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SE AGOTA LA TOLERANCIA

SE AGOTA LA TOLERANCIA

La existencia de tres grupos calificados como terroristas -Farc, Eln y Auc- debilita la viabilidad de un proceso de paz sin resultados concretos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
30 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

La existencia de tres grupos calificados como terroristas -Farc, Eln y Auc- debilita la viabilidad de un proceso de paz sin resultados concretos.

El 11 de septiembre iba a ser un día clave para las relaciones colombo-estadounidenses. En la agenda del secretario de Estado de E.U., Colin Powell, figuraba una visita oficial a Bogotá, y en el maletín estaban listas las intervenciones que haría ante los medios de comunicación. El mensaje central del ex general era un llamado vehemente para combatir al paramilitarismo y destruir cualquier vínculo con las Fuerzas Armadas.

El día anterior, Powell había incluido a las Auc en la lista de los grupos terroristas. Las sumó a las Farc y al Eln, y a 24 organizaciones más de otros países, hecho que demuestra que la preocupación de Estados Unidos por la situación colombiana existía desde antes de los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Al fin y al cabo, el Eln había suspendido todos los contactos con el Gobierno, el proceso con las Farc estaba estancado y el crecimiento del paramilitarismo ya se había desbordado. No pocos analistas pronosticaban un incremento de la confrontación.

La cruzada mundial convocada por George W. Bush hizo aún más complejo el panorama. "Despertó sensibilidades sobre las acciones terroristas", según el alto comisionado Camilo Gómez. "Los atentados contra la libertad y la vida de civiles perdieron cualquier justificación", agregó.

Un escenario distinto.

Adam Isacson, un experto en relaciones interhemisféricas, dice en un artículo de la revista Newsweek que los sucesos del 11 de septiembre eclipsaron la atención especial que el gobierno Bush quería darle a América Latina. "Pasamos de la página 1A a la 30A", asegura. Otros indicadores demuestran que las prioridades cambiaron: el paquete de ayuda para la región andina en el año 2002 se redujo de 882 millones de dólares, solicitados por la Casa Blanca, a 625, aprobados por el Congreso.

Las consecuencias van más lejos. El matrimonio drogas-terrorismo, presente en muy pocos países, entre los cuales figuran Afganistán y Colombia, convirtió el proceso de paz en un asunto sensible para la política interna estadounidense. La embajadora de ese país en Bogotá, Anne Patterson, llegó a comparar a los guerrilleros colombianos con los propios talibanes.

El nuevo entorno afectó a la guerrilla. Fidel Castro -uno de los primeros en censurar los atentados en Nueva York y Washington- condenó los ataques que producen "víctimas civiles". El presidente de México, Vicente Fox, amenazó con cerrar la oficina que las Farc mantienen en la capital azteca. Y la Unión Europea adoptó una política común para negar visas, en el futuro, a guerrilleros colombianos. La situación internacional les quita oxígeno, incluso, a los coqueteos del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, con las Farc.

Respuestas diferentes.

Los grupos insurgentes han reaccionado de distintas maneras. El Eln reactivó los contactos con el Gobierno, renunció a la zona de distensión, firmó una "agenda para la transición" y se embarcó en un alto el fuego unilateral para el fin de año. León Valencia asegura que "los elenos querían congelarlo todo hasta el próximo gobierno, pero les tocó cambiar a causa de la situación internacional".

Las Farc no han respondido de igual forma. Más bien, sus acciones denotan síntomas de aislamiento. "Ellos entienden la nueva situación pero no la han asimilado", dice un testigo de las negociaciones en el Caguán. "Creen que es un problema de Estados Unidos", agrega. Al fin y al cabo, tienen una tradición ideológica antinorteamericana y un reloj que marcha más lentamente que el de sus contrapartes.

En los últimos meses, las Farc realizaron acciones que constituyen todo un desafío a las corrientes dominantes. Ni el asesinato de la ex ministra Consuelo Araújonoguera, ni las demandas del presidente Pastrana para que cumplan los acuerdos de San Francisco de la Sombra, ni los múltiples llamados para que liberaran al padre de Andrés Felipe Pérez -el niño que murió de cáncer en vísperas de Navidad- produjeron cambios en su conducta.

Los paramilitares fueron ambiguos. Según el periodista Mauricio Aranguren, autor del libro Mi confesión, "es claro que Castaño tiene la intención de convertirse en un aliado de los americanos contra el terrorismo, que, según él, en Colombia solo practican las guerrillas". Sin embargo, el ex ministro Rafael Pardo considera que "en el libro de Aranguren se deduce que Castaño quiere alejarse del narcotráfico, pero acepta haber cometido asesinatos, y ese es un error muy grave porque hoy a la comunidad internacional lo que le preocupa es el terrorismo y no el narcotráfico".

Efectos retardados.

Lo más probable es que las consecuencias del 11 de septiembre sean más evidentes en el futuro. "Los efectos son retardados -dice Fernando Cepeda- porque a corto plazo la atención está fijada en Afganistán, Ben Laden y Al Qaeda". Los analistas plantean varios escenarios futuros. Mientras León Valencia considera que "en el país se ha empezado a sentir el temor a una intervención abierta y directa de E.U.", Camilo Gómez piensa que "la opción política se puede fortalecer como solución al terrorismo", y Alejo Vargas concluye que "al gobierno colombiano (al actual y al próximo) le exigirán resultados concretos en las conversaciones con la guerrilla".

Lo que es un hecho es que el presidente que elegirán los colombianos el próximo 7 de agosto va a encontrarse un escenario confuso, con menores márgenes de maniobra para continuar un diálogo con grupos considerados como terroristas, si este no produce resultados concretos. Se agotó "el campo para la ambigedad", puntualiza el Alto Comisionado.

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