PASTRANA Y WASHINGTON

PASTRANA Y WASHINGTON

La elección presidencial de Andrés Pastrana ha generado un espacio de distensión y expectativa en las relaciones entre Estados Unidos y Colombia. Los vínculos bilaterales, que llegaron a su mayor deterioro en el gobierno de Ernesto Samper, parecen encauzarse hacia un horizonte menos traumático y más promisorio. Los pronunciamientos de la Casa Blanca y del Departamento de Estado, entre otros, son signos de ello.

05 de julio 1998 , 12:00 a. m.

Ahora bien, es fundamental precisar qué tipo de estructura predominará en la diplomacia entre Bogotá y Washington. Es posible pensar en dos modelos típicos. Por un lado está el esquema luna de miel , que supone un viraje total en los lazos existentes. Este sería, a su vez, un sendero de significativa armonía en el manejo de los temas bilaterales y multilaterales prioritarios. Tendría, además, un notorio énfasis en la cooperación, para así resolver las múltiples cuestiones vigentes entre los dos países. Significaría también el estímulo a grandes oportunidades comerciales y financieras para ambos y la concreción de una alianza estratégica entre las élites de las dos naciones.

Por otro lado está el esquema compás de espera , que se puede caracterizar por varios elementos: Estados Unidos extendería a Colombia un período de gracia o prueba de 6 a 9 meses para detectar cuán profundo es el cambio interno practicado por el nuevo gobierno. Así mismo, Washington apoyaría iniciativas de Bogotá de diversa índole, pero se reservaría la última palabra para juzgar su pertinencia, efectividad y alcance. Paralelamente, en el ejecutivo, en el legislativo y en los medios de comunicación de Estados Unidos se utilizarían términos menos ignominiosos y más laudatorios para Colombia. Por último, Washington le sugeriría a la comunidad internacional que Bogotá merece una segunda ocasión para reinsertarse positivamente en la agenda mundial.

Creo que es más prudente pensar que en los próximos meses veremos el desarrollo del segundo esquema y no del primero. Más aún, puede ser más realista contemplar el modelo compás de espera como una etapa anterior al hipotético modelo luna de miel . Este último esquema se ha producido solo en tres escenarios: cuando un país es vital para los intereses de Washington; cuando se ha consolidado suficiente confianza, en el tiempo y con hechos, entre Estados Unidos y la contraparte; o cuando súbitamente se producen condiciones excepcionales para que un contrincante poderoso de Washington se transforme en un aliado muy cercano. El caso de Colombia no muestra ninguno de esos escenarios.

Momentos cruciales En ese contexto, es importante mencionar que el esquema de compás de espera puede tener un final feliz o un final con nuevas dificultades. El rumbo definitivo de este modelo depende de una serie de factores en Colombia y Estados Unidos que conviene evaluar con detenimiento. En Colombia es esencial analizar diez asuntos. Primero, cuándo y cómo se pondrá en práctica la política de extradición de nacionales a Estados Unidos y a otros países, y cuál será la estrategia general antinarcóticos de la nueva administración.

Segundo, de qué modo y con qué celeridad se verán resultados reales en el campo de los derechos humanos. Tercero, hasta qué punto se emprenderá una reforma de las fuerzas armadas. Cuarto, quiénes y cómo manejarán el tema de la paz. Quinto, cuáles serán las estrategias económicas de ajuste del gobierno. Sexto, cómo se confrontará la corrupción en el plano político y se establecerá la transparencia en el terreno económico. Séptimo, quién ocupará la embajada de Colombia en Washington y con qué nivel de profesionalismo se cubrirán los cargos más sensibles en Estados Unidos. Octavo, qué canciller y qué cancillería se encargarán de la diplomacia bilateral. Noveno, cuál será el papel de la diplomacia ciudadana de los empresarios, de las ONG, de los migrantes, etc. y de la estrategia de comunicación en Estados Unidos. Y décimo, cómo se logrará un apoyo distinto de Washington, en Europa y Latinoamérica.

En Estados Unidos, habrá que estar atento a lo siguiente. Primero, si los sectores más moderados de la Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Departamento de Justicia se consolidan en el manejo oficial de las relaciones bilaterales, o si, por el contrario, los grupos más vehementes del Consejo Nacional de Seguridad, la DEA, la CIA y el Pentágono adquieren el control del proceso de toma de decisiones. Segundo, cómo se presionará y a cuánto ascenderá la asistencia militar estadounidense al país. Tercero, habrá que observar la reacción de los congresistas republicanos más duros frente a Colombia en el corto plazo, y los resultados legislativos que arrojará la elección de noviembre de 1998. Cuarto, habrá que estudiar cómo evoluciona la diplomacia de los países vecinos en especial Venezuela, Panamá y Nicaragua hacia Washington en relación con Colombia como fuente de inseguridad regional. Y quinto, es clave entender cuál es el desempeño y la agenda de la embajada de Estados Unidos en Colombia en materia de drogas y seguridad.

Sin duda, se avecinan momentos cruciales en las relaciones entre Bogotá y Washington, aunque hay que comprender que no estamos ad portas de un idilio seguro sino que apenas comenzamos a salir de la debacle diplomática que ha dejado el gobierno actual.

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