UN SÍMBOLO DE ESPERANZA

UN SÍMBOLO DE ESPERANZA

Cuba es así. Una estrella en el cielo azul del Caribe . Ya Martí lo había dicho: Cultivo la rosa blanca/ en julio como en enero/ para el amigo sincero/ que me da su mano franca./ Y para el cruel que me arranca/ el corazón con que vivo,/ cardo ni oruga cultivo:/ cultivo la rosa blanca. Un millón doscientas mil personas vieron llegar a Juan Pablo II, bajar en La Habana, oficiar la misa, oír a los cristianos y regresar a Roma. Besó la tierra de José Martí. Recibió el homenaje de gentes de Nuestra América que, agitando banderas blancas y amarillas, expresaban ante el propio déspota del Caribe su amor a la libertad.

29 de enero 1998 , 12:00 a. m.

No deja de ser emocionante que la mayor concentración humana que se haya producido para recibir al Papa en América y para despedirlo como un símbolo de esperanza y de redención haya sido la tierra de José Martí, la última que, hace cien años, vino a desligarse del imperio español en América en el momento decisivo, desde el archipiélago que sirvió a Bolívar de trampolín para dar el salto que habría de asegurar la independencia en la campaña que empezó en Angostura y se coronó en Ayacucho.

Han sido los desarrollos históricos en Cuba condicionados a las circunstancias de la difícil evolución de Nuestra América. Como es la puerta para nuestro continente, el cruce de todos los caminos, la fruta que todos ambicionan y a donde han ido llegando españoles, portugueses, franceses, daneses, holandeses, alemanes, ingleses a que los piquen los mosquitos, los roben los bucaneros, los asalten los piratas, y ellos mismos, entre sí, se asalten, se roben, se traicionen, se espíen y se descuadernen por los huracanes... la historia del Caribe es más movida que la del resto del continente.

No hay batalla que no empiece o termine en sus aguas. Las peleas que comienzan en Quito o Buenos Aires, en Asunción o en México, siempre están en relación con algo que comienza o va a terminar cerca de Panamá, de La Habana, o Cartagena. Si el Papa repasa ahora sus cuadernos, quedará sorprendido de los mares y las islas y los puertos que ha alcanzado a ver desde la ventanilla de su avión.

Hace como doscientos años, cantaban los peones en las haciendas de Cuba: Avanza, Lincoln, avanza, que tú eres nuestra esperanza . El negro Petión había puesto sus ilusiones en Bolívar. Cuando empezó su lucha Castro, se creyó que era una lucha por la libertad y un millón de cubanos le enviaba dinero a la Sierra Maestra para que saliera de los montes a devolverles la democracia que ellos soñaban. Cuando Candelario Obeso visitó a Cuba hace casi doscientos años, de regreso a Bogotá escribía enamorado de la isla: Qué triste es ver un pueblo que pierde su libertad. Yo recuerdo a mi madre que tenía fresco lo cubano en la sangre y recogían en su casa los cantos de los exiliados con esa exaltación que arrancaba lágrimas en mis abuelos: Tiene Cuba las vegas de Granada y las pampas hermosas del Perú de Elvecia los miríficos paisajes del africano el rústico bambú.

Tiene como Venecia un sol de fuego fragorosas cascadas como el Rhin y oculta cada monte en sus entrañas los despojos de mártires sin fin...

El Papa en Cuba ha estado en el gran teatro de América, y el millón de cubanos que lo han recibido y despedido, en un canto de vida y esperanza, colocan ante sus ojos doscientos, trescientos años de ilusiones, engaños y deseos por lo que vienen esperando desde los tiempos de Bolívar y Martí y que ahora, del fondo del alma, le piden al Pontífice en esta manifestación multitudinaria de la más profunda fe cristiana.

Hace doscientos años, toda la América española asumió la responsabilidad y el manejo de su vida, hasta entonces gobernada por el imperio español. Toda América, menos Cuba. Cuando llega la hora de Cuba se interponen las nuevas dictaduras. Primero, la de Batista, un sargento elemental y goloso del cual no ha quedado ni memoria. Ha sido tan profunda la dictadura de Castro, que ya de los Machados y Batistas no queda ni el recuerdo.

Hoy, el Sumo Pontífice llega al Caribe y encuentra que un millón de cubanos está en Miami y cientos de miles han seguido su visita desde las tierras que rodean la isla que dejaron hace años. Castro ha sido, él solo, peor que todos los huracanes, y el Papa, que llega amorosamente como un viento de paz al mar de los huracanes, regresa a Roma dejando en los cubanos lo único que podía hacer apostólicamente: reforzar el amor a la libertad y la fe cristiana, que acabarán algún día por encontrar su ambiente en un hogar que conserve en el fondo aquella expresión propia de Martí e imposible de borrar del interior de su pueblo. Cuba libre!

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