SACRIFICIO DE UN MUNDO POR UN DOGMA DISCUTIBLE

SACRIFICIO DE UN MUNDO POR UN DOGMA DISCUTIBLE

La decisión del Emisor de aceptar títulos de cartera buena y títulos de deuda en dólares del Gobierno para proveer de liquidez a los bancos tendió a moderar las tasas de interés cuyos desorbitados niveles amenazaban con provocar el colapso y no ya el simple estancamiento de la actividad productiva. El propósito ha sido defender a toda costa la banda cambiaria o sean los términos estrictos dentro de los cuales puede oscilar el tipo de cambio. Quizá en pocas ocasiones se ha estado dispuesto a sacrificar tánto con tal de preservar un artículo discutible de la nueva fe tecnocrática.

07 de julio 1998 , 12:00 a. m.

El descenso ocasional del precio del dólar parece haberle dado la razón. Ante la astringencia monetaria y el peligro de estrangulamiento, los bancos resolvieron sacar aquellos de su posición propia y quebraron su tendencia al alza, a pesar del mantenimiento de las situaciones sustantivas. Al menos se habría encontrado ahí un indicio de la cesación de la ola especulativa contra el peso colombiano que en algunas esferas técnicas se considera sobrevalorado. Ola especulativa, si así cabe llamarla, generada por el afán de los deudores en divisas de precaverse contra una posible devaluación. Cada cual dueño de su miedo.

Desde hace veinte años, cuando aún no existía el fenómeno de la globalización, se ha porfiado por erigir la tasa de interés en el instrumento poderoso y único de regulación de la economía nacional. Originalmente, la idea provino de Ronald I. Mckinnon, profesor de economía de la universidad estadounidense de Stanford, quien partía de la premisa de que una estrategia más eficaz del crecimiento económico sería la que dimanase de una plena liberalización de los mercados financieros y del levantamiento de las restricciones al comercio exterior .

Su tesis era la de que cuando abundan los préstamos, unas tasas elevadas de interés, tanto del lado de los prestamistas como del de los prestatarios, crean el dinamismo necesario que se quiere lograr en el desarrollo, provocando un nuevo ahorro neto y desviando la inversión de los usos inferiores . Sostenía, incluso, que en esta forma era factible aliviar el desempleo, a su juicio el número uno entre los problemas políticos y económicos de los países en desarrollo . La expresión cuando abundan los préstamos no parecía fortuita ni inútil.

El fiasco en el empeño de derrotar la inflación de aquel tiempo con la herramienta milagrosa de la tasa de interés y el éxito con otros procedimientos llevaron a desechar por años la biblia de McKinnon. Sin embargo, a raíz de la globalización resurgió remozada y robustecida al amparo del credo neo-liberal y del Consenso de Washington , con el complemento de que el tipo de cambio sería el ancla de la estabilidad de los precios y de que la estrategia recesiva le serviría de escudo.

Para extremar las cosas, entre la norma constitucional y la ley reglamentaria comprometieron en forma unilateral y excluyente al Banco de la República a reducir la inflación, sin mirar al desarrollo ni a la utilización de los recursos humanos y materiales. En este plan y en este plano, la estrategia socorrida ha sido la de deprimir la economía, unas veces con el fin de disuadir presuntas fuerzas inflacionarias y otras con el de someter la fluctuación del dólar a los límites inviolables de la banda cambiaria.

En vísperas de la elección presidencial se atribuyó la crisis de nervios a causas puramente políticas. Una vez transcurrida, se comprendió que la calentura no estaba en las sábanas y que el motivo de alarma lo constituian las alocadas tasas de interés. Dentro de este caldeado ambiente, el Emisor optó por mitigar las tensiones y, al efecto, decidió facilitar la liquidez bancaria, en el entendido, eso sí, de que las tasas de interés continuarían altas por lapso relativamente prolongado.

Diferencia grande hay entre analizar los acontecimientos económicos a la sola luz de las estatísticas y contemplarlos a través de sus expresiones humanas. El deudor que ve subir el servicio y aun el valor de su deuda como ocurre en el caso de las upacs; el empresario forzado a cerrar su empresa o a suspender sus obras; el empleado, obrero o jornalero intempestivamente cesantes, no pueden ver las dificultades económicas con la misma óptica de quienes las aprecian desde lejos. Menos si su infortunio se disculpa y justifica con la defensa de la figura esotérica de la banda cambiaria.

Banda cambiaria estrecha y difícilmente sostenible desde el principio. Virtualmente neutralizados los aranceles aduaneros y eliminados los depósitos para importar, al tipo de cambio se restringió la función de graduar el flujo de importaciones y exportaciones. Bien es cierto que el déficit comercial y el de la cuenta corriente de la balanza de pagos se han creído aceptables y necesarios, en cuanto no se vuelvan inmanejables y sean financiables con crédito externo. De esta suerte, al no aspirarse a restablecer el equilibrio ni a aproximársele, la posición deficitaria no ha incitado a descartar la revaluación.

No obstante, de dónde sale el dogma de la actual banda cambiaria? Quien osa sostener la infalibilidad en el acto de fijarla? Por qué es imposible su cauto ajuste dentro de un amplio y armónico conjunto de estabilización? Son preferibles la parálisis económica y el consiguiente desempleo, el cierre de empresas, la conflictividad social, la renuncia al desarrollo y la pérdida melancólica de la esperanza? Evidentemente hay factores exógenos adversos: tales las caídas de los precios del petróleo y del café, nuestros principales renglones exportables si se prescinde de considerar en globo las exportaciones no-tradicionales. Pero esta adversidad, similar a otras que en el pasado hemos sufrido, obliga a bloquear la actividad productiva, a minar la solidez financiera y a condenar al ocio a la fuerza laboral? Abdesp

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