempo tenía que regresar a ver a mi mujer, a mi hijos .

Navegaba en su propio barco por las costas chocoanas y transportaba la madera que indiscriminadamente se talaba en los bosques de manglar.

Conocí cada rincón de la costa del Chocó, que era algo así como un sueño que tenía desde niño . Cuenta que este paisaje lo conquistó desde el primer momento. Lo impresionaron las montañas que caen directamente al mar.

Y es que esta topografía es extraña para un hombre que creció en una región plana llena de islotes poblados de manglar donde el transporte es a través del agua y donde nunca se ve una elevación.

Eso sí, confiesa con picardía, que aunque no le faltaron las amigas, nunca tuvo un romance en serio con otra mujer . De hijos, ni hablar .

Ancló. Hace cinco años volvió a Mulatos, un poblado de playas largas y grises, en donde el mayor orgullo es una cancha de fútbol en la que se juega un picado todos los días a partir de las cinco de la tarde. A 20 minutos de camino hacía el interior de la isla, en la mitad de una pequeña pampa rodeada de manglar, quedan su casa y su taller.

Sueña con que sus tres hijos varones se dediquen a este oficio, si las mujeres quieren pueden ayudar con el diseño , y no quiere por nada en el mundo tener que alejarse del mar. Quiere algún día volver a navegar, construir barcos aquí y allá y no tener que parar jamás. Hacer realidad su sueño hasta el final.

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