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SIMPLEMENTE BOLILLO

SIMPLEMENTE BOLILLO

La sangre bañó el rostro de Hernán Darío Gómez Jaramillo. Un golpe con la cacha de un revólver le partió la nariz y lo mandó al piso. Entre gritos, insultos y empujones en la cafetería del Hotel Colón Hilton, de Guayaquil (Ecuador), sonó un disparo como un trueno. La bala pasó bajo el brazo derecho de Gómez y le hizo un hueco en la manga de su camisa. Estaba atontado y con la espalda contra el suelo. Bang!, retumbó de nuevo. Esta vez, el plomo rebotó en la baldosa. El tercer balazo dio en el blanco: le pegó en la pierna derecha.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
30 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

La sangre bañó el rostro de Hernán Darío Gómez Jaramillo. Un golpe con la cacha de un revólver le partió la nariz y lo mandó al piso. Entre gritos, insultos y empujones en la cafetería del Hotel Colón Hilton, de Guayaquil (Ecuador), sonó un disparo como un trueno. La bala pasó bajo el brazo derecho de Gómez y le hizo un hueco en la manga de su camisa. Estaba atontado y con la espalda contra el suelo. Bang!, retumbó de nuevo. Esta vez, el plomo rebotó en la baldosa. El tercer balazo dio en el blanco: le pegó en la pierna derecha.

Era 8 de mayo y ese día le vio la cara a la muerte. José Rodríguez Hidalgo, Joselo , allegado a la familia del ex presidente ecuatoriano Abdalá Bucaram, apretó el gatillo de la pistola. El, en compañía de Jacobo Bucaram, hijo del ex mandatario, atacó a Gómez por no haber convocado a la Selección Sub-20 de fútbol de ese país a Dalo , otro hijo del político.

"Ese episodio fue horrible; ni me lo miente!", recuerda María Teresa Jaramillo, Doña Tere , la mamá de Hernán Darío. "Cuando llegó a Medellín, venía como sin pensar en nada, no se había dado cuenta de la gravedad que vivió. Luego me comentó que era muy asustador devolverse para allá, pero le dije que regresara", confiesa.

Gómez, que el próximo 3 de febrero cumplirá 46 años, volvió y seis meses después se convirtió en el hombre más amado por todos los ecuatorianos: clasificó a su selección de mayores por primera vez a un mundial de fútbol. Regresó para ser el primer director técnico colombiano en llevar a un equipo extranjero a la Copa del Mundo. Retornó para convertirse en el primer entrenador colombiano en clasificar a cuatro mundiales. Un hito.

Pelota y cuero.

Terco? Tal vez. Como lo era de niño, y por correr detrás de un balón en las canchas y parques de su Medellín natal, terminó a patadas el bachillerato (repitió el sexto y el octavo grados). No escogió el fútbol para salir de la pobreza, pues nunca fue pobre. Su padre, Hernán Gómez Agudelo, ocupó, entre otros cargos, la presidencia de la Sociedad Antioqueña de Arquitectos y la de Camacol.

El fútbol, además de ser su pasión, era para el joven Hernán Darío la forma de escapar de un papá extremadamente riguroso. "Sus castigos eran despiadados", narró el propio Gómez en su biografía Bolillo , golpe a golpe. "Nos pegaba con una correa hasta que se quedaba sin fuerzas. Llegué a tenerle miedo y hasta a un sicólogo tuvieron que llevarme porque empecé a sufrir de los nervios", contó.

De su padre heredó el rigor por el orden y el aseo. Hace algunos años confesó que orinaba sentado en el baño de su casa por respeto a Diana, su segunda y actual esposa y madre de Daniel, su hijo de 10 años. Lo que no sacó del papá fue el gusto por la lectura. "Cuando hizo su casa, le montaron una biblioteca y él preguntó qué libros le combinaban para ponérselos", cuenta Francisco Maturana, uno de sus grandes amigos y colegas. Por algo, Hernán Darío fracasó en el intento de convertirse en administrador de la universidad Eafit. Cierto que asistió a algunas clases, pero sólo por complacer a su mamá.

Como futbolista era habilidoso, pero la parranda y las mujeres impidieron que se destacara más. Muchos años después, él mismo reconoció que "metía viejas" a las concentraciones, que se emborrachaba y que, por lo tanto, se dopaba para jugar. Su carrera terminó en 1985, en el Atlético Nacional, cuando en un entrenamiento le rompieron los ligamentos de una rodilla.

De la cancha al banco.

Justo entonces, Antonio Toño Roldán, que era el presidente del equipo, lo nombró uno de los entrenadores de las divisiones menores. Ahí comenzó su vida de entrenador, profesión con la que alcanzó sus más grandes títulos deportivos: como ayudante de Francisco Maturana fue campeón de la Copa Libertadores (Nacional, 1989) y clasificó a la Selección Colombia a dos mundiales (Italia, 1990, y Estados Unidos, 1994). Como técnico principal fue campeón colombiano (Nacional, 1991) y clasificó para la Copa del Mundo a las selecciones de Colombia (Francia-98) y Ecuador (Corea y Japón-2002). Además, en 1998 fue declarado el mejor técnico de América.

El sentido del humor es una de las marcas de Gómez: mamagallista desde su época de futbolista aficionado en la Selección Antioquia y en las juveniles de Colombia. Esa característica lo identificó cuando se hizo jugador profesional en el Deportivo Independiente Medellín, en 1975. Pero como con la vara que mides serás medido, una broma lo rebautizó para siempre. Una vez se quitó todo el pelo, que le caía hasta los hombros. Llegó al entrenamiento con la cabeza tan pelada como una bola de billar. Un compañero, el defensa José Boricua Zárate, al verlo exclamó: "Mirálo, parece un bolillo". Y así se quedó, Bolillo Gómez.

La fiesta es otra de sus señales. "A ese man le gusta estar con su gente, porque es muy buen amigo. Se toma sus traguitos y aunque dice que baila, es un bailarín raro. Las mujeres no es que le cojan el paso, pero no se pierden", cuenta el técnico Juan José Peláez, otro de sus íntimos.

Las mujeres, precisamente, fueron su talón de Aquiles, al punto de que por andar de sinverguenza fracasó su primer matrimonio con Clara María Velásquez, la novia de la juventud, a la que conoció a los 11 años y de quien se hizo novio a los 13.

De boca en boca.

"Hernán Darío es acelerado. El mismo dice que es muy primario. En otras palabras, que es natural, espontáneo, nada artificial. En esta sociedad, en la que manda la silicona, él se ve raro porque es auténtico", opina Hugo Gallego, quien fue su asistente en Ecuador. Tal vez por el Bolillo tiene fama de deslenguado.

Para Doña Tere , el que Hernán Darío suelte palabrotas es uno de sus defectos. Gallego dice que "mucha gente cree que habla primero y piensa después" y Maturana afirma que el Bolillo es "un tipo vivísimo, con una rapidez para mirar las cosas que cuando dice o hace ya ha reflexionado".

Sus amigos cuentan que es el retrato del "tipo buena papa", generoso y noble, que odia la mentira, el incumplimiento y la deslealtad, y que no cambia una buena reunión con los suyos para comer mariscos, tomarse un whisky o un ron con Coca-Cola y contratar una papayera que toque Los sabanales. "Al Bolillo lo defino con dos palabras: amigo y joda", apunta Maturana.

Sus parceros no le regalaron en esta Navidad ni lociones, ni corbatas, ni chaquetas, ni libros, pues saben que hubiera sido un desperdicio. Por eso su mamá prefiere obsequiarle un Cristo o una medalla de la Virgen.

Y aunque el Bolillo no es de los que entran a misa cada domingo, sabe en su interior que fueron Cristo y la Virgen los que, el pasado 8 de mayo, mandaron esa primera bala debajo de su brazo, hicieron que la otra rebotara en la baldosa y desviaron el tercer tiro hacia su pierna...

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