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LA DERROTA DEL MACHISMO

LA DERROTA DEL MACHISMO

No es mi costumbre aprovechar esta columna para intervenir en una forma u otra en la política colombiana. Me limito a analizar desapasionadamente episodios de nuestra vida pública sin recurrir a las alusiones personales ni a frutos del anecdotario confidencial. Expreso opiniones sin tomar partido y sin calcular su incidencia. Es lo que algunos califican de lopología , que consiste en atribuirme jugadas a tres bandas, carambolas imprevisibles, intenciones torvas. No resisto, sin embargo, a la tentación de destacarles un alcance peculiar a las elecciones del pasado domingo en cuanto a la derrota del machismo. Evoco los análisis de un amigo desaparecido hace más de veinte años, que se consagró a la profundización de la autenticidad nacional: Cayetano Betancur.

Me vienen a la memoria todos estos recuerdos a propósito del contraste entre los resultados electorales que favorecieron a Noemí Sanín de Rubio en el país paisa y se esfumaron notoriamente en los departamentos situados al oriente del río Magdalena y en la Costa Norte.

Solía distinguir Cayetano, entre las características de las distintas regiones de Colombia, la posición frente a la mujer. En Antioquia decía Cayetano, la mujer es el centro de la familia, casi que podría decirse que se impuso un matriarcado. El espíritu migratorio del país paisa se traduce en una dispersión de la familia, cuyo centro de gravedad sigue siendo la madre.

Leyendo recuentos de la vida antioqueña en estos últimos veinte años, confieso que me conmovió la relación entre madre e hijo, aun en los medios más deteriorados por la influencia deletérea del narcotráfico. No era infrecuente sino, por el contrario, el pan de cada día, escuchar de labios de jóvenes comprometidos en el negocio de la droga la convicción de que lo hacían corriendo toda clase de riesgos, para poder garantizarle un techo a la madre, una casa propia, en donde pudiera terminar sus días sin angustias. Podría decirse que se jugaban la vida con tal de poder asegurarle un futuro apacible a su progenitora.

Así como la madre es el centro de la vida familiar en la región antioqueña, el padre es amo y señor en los Santanderes y en la Costa. Es el contraste entre el matriarcado y el patriarcado. El santandereano es un roble a cuya sombra se acoge toda la familia, pero, principalmente, las mujeres, sometidas a su autoridad. En el Litoral Atlántico, desde la Guajira hasta Urabá, manda el hombre, no ya como un patriarca sino como el varón privilegiado que puede hacer de su capa un sayo.

Recuerdo, en épocas remotas de mi adolescencia, un Valledupar en donde la autoridad de los varones les permitía prohibirles a las mujeres casadas bailar con otros parejos sin antes haber bailado con su marido, con su hermano o con su padre. Algo semejante a lo que ocurría en la clase media alta mexicana, en donde el esposo prácticamente disponía quiénes podían iniciar el baile con su mujer en las reuniones sociales, empezando por él y luego por los amigos íntimos de la familia. Era el machismo en todo su esplendor, al que todavía se hace alusión en los cantares vallenatos, como en algunas coplas del viejo Amor, amor, cuando el hombre podía darles rienda suelta a sus celos frente a su mujer, sin que existiera derecho para ellas de hacer lo propio. Se enteraban y los guardaban en silencio.

Son fenómenos culturales que configuran dos actitudes distintas ante la vida y que hasta el domingo último ponían en duda la viabilidad en nuestro suelo de una candidatura presidencial femenina. Se decía: El machismo, sobre todo en los medios campesinos, constituye una barrera infranqueable ante el espectáculo de que una mujer mande desde el gobierno a los militares . Un encuestador señalaba un diálogo revelador al respecto, en los siguientes términos: Piensa usted que una mujer puede ser presidente? , y el encuestado respondía: Sí , pero cuando se le preguntaba si él creía que otros hombres compartían el mismo punto de vista, contestaba: Otros no votarían por una mujer . Fue el mito que hizo crisis el 31 de mayo de 1998, cuando la comunidad colombiana entera, y no solamente en las grandes ciudades, les dio un voto de confianza a sus mujeres en la persona de Noemí Sanín de Rubio. Así lo reconocieron sus propios contradictores.

El tabú quedó en cenizas tras la avalancha de mujeres y de jóvenes de las nuevas generaciones que demostraron que electoralmente es posible concebir un jefe de Estado del bello sexo. Y pensar que el propio Perón no se atrevió a postular a Evita para la Presidencia de la Argentina, como lo hizo más tarde con Isabel, su segunda mujer! Por cierto, este gobierno de la viuda de Perón fue tan infortunado que difícilmente se podrá repetir la experiencia de un gobierno de una mujer tan incompetente en el Cono Sur.

La conquista del poder político en Colombia se ha cumplido tras veinte años de ascenso de la mujer en la escala de los valores colombianos. En primer término, hicieron su ingreso a las carreras profesionales al matricularse en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional. Más tarde, comenzaron a ocupar cargos públicos de elección popular, ministerios y gobernaciones.

Entre tanto, dentro del sector bancario, se les fue confiando el manejo de las sucursales de los grandes bancos en Bogotá y en la provincia. El experimento de poner al frente de las relaciones internacionales a una mujer, como ocurrió en Colombia hace cinco años, antecede en el tiempo a un paso similar dado en los Estados Unidos de Norteamérica y en los Estados Unidos Mexicanos en meses recientes. Entre nosotros, María Eugenia Rojas de Moreno Díaz fue la precursora de la lucha política popular, sometiendo su nombre al voto de los electores. Otras han seguido la misma vía recorriendo los peldaños de la vida pública que conducen a la Primera Magistratura.

Los hombres insombreristas acabaron con los borsalinos, los computadores con las máquinas de escribir y García Márquez, echando vainas y carajazos , mandó al canasto de los papeles viejos la versión sabanera del machismo. Las novelitas costumbristas, en donde siempre había un cura bueno y una campesina violada por el hijo del patrón, todo esto en un lenguaje que pretendía ser castellano del Siglo de Oro, llamando a los potreros dehesas y a las mulas acémilas. El machismo ha corrido la misma suerte y ya está en el cuarto de San Alejo. Por cierto que fue, tal vez, el propio García Márquez quien dijo que después de 150 años de insucesos con el gobierno de los hombres, ya era hora de ensayar el de las mujeres.

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