HACE UN MES ESTABA ANUNCIADA LA TOMA

HACE UN MES ESTABA ANUNCIADA LA TOMA

Esta toma no fue con tiros. Fue con bombas, con cilindros de gas cargados de dinamita y metralla que volaron durante una noche y casi un día sobre las bases militares y de la Policía Antinarcóticos de Miraflores (Guaviare).

11 de agosto 1998 , 12:00 a.m.

Mientras los más de 150 militares llevaban fusiles Galil y ametralladoras, los guerrilleros del bloque oriental de las Farc cargaban los cilindros, que se convirtieron en sus mejores armas y en su victoria.

- Estas bombas no hay quien las reemplace. Usted no se imagina cómo tronaba la tierra . Betty las vio a unos metros de la puerta de su casa, el martes a las 5 de la mañana, cuando salió a mirar y le gritó a su esposo: Isauro, mire a la Policía regada y con eso al hombro .

No eran policías sino guerrilleros, que desde la tarde de lunes estaban preparados para dar el más organizado y fuerte golpe en el país, denominado Comandante Jacobo Arenas estamos cumpliendo , bajo el mando del Mono Jojoy , del secretariado de las Farc.

La toma de Miraflores la propuso el bloque oriental hace un mes. Y fue aprobada porque todos sabían lo difícil que es la entrada de refuerzos y, además, porque conocían por labores de inteligencia los túneles, armamento, trincheras y ubicación estratégica de los uniformados.

Quince días de camino Desde hace 15 días el bloque empezó a prepararse. Ese fue el tiempo que necesitaron varios guerrilleros para llegar a Miraflores. Aquí apareció, después de caminar kilómetros, una guerrillera de 15 años que participó en el ataque de El Billar, en las riberas del río Caquetá, y que estaba aburrida.

Ella lo decía. Aburrida porque no había podido terminar la toma , cuenta un paisa que se refugió en el hospital y habló con la joven herida en un glúteo.

Ella, como la mayoría de guerrilleros, no conocía la zona. Por eso, luego de caminar 15 minutos del monte al pueblo, dejaron atrás la enfermería y el centro de operaciones que habían armado y llegaron a la pista de aterrizaje por donde se inicia Miraflores y donde están ubicados el hospital y una de las bases del Ejército.

En el hospital despertaron al celador y se lo llevaron, pero solo por unos minutos para preguntarle dónde queda la base.

No se referían a la ubicada en frente, porque esta estaba desocupada desde hacía más de ocho días, cuando don Alfonso vio que los militares se fueron al monte. Ellos sabían del ataque y por eso se fueron a esperarlos allá arriba , dice.

Allá arriba hay pura selva, sembrados de caucho y un internado. Por allí entraron los más de 220 guerrilleros que el lunes a las 6:35 p.m. ya estaban lanzando los cilindros y disparando sus fusiles Galil y R-15 contra los 70 hombres que fueron a retenerlos en el monte.

A las 10 de la noche un carro llegó muy cerca del hospital con los primeros cilindros llenos de gas que serían usados contra la más antigua base de la Policía Antinarcóticos y los puestos del Ejército.

Grupos especiales de ocho hombres, con solo una pistola al cinto, llevaban las bombas que para ellos son ramplas . Así las llaman porque cada vez que lanzaban una y otra se escuchaba: les metemos tres ramplazos .

El resto de guerrilleros caminaban armados hacia las bases llevando los tubos metálicos livianos o cañones construidos con cilindros de gas sin cabeza, por donde salían volando las ramplas.

De su centro de operaciones en el monte iban bajando los cilindros, así como el resto de armas. Tras los matorrales ocultaban aparatos de comunicaciones, armamento y al grupo de apoyo que estaba listo para llegar al pueblo si necesitaban ayuda los frentes nororientales 1 y 7, las compañías Rondón y la móvil.

Todos los guerrilleros avanzaban vestidos de camuflado con una cinta de la bandera de Colombia en el pecho. Como no se conocían, esa era la única forma de diferenciarse de militares y policías en la noche lluviosa de Miraflores, donde no hay electricidad.

Cada minuto eran más frecuentes los bombazos que levantaban tierra y humo, y que tenían como objetivo destruir las bases, porque esa era la orden: combatir 50 horas, coronar o no .

Aunque ya llevaban cinco horas de combate, eran muy pocas las municiones que habían gastado. Gracias a los cilindros, dominaban todo a su paso.

Para entonces, la gente ya estaba en sus trincheras, el avión fantasma que solo se escuchaba seguía disparando desde el aire, y militares y policías continuaban defendiéndose mientras la guerrilla los cercaba.

Las Farc estaban por todos lados. Habían llegado también por donde termina la pista de aterrizaje y está ubicado otro puesto militar. Por ese costado se escucharon los gritos de los subversivos: Ríndanse, ríndanse , y la respuesta militar: Acaben de una vez, h.p. .

Atravesaron los solares de las casas para llegar por detrás de las bases y entraron de frente gritándoles a los pobladores a las casas, a las casas .

Otra toma anunciada A las 4 de la mañana del martes, Graciela Cardi y su hijo Jeson Camilo, de 5 años, estaban sentados en sus trincheras esperando la muerte, como dice ella. Fue lo peor, todo tronaba. Teníamos una orinadera y las piernas entumecidas, porque ni acostarnos podíamos .

A esa hora las Farc estaban dando uno de los golpes más fuertes contra la Policía Antinarcóticos por eso ellos vieron desfilar por la pista, con las manos en alto, a 54 jóvenes policías que se llevaron.

La gente sabía que algo pasaría antes del 7 de agosto por los panfletos y comunicados que las Farc habían lanzado a las calles unos 20 días antes. Pero cada vez que despertaban pensaban que todo sucedería el día de la posesión del nuevo Presidente.

A las 2 de la mañana los guerrilleros golpearon en las puertas de las casas. Decían que lanzarían gases que ni ellos aguantaban y que nos protegiéramos porque estaban dispuestos a morir , comentó Graciela, que tomó su hijo y salió corriendo.

Lo único que se agarra son los papeles, pero en esa totiazón lo primero que uno se manda es el colchón , dice.

A un lado del pueblo, un guerrillero entró en la casa de Ligia Pardo y le dijo que saliera. Mientras el joven de las Farc corría con el bebé en un brazo y el fusil en el otro, Ligia lo seguía con su otro hijo de 7 años. Yo solo lo seguí hasta el otro lado. El hombre nos dejó y se fue al combate , recuerda esta mujer que hoy quiere irse de Miraflores.

Al otro lado, más guerrilleros recorrían las calles informando a quienes les preguntaban que pronto se acabaría la toma. Ya falta poco, en un rato terminamos y pueden salir , decían.

Y tenían razón, porque a la 1:25 p.m., llevaron al hospital a 16 heridos, entre policías, militares y sus compañeros; los dejaron y se marcharon para seguir con la toma que ya llegaba a su fin. Revisaban todo, se arrodillaban para disparar contra los 11 helicópteros que volaron durante toda la mañana del martes y esperaron vigilantes la llamada de refuerzos.

Mientras los militares se gritaban entre sí: Me quedan 30 municiones, quién tiene más , las Farc no tenían problemas. Con sus bombas acababan rápido con las bases. Tenían tiempo cuando dijeron que los refuerzos se demoraban en llegar y que esos jóvenes inexpertos no tenían con qué combatir, porque como comentó José, un habitante de Miraflores, esta gente seguro que no quemó ni la mitad de la munición que tenía .

A las 4:30 de la tarde la base antinarcóticos y la del Ejército, ubicadas sobre la mitad de la pista y las últimos en caer , estaban en poder de la guerrilla, así como más de 126 fusiles, 31 ametralladoras y 75 militares.

Lo único que quedó de las bases fue una malla de cuatro metros de alto que los uniformados levantaron para protegerse de las granadas, porque nunca pensaron que les caerían cilindros del cielo.

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