DEPORTE Y PAÍS

La Asamblea Constituyente de 1991, en el artículo 52 de la Carta, reconoce el derecho de todas las personas a la recreación, la práctica deportiva y el aprovechamiento del tiempo libre, y señala que corresponde al Estado fomentar estas actividades e inspeccionar las organizaciones deportivas cuyas estructura y propiedad deberán ser democráticas .

05 de julio 1998 , 12:00 a. m.

Así, se hizo explícita la voluntad del Constituyente, que reafirmaba un verdadero clamor popular, en el sentido de reconocer la trascendencia que tienen concebidos como derechos de los seres humanos la recreación, el deporte y el cabal aprovechamiento del tiempo libre para el desarrollo armónico de una sociedad. Simultáneamente, se formuló el mandato al Estado para fomentar, inspeccionar y apoyar estas actividades.

Lo que en el fondo consagró la Constitución de 1991 fueron los lineamientos fundamentales para estructurar una verdadera política de Estado en estos campos; es decir, para definir el conjunto de decisiones estratégicas, acciones puntuales, compromisos institucionales y apropiaciones presupuestales encaminados a sacar del ostracismo presupuestal la recreación, el deporte y el uso del tiempo libre, y en cambio incorporarlos a la agenda prioritaria del bienestar de los colombianos, agenda en la que no deberían seguir haciendo parte de los capítulos residuales o subalternos.

Para la recuperación del clima de convivencia nacional; para la salud mental y física de los colombianos; para el sano desarrollo de niños y jóvenes; para la integración familiar; para la construcción de buenas relaciones humanas; para liberar cargas de agresividad; para inculcar principios de rectitud, sana competencia y juego limpio; para ofrecer alternativas esperanzadoras frente a la drogadicción, el pandillaje y el alcoholismo, en fin, para tántas otras causas que se traducen simple y llanamente en la elevación de la calidad de vida de los ciudadanos y en la siembra de semillas de equidad, es indispensable que el próximo Gobierno dé cabal cumplimiento al mandato constitucional que comentamos y que, entre todos, superemos décadas de retraso acumulado que hoy carga sobre sus hombros la sociedad colombiana.

En este marco de reflexión, precisamente, es donde debería desarrollarse un examen detenido con base en lo sucedido a nuestra Selección de fútbol en el Mundial de Francia. Más allá de los episodios de la coyuntura, debatidos en medio de una controversia que por momentos ha adquirido tintes innecesariamente agrios, es oportuno identificar las razones profundas que terminaron condenándonos a una prematura eliminación.

Ni los pobres resultados, ni el necio enfrentamiento entre el Tino y el Bolillo, ni los brotes de indisciplina, ni la ausencia de planes estratégicos de formación y fundamentación deportivas, ni el acre contrapunteo entre reconocidos cronistas deportivos, ni las críticas a la Federación y a sus directivos, ni la falta de gol, ni el ocaso del Pibe, ni la temperatura de los dineros que han infiltrado el fútbol, ni las sindicaciones de amiguismos y favoritismos que han rondado a la Selección en esta última etapa, constituyen hechos aislados.

Estos elementos, entre muchos otros, hacen parte de una compleja y dolorosa realidad que, a pesar del mérito institucional de haber obtenido tres clasificaciones en serie para el Mundial y del mérito personal que registran las hojas de vida de muchos jugadores, hacen imperativos y urgentes cambios de fondo en el manejo de nuestro fútbol, para que no sigamos condenados al peligroso régimen de nuestros propios autogoles.

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