EL BILLAR: UN RETO SIN ANTECEDENTES

EL BILLAR: UN RETO SIN ANTECEDENTES

El tamaño de las unidades tácticas que un ejército regular despliega en un terreno de operaciones, refleja el estado de la confrontación bélica en esa área. Entre más pequeñas son las unidades, la confrontación es de menor nivel y las fuerzas regulares tienen más control militar, territorial y poblacional.

07 de marzo 1998 , 12:00 a.m.

El sueño de un ejército en lucha contrainsurgente es poder desplegar sus tropas en escuadras diez militares pues así puede cubrir extensiones grandes del territorio en disputa. Sin embargo, el tamaño de la unidad desplegada depende de la posibilidad de garantizar su seguridad, pues una fuerza regular no puede darse el lujo de sufrir repetidamente el aniquilamiento de sus unidades. En una guerra insurgente, la iniciativa militar es un asunto crucial.

Durante años, el esquema operativo del ejército colombiano se ha centrado en el pelotón contraguerrillero de 30 a 50 militares. Así sigue siendo en muchos lugares del país, pues este tamaño garantiza en ellos, la capacidad de inhibir y aún repeler con éxito, la gran mayoría de las operaciones insurgentes, limitando su iniciativa a niveles tolerables.

Sin embargo, en el sur del país y hasta la operación de la quebrada El Billar hace pocas horas, las fuerzas militares estaban desplegando sus tropas en compañías conformadas por unos 120 a 130 hombres, haciendo énfasis, además, en tropas profesionales, de élite en la región del río Caguán.

El aniquilamiento del grupo contrainsurgente del Batallón 52 de la Brigada Móvil No. 3, pone las cosas en un nuevo nivel. Queda claro ahora que el bloque sur de las Farc tiene capacidad militar de derrotar a compañías, no solamente de las tropas regulares como en la operación de Las Delicias, sino también de la élite contraguerrillera en la región suroriente del país. Además, la tesis de que el problema de las fuerzas armadas era la falta de unidades profesionales, parece ahora revaluada por los hechos.

Hoy, los militares no pueden seguir dislocados en compañías en esa región de Colombia. Quedaron obligados a asumir un reto sin antecedentes. Tal situación no se había presentado ni contra Pizarro y el M-19 en el Cauca, que también derrotó, temporalmente, los pelotones contraguerrilleros en 1986 y 1987 hasta que el ejército logró neutralizarlo, ni contra Guadalupe Salcedo en 1951 y 1952, quien después de la emboscada de El Turpial desmovilizó sus fuerzas movido por el golpe militar del general Rojas.

Parece evidente que al general Bonett le quedan dos alternativas. O abandonar la zona rural de ese suroriente colombiano, concentrando sus tropas en las principales poblaciones en unidades más grandes y fuertes un batallón, con mínima movilidad, caso en el cual se consolidaría una región de control político y militar guerrillero, cuyo desarrollo futuro es impredecible. Algo similar logró Fidel Castro en la SierrMaestra cubana, con los efectos ya conocidos en ese momento de la realidad de ese país, por supuesto, totalmente distinto a la Colombia de hoy.

La otra alternativa de Bonett, es hacer algo similar a lo que el general Gil hizo contra el M-19 en 1987 y que consistió en trasladar muchísima tropa a la región, para quitarle la iniciativa a la insurgencia, saturando de soldados todos los puntos importantes urbanos y rurales de la zona, con unidades suficientemente fuertes y cercanas entre sí, para evitar ser atacadas con éxito por las fuerzas guerrilleras.

En el Cauca, contra Pizarro y nuestros compañeros, tres brigadas, la III, la VIII y la X trasladada hasta con escritorios desde Tolemaida, saturaron la vertiente occidental de la cordillera Central, desde Florida en el Valle, hasta Popayán en el Cauca y redujeron sustancialmente la iniciativa militar del M-19.

Hacer lo mismo en el Caquetá, Putumayo y la bota caucana es otra historia. Es un territorio por lo menos cuarenta veces más grande que el citado en el Cauca. Pero el Estado colombiano parece lo suficientemente grande y próspero para hacerlo, eso sí, a costos enormes, inaceptables para el país.

Desde la perspectiva guerrillera, difícilmente pueden estar en una posición más favorable para negociar. A menos, por supuesto, que crean de veras que pueden derrotar totalmente el establecimiento político, económico y militar del país. Ello sería una ilusión que fortalecería a quienes, en número creciente, están pregonando la tierra arrasada y la victoria a cualquier precio, camino brutal que es aún más inaceptable.

Qué decisión tomará el alto mando militar? Habrá otro camino que todavía no vislumbremos? Qué tan exitosa será esa decisión? Qué tanto piensan las Farc que el suroriente de Colombia es su Sierra Maestra ? Qué tanto está dispuesto el mando guerrillero a cambiar su actual ventaja táctica en el campo de batalla por importantes ventajas políticas, sociales e institucionales en una mesa de negociación? Qué tanto entiende el establecimiento colombiano lo que está pasando y qué tan dispuesto está a hacer concesiones? De la respuesta a estos interrogantes depende la posibilidad de una negociación exitosa de paz a partir del 7 de agosto de 1998. Cruzo los dedos porque la matriz de respuestas conduzca a esa paz que los colombianos soñamos con fuerza telúrica.

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