LLERAS EMBAJADOR

Este es un tema que yo prefiero no menear pero mi vecino ocasional de columna y gentes mal informadas me han hecho algunos ataques que me fastidian.

30 de enero 1998 , 12:00 a. m.

Entregué la embajada de Washington sin dejar pendiente asunto alguno a mi alcance, después de representar al país en uno de los momentos más críticos de las relaciones bilaterales, con dignidad, responsabilidad y decoro. Al regresar a Colombia guardé deliberadamente un prolongado silencio, no solo por el respeto político con un gobierno que ayudé a conformar, sino en espera de respuestas claras del mismo a los cuestionamientos de opinión que le fueron formulados por razones bien conocidas. Era necesario despejar todas las dudas. Pero, además, era imperativo establecer la lealtad del Gobierno con los compromisos éticos, doctrinarios y políticos que había adquirido en la campaña.

Jamás un partido esperó tanto de un gobierno y se encontró con tantos desengaños en tan poco tiempo. Es así de sencillo y hay que decirlo con franqueza. El tono puede chocar a ciertos sectores que creen que la buena educación reside en la hipocresía verbal o escrita, y la objetividad es la virtud inerte de los hombres que no se apasionan por nada. Pero un jefe de Estado no puede poner su conveniencia personal por encima de los intereses del país y renunciar a señalar un rumbo a cambio del silencio político que contemporiza con esta especie de subcultura de los antivalores.

Lo que se ha quebrado en todo este doloroso proceso de los últimos tres años es, precisamente, la lealtad del Gobierno con el pueblo; la rectitud en el ejercicio de las funciones que descansan en el solio de Bolívar; la dignidad en el manejo de las relaciones internacionales. Difícilmente ha existido en nuestra historia un gobierno más complaciente que el actual con las presiones internas y externas de otro orden. Y quizás nunca hubo tanto cinismo en el manejo de los problemas políticos. Eso sí es fariseísmo, hipocresía, oportunismo y doble moral.

La crisis actual está aprisionada en la obstinación presidencial de ignorar la incidencia de sus propios problemas en el comportamiento diario de los colombianos. Tampoco puede ignorarlo el mosquetero que se ha constituido en oficioso interesado? defensor del régimen. No es en la base sino en la cúpula donde se han cometido los errores que nos están convirtiendo en un país inadecuado para formar sanamente una nueva generación. Y por allí pasa la tragedia que nos hace dar tumbos entre la intolerancia y la impunidad.

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