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MÁQUINA DE GUERRA

MÁQUINA DE GUERRA

Carlos Alberto Fracica Naranjo, el hombre que ha ganado ocho condecoraciones por arriesgar su vida en los campos de batalla, y que comandó durante los dos últimos años la Fuerza de Despliegue Rápido (Fudra), comenzó su carrera militar con un paso atrás.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
30 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

Carlos Alberto Fracica Naranjo, el hombre que ha ganado ocho condecoraciones por arriesgar su vida en los campos de batalla, y que comandó durante los dos últimos años la Fuerza de Despliegue Rápido (Fudra), comenzó su carrera militar con un paso atrás.

Era enero de 1969. Ataviados con el uniforme azul y verde que ellos llaman papagayo , los 150 bachilleres recién graduados en la Escuela Militar de Bogotá se alineaban frente al capitán Martínez Rocha.

Un paso al frente los que piensan retirarse de la escuela! , ordenó el oficial.

Unos cuarenta pusieron un pie adelante, entre ellos Carlos Alberto Fracica Naranjo, un boyacense delgado, de cabello negro y de 1,69 de estatura. Había tomado la decisión de convertirse en abogado penalista.

Sin embargo, mientras un soldado anotaba en una planilla los nombres de los que se alejaban de la vida militar, el tercer hijo de Alberto Fracica, trabajador de Acerías Paz del Río (Boyacá), y de Dora Naranjo, empleada de la Empresa de Teléfonos de Sogamoso, comenzó a soñar con su uniforme camuflado y con grandes hazañas en los frentes de combate.

Cuando el soldado de la planilla se acercó a preguntarle su nombre, Fracica dio un paso atrás y regresó a la fila de los futuros oficiales del Ejército colombiano.

Han pasado 32 años y docenas de combates. El primero de ellos ocurrió una madrugada de 1972 en las estribaciones de la serranía del Perijá, cuando era subteniente del batallón La Popa. El y sus hombres sorprendieron a una célula del Eln y combatieron durante dos horas. Tres guerrilleros murieron en el enfrentamiento.

Luego perdió la cuenta de sus batallas. Tampoco se acuerda de cuántos incidentes, en aviones y helicópteros, ha salido ileso. Lo que sí recuerda con lujo de detalles son los instantes de mayor peligro.

Fue en noviembre de 1985, cuando un comando del M-19 ocupó el Palacio de Justicia, en el centro de Bogotá.

Estábamos en la biblioteca y teníamos que salir porque no soportábamos el humo. Nos disparaban de todos lados. Yo tuve que salir de primero. El teniente Sergio Villamizar venía detrás de mí y le pegaron un balazo. Mi mayor, no me deje morir , me dijo y yo lo saqué en medio de la balacera, pero se murió después , relata.

Otro episodio imborrable sucedió en los páramos de Boyacá, cuando perseguía a la guerrilla. Con sus soldados, iba a comenzar a peinar un cerro cuando los rebasó un rebaño de cabras. Las vieron pasar y segundos después los animales volaron en pedazos al activar un campo minado.

La virgen de Morcá.

Fracica guarda silencio, obligado por el aleteo ensordecedor de las aspas de un helicóptero Black Hawk que aterriza en la guarnición de Tolemaida.

El hombre que dirigió la operación Gato negro , en la que cayó el narcotraficante brasileño Fernandiño, una especie de José Santacruz Londoño colombiano, se queda pensativo unos instantes antes de contar cómo se ganó su primera medalla. Era teniente, tenía 23 años y comandaba una unidad élite del batallón Galán, con sede en Santander. No agrega detalles de la operación, pero asegura que en la misma murieron varios integrantes de las Farc.

Muchos de sus compañeros, como el teniente Villamizar, están muertos o lisiados. El caso más reciente es el del coronel Mosquera, que falleció en diciembre pasado en San Juanito (Meta), al accidentarse el helicóptero MI-17, de fabricación rusa, durante operaciones de las fuerzas especiales y de la Fudra contra las Farc.

El general Fracica nunca ha sido herido. Le atribuye su buena suerte a su devoción por la virgen de Morcá, cuyo santuario, a diez minutos de Sogamoso, visita antes de cada operación importante.

La imagen de su protectora grabada en una medalla, una linterna y un radiecito Sony, de ocho bandas, nunca faltan en su equipaje cuando viaja a las zonas de combate. Allí, sus subalternos de la Fudra lo apodan máquina de guerra .

Y es un especialista en ella. Combina la inteligencia con la conducción de las operaciones. Y para hacerlo con éxito, lee permanentemente todo tipo de literatura sobre el tema. Lo impresiona El arte de la guerra, de Zun Sung. También estudia las obras escogidas de Mao Tse-tung, las batallas de Gengis Kan y Napoleón, y hasta El diario de Marquetalia y otros escritos de Jacobo Arenas y de las Farc.

Eso le ha permitido convertirse en un especialista en esa organización. Dice que las Farc no se han apartado ni un ápice de su plan estratégico, que plantea la toma del poder mediante la guerra insurreccional.

También sigue las guerras actuales a través de Internet. Es un fanático del ciberespacio y de las películas bélicas, sobre todo de las clásicas: Los doce del patíbulo y Donde las águilas se atreven me las he visto unas diez veces, y fui seguidor de La misión del deberSiempre busca aprender aspectos tácticos y estratégicos para conducir a sus hombres.

Además, es un fanático del ejercicio físico. Perteneció al equipo de boxeo de la Escuela Militar, es instructor de equitación y trota más de una hora diaria.

Levántense, perezosos! , les dice muchas veces a los periodistas que cubren las operaciones militares, y los hace correr a la fuerza en las guarniciones. Se cuida de no comer grasas ni azúcar, pues sufre de diabetes y por eso todos los días se inyecta una dosis de insulina. Esa enfermedad no le impide ser uno de los más esforzados soldados cuando sale a cumplir con alguna operación.

La paz del guerrero.

Sus soldados dicen que es cascarrabias, frentero y hasta ofensivo. Fracica utiliza con contundencia el lenguaje descarnado de las guarniciones.

Sin embargo, uno de sus tres hijos afirma que cuando está en la casa se comporta como un bacán , va al estadio a hacerle barra a Millos y disfruta mucho de los almuerzos dominicales, rodeado de su familia, en alguno de los restaurantes de la Sabana.

A veces les cuenta a sus hijos y a su esposa, Esperanza, detalles de alguna operación realizada. Pero cuando eran novios y Fracica hacía labores de inteligencia en una zona rural del Huila, no soltaba prenda. Tanto, que ella y su suegro se llevaron una sorpresa cuando, una vez acordado el matrimonio, él les contó que no era topógrafo, como todos pensaban en el pueblo.

Ha saltado por todo el país de un lugar a otro, haciendo inteligencia o al frente de sus hombres, con su inseparable fusil R-15 recortado y una pistola Beretta, de 9 milímetros, al cinto.

En esos viajes se ha encontrado con un país que merece vivir en paz . Cuando recuerda el verdor de los campos de Boyacá, la niebla y las montañas del páramo de Chingaza, donde, dice, le gustaría tener una cabaña, y la transparencia del río Tomo, en el Vichada, el general Fracica, el guerrero de las mil batallas, hace un alto y deja emerger al otro Fracica, al hijo de trabajadores boyacenses, al hombre que llora cada 31 de diciembre a la medianoche.

Es una guerra absurda -dice-. Quiénes nos matamos...? Campesinos con campesinos... Uno no quisiera que existiera esta guerra . Y enseguida menciona la riqueza mal repartida, el vínculo de guerrilleros y paramilitares con el narcotráfico y suelta una andanada contra la gente desleal, y sobre todo contra los corruptos, que llegan a un cargo para buscar la mejor tajada.

Desde el pasado 28 de diciembre, el general Fracica ya no es el comandante de la Fudra, la unidad de combate que él creó y entrenó bajo los nuevos conceptos de movilidad que maneja el Ejército colombiano.

Junto con la comandancia de sus casi cinco mil hombres, dejó también una de las cosas que más ama: su traje de combate. A partir del 3 de enero vestirá de civil, o de paño verde, como corresponde al jefe de inteligencia del Ejército.

Fracica aspira a que sus días le alcancen para ver un país sin guerra, para sentarse a escribir sus memorias en una finca de Boyacá o de los Llanos.

Si no, piensa que su lugar estará en los campos de instrucción del Ejército, ayudando a formar a las nuevas generaciones de oficiales de alto rango, para que sus hijos o los hijos de estos disfruten de la paz que el guerrero añora.

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