LA ACEPTACIÓN DE SÍ MISMO

LA ACEPTACIÓN DE SÍ MISMO

Día de elecciones, día de hogar. En familia, condimente su desayuno con la lectura de esta columna dominical, que le ofrece hoy una reflexión de Cuaresma: la aceptación de sí mismo. Se trata de una sugerencia práctica, difícil pero necesaria para usted y para su familia No pase de largo la lección de hoy: medítela, luego, a solas, porque, si toma la decisión de aceptarse rectamente a sí mismo, usted puede cambiar favorablemente la orientación de su vida.

13 de marzo 1994 , 12:00 a. m.

Aceptarse a sí mismo es asunto difícil, yo diría, muy difícil, porque con frecuencia pecamos por carta de más, halados desde arriba, por la autosuficiencia, o por carta de menos, arrastrados desde abajo, por la depresión. Y ambos sentimientos son equivocados y peligrosos, ya que de aceptar la soberbia se sigue el desprecio a los demás; y, de aceptar el autodesprecio y depresión, se le puede ocurrir el suicidio.

El término medio es el ideal, y, como todo ideal, es utópico y difícil de alcanzar, pero pedagógicamente necesario, porque nos saca de la mediocridad.

No es fácil aceptarse, entre otras cosas, porque resulta difícil entender en qué consiste.

Hagamos una primera aproximación. Aceptarse a sí mismo no consiste, sin más, en decirle sí a la vida. Habría qué ver qué entiende usted por tal. La vida, para el egoísta, es él solo, y los demás, contra la pared. No existe nada más falso y peligroso. Nadie existe solo y aislado, sino que existo gracias a una serie, casi infinita, de personas y de cosas que me han dado ser, me mantienen en vida, y de las cuales dependo para mantenerme en ser y crecer. Así, mi Yo completo y verdadero no termina en los límites de mi piel, sino que se extiende, en todas direcciones, a seres y cosas; concretamente, a mis padres, hermanos y familiares, incluyendo casa, ciudad y el mundo entero, y sobre todo, el fundamento primero y último de mi ser, que es Dios.

Partiendo de mi yo, con lo que soy y no soy, lo que no soy suele presentar más realidad y dinamicidad de lo que parece, incluyendo mi felicidad, compatible con cierta dosis de angustia, inherente a toda existencia humana, si la aceptación es verdadera y profunda, debe extenderse y decir sí a mis seres queridos o no tan queridos, a todos aquellos que diariamente posibilitan mi vivir, mi actuar y mi crecer.

La humanidad se divide en los que nacen con estrella y los que nacen estrellados , reza un dicho que todos hemos oído desde niños. El hecho es que unos y otros necesitan entender el sentido y el alcance de la aceptación de sí mismos, para convertir su buena o mala estrella en vida consciente y responsable.

Nadie escoge las cartas de juego con que nace; le llegan! Pero aquí es donde se conoce el buen jugador; el que en vez de maldecir las malas cartas que le llegan, o fiarse ciegamente de las buenas, saca el mejor partido de ellas.

Si usted recibió las que suelen llamarse buenas cartas que a la hora de la verdad pueden resultar no tan buenas: apellido, posición social, buen físico, fortuna y buena suerte no se envalentone, que son recibidas, y, si las recibió, por qué se ufana con ellas, como si no las hubiera recibido? Si le tocaron en suerte las que llaman malas cartas escasez de bienes materiales, un físico regular, tirando a feo o muy feo, enfermedad, corto talento y otros recortes de su ser, que usted califica de fatales no acabe de dañar el juego, arrojando las cartas a la basura o jugándose la vida a la ruleta rusa. Más vale un sí valiente a sus defectos un sí que se convierte en el núcleo positivo e inmortal de su ser que todos los dones materiales y cualidades exteriores, que en muchas ocasiones se convierten en zancadilla y tropiezo para una auténtica realización.

No existe experiencia más bella en el peregrinar de la vida que toparse con un compañero de viaje, que ha sabido decirles sí a sus miserias o deficiencias, haciendo broma de ellas, y mostrando una auténtica y madura seguridad. Estos son los verdaderamente grandes a los ojos de Dios. No los que nacieron grandes por suerte, sino los que se hicieron verdaderamente grandes, aceptando con humildad sus defectos y dándole un sí auténtico a la vida.

Esta exigencia de trascendencia y superación no se puede cumplir únicamente con principios éticos o criterios de moral natural. Tan alta meta solo es posible para quien ve más profundo que su inteligencia, y se lanza a la conquista de lo imposible, con fe en Dios y amor a los demás.

Es más grande llegar a ser que haber nacido siendo .

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.