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BILL CLINTON Y LOS PINOCHOS REPUBLICANOS

BILL CLINTON Y LOS PINOCHOS REPUBLICANOS

El plan económico del presidente Bill Clinton merece duras críticas, particularmente los 190.000 millones de dólares de nuevos enredos de aquí al año fiscal 1998, que eufemísticamente se etiquetan como estímulos y programas de inversión . Pero en algo ha dicho la verdad. No hay forma de que los gigantes déficit presupuestales que han plagado a Estados Unidos desde 1981 se resuelvan sin grandes aumentos en impuestos. A este respecto, los gritos antiimpuestos a garganta abierta que emanan del partido repúblicano (GOP) desde el 17 de febrero, no son más que engañosos lloriqueos. De hecho, si el Representante Newt Glugrich de Georgia y sus compañeros de juego tuvieran la supervisión paterna que merecen, serían enviados al más próximo de los rincones a ocultar sus narices tamaño Pinocho .

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
14 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

El hecho es que no tenemos otra opción viable. Según el pronóstico de la Oficina del Presupuesto en el Congreso, para el año fiscal 1998 tendremos prácticamente empleo total y, además, un déficit presupuestal de casi 400.000 millones de dólares si no se hace nada.

Los números rojos proyectados equivalen casi al 5 por ciento del PIB, y significarían que el tesoro continúe absorbiendo nuestros magros ahorros nacionales netos hasta el fin del siglo. Esto difícilmente es una fórmula para sostener una economía nacional competitiva y en crecimiento. Origen del problema La raíz del problema se remonta a julio de 1981, cuando las alocadas e imprudentes reducciones fiscales resquebrajaron la estabilidad fiscal de la nación. Una ruidosa facción de los republicanos ha negado tercamente el gigantesco error del gobierno, y su propia culpabilidad en él, desde entonces.

En lugar de ello, ha amargado el debate político con un insensato flujo de veneno anti-impuestos, pretendiendo que el crecimiento económico y las reducciones en los gastos pueden por sí mismos reducir el déficit.

Debería ser obvio que no podemos solucionar el problema con el crecimiento. Si nos concientizáramos del pronóstico económico de la Oficina del Presupuesto en el Congreso para 1998, un déficit de casi 400.000 millones de dólares, con una economía totalmente empleada, no sería como una pistola humeante en la sien? Seguramente, la aversión a mayores impuestos es normalmente un impulso sano y necesario en una democracia política. Pero cuando la alternativa se convierte en algo tan vano y carente de bases como el argumento del crecimiento , no tratamos ya con un escepticismo legítimo, sino con lo que equivale a fetichismo demagógico.

Infortunadamente, como cuestión de realismo político de raíz, el mantra ritualizado de reducciones en los gastos de los anti-impuestos del GOP es igualmente torpe. Una vez más, los hechos históricos son avasalladores.

La original reducción generalizada de Ronald Reagan al impuesto sobre la renta habría reducido permanentemente la base de los ingresos federales en 3 por ciento del PIB.

En una época en que los gastos de la defensa estaban creciendo rápidamente, y en un contexto en el cual la entonces conservadora mayoría congresista había decidido dejar el 90 por ciento de los gastos domésticos sin alteración, la reducción a la tasa fiscal de Reagan habría llevado en sí misma a la ecuación fiscal nacional más allá del punto de rompimiento.

Pero nadie dijo nada. En lugar de ello, ambas partes sucumbieron a una desvergonzada guerra contra los impuestos que acabó duplicando la reducción fiscal en un 6 por ciento del PIB, dejándola casi en una tercera parte de la base de ingresos permanentes del gobierno de Estados Unidos.

Mientras que las fechas efectivas demoradas y las diversas fases pospusieron el final del reconocimiento hasta concluir los 80, no puede decirse nada bueno de la carnicería fiscal. En agosto de 1981, el Tío Sam tenía que financiar un estado de beneficencia doméstica y una acumulación defensiva tamaño 1980 con una base de ingresos más pequeña frente al PIB que en cualquier momento desde 1940.

En los años subsecuentes, varias iniciativas de mini aumentos fiscales restauraron lentamente la base de ingresos federales a casi su promedio de la posguerra. Los dos billones 500 mil millones de dólares de déficit acumulados desde 1981, sin embargo, no son un producto del exceso de gastos . De hecho, hemos tenido un referendo legislativo ya por 12 años para el gasto gubernamental apropiado en la sociedad actual, y para ahora el generalizado consenso bipartidista es tan claro como el cristal. Seguridad social Los beneficios en efectivo para los beneficiarios del seguro social, los jubilados del Gobierno y los veteranos, costarán alrededor de 500.000 millones para 1998, el 6 por ciento de nuestro PIB proyectado.

El hecho es que también costaban el 6 por ciento del PIB cuando Jimmy Carter vino a esta ciudad en 1977, y cuando llegó Ronald Reagan en 1981, Bush en 1989 y Clinton en 1993.

La explicación de estos 25 años de impresionante estabilidad en los costos fiscales reales y proyectados es simple. Desde mediados de los 70 no ha habido acción legislativa para aumentar los beneficios, mientras que un profundo consenso político ha congelado también constantemente las reducciones propuestas.

Ronald Reagan prometió no tocar la seguridad social en su debate de 1984 con Walter Mondale. En esta cuestión Bush nunca movió sus labios. Y el representante Gingrich puede hablar tan rápida y elocuentemente de la santidad del contrato social de la nación con los ancianos, como alguna vez lo hizo el senador Claude Pepper.

Los fundamentos políticos del costo del Medicare y Medicaid proyectado para 1998, de 375.000 millones, son exactamente iguales. Si todas las enmiendas relacionadas con estos beneficios médicos que aumentaron o disminuyeron la elegibilidad y cobertura del beneficio desde la toma de posesión de Jimmy Carter se alinearan una tras otra, el impacto neto para 1998 difícilmente equivaldría al 1 ó 2 por ciento de los costos que se proyectan actualmente. Gasto excesivo? Entonces, en el caso de los grandes derechos médicos, no ha habido ningún gasto excesivo causado por la legislatura en las últimas dos décadas. Y desde 1981, ningún republicano electo se ha atrevido siquiera a pensar en voz alta sobre grandes cambios en la prima y coaseguro para el beneficiario, que podrían ahorrar importantes dólares en el presupuesto.

Seguramente, los costos presupuestales en los derechos médicos se han disparado. Pero ello se debe a que nuestro sistema de cuidados médicos está plagado de crecimiento inflacionario. Quizá Hillary pueda resolver este enorme problema económico sistémico.

Pero hasta que se descubra la bala de plata, no hay forma de ahorrar dólares importantes en el presupuesto en estos programas sin imponer más altos costos de participación a los beneficiarios de ingresos medios y superiores, una acción para la cual el GOP carece absolutamente de estómago.

Así mismo, la red de seguridad para los pobres y los apoyos en precios y créditos para la Norteamérica rural cuestan lo mismo en términos reales alrededor de 100.000 millones que en enero de 1981. Ello se debe a que los republicanos y demócratas han ido al pozo año tras año solo para sumar centavos, restar minucias y, en efecto, validar una y otra vez el nivel de gastos apropiado .

En la vasta expansión del presupuesto doméstico, entonces el gasto excesivo es un mito absoluto. Nuestros megadéficit posteriores a 1981 no son atribuibles a él, y el GOP carece de un programa coherente y del valor político para atacar cualquier cosa que no sea el más microscópico de los gastos marginales.

Es desafortunado que habiendo reunido el valor para enfrentarse a la cuestión fiscal con todo el realismo posible, el presidente Clinton haya oscurecido el debate con un exceso de ataques en contra de los ricos y una innecesaria bolsa de nuevas concesiones fiscales.

Pero eso puede corregirse en el proceso legislativo, y de ninguna manera deja a los republicanos salirse del problema. Ellos llevaron al Congreso al gigantesco error fiscal hace 12 años, y ahora tienen la responsabilidad de trabajar con un Presidente que por fin tiene la valentía suficiente para intentar corregirlo. (*) David Stockman fue director de Administración y Presupuesto de 1981 a 1985 en Estados Unidos, durante los primeros años de la Revolución de Reagan . Dejó su puesto en medio de la controversia causada por sus revelaciones a la revista Atlantic sobre las políticas internas de la administración, que Stockman dijo, resultarían en déficit insostenibles. Traducción de Sergio E. Avilés.

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