LA HISTORIA DE DIEZ HUÉRFANOS

LA HISTORIA DE DIEZ HUÉRFANOS

Los diez hijos de Francisco Javier Arango Castañeda y Luz Marina Orrego no cabían en una sola banca de la iglesia el día del funeral.

16 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

Cuando llegaron al cementerio con los cuerpos de sus padres en dos cajones fiados se dieron cuenta de que estaban solos en el mundo.

Los diez huérfanos, entre 3 y 18 años, no olvidan la noche del último 20 de abril, cuando la muerte tocó en su casa. Abran que somos los paramilitares y queremos hacer una requisa , gritó uno de los hombres armados que llegó a la finca que administraban los Arango en la vereda El Cardal, zona rural de San Andrés de Cuerquia, en el norte de Antioquia.

Francisco Javier, un campesino de 40 años, abrió la puerta. Los hombres se llevaron a la pareja al monte. Los diez hijos permanecieron callados y asustados en sus camas.

Eran las 12 de la noche. Poco después escucharon los disparos. Los mataron , pensaron, pero no se atrevieron a decir nada, ni a salir.

Esperaron hasta las 5 de la mañana, cuando empezaba a clarear. En el camino encontraron los cuerpos baleados de sus padres.

Juntos por siempre Pese al dolor que en ese momento sintieron, el verdadero drama de su orfandad lo vivieron después, cuando enterraron a sus padres. Luego de dejar en el cementerio sus cadáveres descubrieron que no tenían a dónde ir.

Son diez hermanos. Luis Eduardo, el mayor de 18 años; Javier, de 15; Ricardo Antonio, de 14; Francisco Javier, de 12; Guillermo León, de 10; Julio César, de 9; Sandra Julieth, de 8; Giovanna, de 6, y Leidi Yurani, la menor, de 3.

La otra hermana, Elizabeth, de 16 años, está casada. Vive en una finca donde su marido trabaja como mayordomo, en Chorrerita.

Después de la muerte de sus padres, no quieren volver a la finca que cuidaban por temor a los paras . Everardo, el esposo de su hermana, les dio posada a los diez jóvenes en una pieza, mientras consiguen un hogar.

Esa finca está perdida entre las montañas del norte antioqueño, a tres horas de camino desde donde termina una estrecha y empedrada carretera que parte de las entradas a San José de la Montaña y a San Andrés de Cuerquia, azotados por la violencia paramilitar.

Por el trabajo en la finca, limpiando potreros y levantando ganado de engorde, el esposo de Elizabeth recibe entre 35.000 y 40.000 pesos semanales.

Con ese dinero a duras penas vivíamos mi esposa y yo. Ahora toca que nos alimentemos 12, pero eso no alcanza y en las tiendas no fían más porque estamos colgados , dice Everardo.

El dinero del sepelio, 450.000 pesos, aportado por la parroquia y el Club de Amas de Casa de San Andrés de Cuerquia, no tienen cómo pagarlo y ya fueron amenazados con una demanda.

Hacinados en una pieza húmeda, con paredes de bahareque con profundas grietas, los más pequeños duermen en un colchón. Los otros, en el piso de cemento.

Recuerdan que todos los días a las 7 de la noche, antes de acostarse, rezaban el rosario junto a sus papás. A las 6 de la mañana se levantaban y los mayorcitos acompañaban al papá en el arreglo de potreros.

Queremos estar juntos, así como la otra vez , dice Javier. Ellos no quieren, bajo ninguna circunstancia, ser separados.

Sin escuela En un patio encementado, que da acceso a la casa, los niños juegan con un oxidado triciclo de hierro y otro de plástico, roto.

Los niños sólo han aprendido a trabajar. Ricardo Antonio señala con orgullo hacia una de las colinas. Hasta allá subimos nosotros a enraizar , dice. En ese territorio indómito ellos se dedican a limpiar potreros entre rastrojos y a hacer mandados.

Los mayorcitos luchan conmigo por conseguir la comida. Es que si nos quedamos así, sin hacer nada, sufrimos más bastante , dice Everardo.

Ellos no han ido a la escuela. La más cercana está a una hora por unos caminos enfangados y empinados. Mi papá nos decía que teníamos que estudiar, pero nunca tuvimos forma de ir a la escuela y por eso aprendimos a trabajar el campo , agrega Ricardo Antonio.

Los Arango pasan sus días esperando ayuda para conseguir herramientas y sembrar maíz, frijol y cacao en un terreno en la vereda El Mango, la única herencia que les dejó su papá. La tierra que no quieren abandonar, pese a las heridas de la violencia.

Mi papá nos decía que teníamos que estudiar, pero nunca tuvimos forma de ir a la escuela...

En una tierra azotada por la violencia, los diez huérfanos buscan ayuda para seguir creciendo juntos.

Edgar Domínguez/Enviado especial de EL TIEMPO

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