LAS PUERTAS CERRADAS

LAS PUERTAS CERRADAS

Hoy me gustaría encontrar todas las tiendas cerradas. Aunque me quedara sin las naranjas del desayuno y sin un par de pilas para un radio diminuto en el que ya todos se escuchan roncos.

05 de julio 1998 , 12:00 a. m.

Todas las tiendas cerradas, motivo domingo.

Y disfrutar la escena de unas cuantas señoras histéricas que claman por un kilo de harina de trigo o por un rollo de papel para envolver regalos, frente a las puertas con cerrojo.

Las tiendas cerradas: como en los viejos tiempos, como en las aldeas perdidas de un mapa que no fue pintado en computador, como en los pocos países que entendieron que la civilización no era cuestión de tenerlo todo abierto los siete días de la semana, las veinticuatro horas del día... A propósito, alguien las ha contado?, alguien me puede asegurar que son veinticuatro?, o todos siguen fiándose de los relojes, convencidos de que las manecillas no hacen de las suyas entre una hora y otra? Me cuentan que hay lugares serán esos los templos del desarrollo? en los que se puede comprar una corbata a las tres de la mañana y un automóvil a las cuatro.

He comprado pocas corbatas, pero estoy seguro de que a las tres de la mañana solo podría escoger la más brillante, la más ancha, la más indicada para despertar burlas entre los compañeros de un aburrido e inoportuno desayuno de trabajo. Si es imperativo conseguir una corbata en la madrugada, resultaría más honesto robarla del cuello de un borrachín de buen gusto que jamás recordará cuál era la que tenía puesta.

No se compran corbatas ni los domingos ni en las madrugadas.

Y es que pocas cosas deberían estar a la venta en los momentos reservados para el descanso, el sueño, los planes postergados, los paseos sin rumbo fijo, los ajiacos de las abuelas... Si acaso, lo indispensable: una margarita para aquel que necesite deshojarla y comprobar que aún lo quieren o un manual de apoyo para el buen suicida que no fue capaz de aguantar hasta el lunes.

Me gustan las tiendas cerradas los domingos. Y cerradas cuando deben estar cerradas.

Por eso me gusta salir de una tasca en el barrio gótico de Barcelona, después del almuerzo, y comprobar que todos se han ido a conversar el jerez o a dormir la siesta, y les importa un bledo si al otro lado del mundo hay ideólogos del mercadeo que promueven los horarios extendidos.

También les importa un bledo el mercadeo, y jamás se han detenido frente al estante de una librería que promete manuales para elevar las ventas y para competirles a los vecinos dormilones.

Hoy quiero encontrar todas las tiendas cerradas. Tendré que aprender a comprar naranjas al mediodía del sábado.

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