LA BELLA Y LA BESTIA

LA BELLA Y LA BESTIA

16 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

La bella: Patricia Lara Dama de alta alcurnia y altísimos dineros de familia, se propuso abrir a la prensa semanal un nuevo espacio. Se acogió entonces a la aventura de reciclar Cambio 16, que había entrado en su declive en España. Se dijo que era posible abrir un boquete para empujar a Semana o para empujar a los colombianos a la lectura de otra revista semanal. Hizo entonces una publicación que ha venido empleando por un espacio difícil y en esto estaba lo mejor de un empeño debido al tesón de una mujer emprendedora.

No podría decirse que pertenece a la elite periodística. Más bien discreta de imagen, de carácter que muchos definen de empecinado, Patricia Lara es para muchos la desconocida que solo conocen sus colegas y conocen mejor las altas esferas sociales. En esta discreción de imagen podría haber, sin embargo, una virtud: la de escapar al espectáculo en que se han convertido muchos periodistas. Hasta la prosa de sus editoriales tenía y tiene esa discreción definida por la medianía, que es una manera de escribir ideas sin estilo y sentar posiciones como si se redactaran tareas escolares.

Terca en su empeño, cambió la imagen de Cambio. Y acto seguido, el cambio se sumergió en el escándalo: bastó que su subdirector ejerciera el contraespionaje confundiéndolo con el periodismo al deslizar hacia las manos de un amigo, la colaboración inédita de la columnista Silvia Galvis. El subdirector de marras Jesús Ortiz y el amigo favorecido Roberto Posada D Artagnan tejieron entonces el escándalo, que ahora ha sido legitimado por la señora Lara. A partir de ahora, la falta leve y sin intenciones malévolas ha sido convertida en norma del hebdomadario. Dirá que es dueña de hacer las reglas de su casa como si fueran las reglas de un coto de caza privado. Pero uno adivina que hay algo más, acaso nacido de la prepotencia de una dama afortunada: la voluntad de hacer pasar por su cedazo los gruesos gramos de una opinión crítica que no se ajusta a los reales dominios de la propietaria.

La bestia: Juan Mayr Es el rostro del gabinete Pastrana, el rostro cinematográfico que buscarán las reporteras de la cosa liviana, porque tal vez les recuerde al actor que andaban buscando para embellecer la política diaria. Sí dirán es el churro venido de la Sierra Nevada, de apellido nada fácil de pronunciar. Solo el presidente Mitterrand había conseguido algo parecido con su superministro Jacques Lang. Lo convertirán en la imagen, pero Mayr Maldonado, el nuevo ministro del Medio Ambiente, sonreirá. Qué es eso de compararlo con Andy García o Carlitos Palau? El, que ha sabido desde siempre de cámaras, desde que anduvo a la caza de imágenes por los tristes trópicos colombianos, les dirá que no es para tanto, que él solo es el ministro de la cosa que algunas señoras endulzan con una palabra gastada ecología y numerosos sabios del mundo dan altura con una expresión más preocupante: políticas ambientales.

Duro desafío para esta vocación de antropólogo desterrado por los desastres de al civilización, empecinada en confundir desarrollo con depredación y progreso con la reproducción acelerada de desastres. Tenaz la tarea que ha de afrontar el guapo del gabinete Pastrana que, de ahora en adelante, va a tener que acostumbrarse a la desolación de los paisajes urbanos. En su agenda, como en la agenda de la humanidad, el desarrollo sostenible es la palabra, la respuesta al insostenible desarrollo y expansión de una riqueza que depreda y arrasa.

Sabe del tema pero quizá su sabiduría, como la sabiduría de los mamos, no sea para exhibirla sino para ponerla en práctica. No es político profesional pero tendrá que vérselas con políticos y abogados, con intereses creados. Será entonces cuando el ambientalista de carácter que adivino más bien apacible, tendrá que sacar el látigo, la norma escrita y el látigo. Lo seguirán buscando las cámaras. Y sonreirá, aunque le caigan encima los disgustos de una tarea que nos concierne a todos por igual.

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