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BUSH: UN AVE FÉNIX EN LA CASA BLANCA

BUSH: UN AVE FÉNIX EN LA CASA BLANCA

Los atentados terroristas del 11 de septiembre contra Washington y Nueva York sin duda transformaron el mundo. Pero tal vez nadie ha sentido ese cambio tan en carne propia como el presidente estadounidense, George W. Bush. Y aunque suene irónico, quizá tampoco nadie se haya beneficiado tanto de ese fatídico día en el que cayeron las Torres Gemelas y se desmoronó un costado del Pentágono.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
30 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

Los atentados terroristas del 11 de septiembre contra Washington y Nueva York sin duda transformaron el mundo. Pero tal vez nadie ha sentido ese cambio tan en carne propia como el presidente estadounidense, George W. Bush. Y aunque suene irónico, quizá tampoco nadie se haya beneficiado tanto de ese fatídico día en el que cayeron las Torres Gemelas y se desmoronó un costado del Pentágono.

Hace 11 meses, cuando Bush finalmente tomó posesión de la Casa Blanca luego de su histórica y polémica victoria frente al demócrata Al Gore, los más optimistas le vaticinaron un reinado débil. Sus críticos, peor aún, presagiaron un rotundo fracaso.

Las insólitas elecciones -con conteos y reconteos de votos en Florida y demandas y contrademandas en la Corte- polarizaron al país. La legitimidad de Bush quedó en entredicho por ganar la Presidencia a pesar de perder el voto popular, su aceptación no alcanzaba ni el 50 por ciento y los demócratas insinuaban una fiera oposición para sacar dividendos de la precaria situación del inexperto ex gobernador de Texas.

La oveja negra.

Inseguro, tenso, y con los habituales gazapos verbales que generaron tantas mofas durante la campaña presidencial, Bush tenía muchas cosas en su contra.

Se graduó de la Universidad de Yale con notas tan regulares que alguna vez hicieron añorar a su padre tener un hijo (el mayor de los cuatro) como el inteligentísimo Al Gore. Se salvó de Vietnam gracias a que las conexiones de su familia lo resguardaron en la Guardia Nacional de Texas. Y dedicó su juventud, gracias a los millones y el prestigio de los Bush, al golf, el tenis, las mujeres y la bebida.

De esa época, una anécdota pasó a la historia. Durante los años de vicepresidente de su padre, se le acercó a la reina Isabel de Inglaterra en un banquete en Washington y le dijo: Yo soy la oveja negra de la familia, quién es la oveja negra de la suya? .

Su interés por la política apareció después de fracasar en varias aventuras petroleras y de conocer a su esposa Laura, gracias a quien empezó a sentar cabeza. El interés, más el peso de su apellido y unas muy buenas relaciones con el mundo petrolero le ayudaron para ser Gobernador de Texas.

Con esos antecedentes, y para rematar, a solo semanas de su llegada a la Casa Blanca en el 2001, la rueda de la economía que durante los ocho años de la administración Clinton había girado sin freno, comenzó a detenerse.

En junio, ya como Presidente, se le aparecieron las últimas puntillas para el ataúd. El Senado, dominado hasta entonces por los republicanos, pasó a manos demócratas y quedaron así pulverizadas las posibilidades de que Bush pudiera mover su agenda de gobierno con fluidez.

Y en el campo internacional, área en la que nunca obtuvo las mejores calificaciones, arreciaron las críticas por su oposición unilateral al Protocolo de Kioto, al Tratado de Minas Antipersonales y a la Corte Penal Internacional.

Se le apareció...

Pero llegó el 11 de septiembre. De las cenizas y entre el dolor que produjeron los poco más de 3.000 muertos, Bush comenzó a crecer.

Las rencillas partidistas quedaron a un lado. El Congreso, en un abrir y cerrar de ojos, le entregó poderes ilimitados para librar la cruzada contra el terrorismo. Los estadounidenses, de costa a costa, lo rodearon sin titubeos y el mundo entero, afligido por la tragedia, le otorgó su apoyo incondicional.

Surgió también un presidente más humano, más en contacto con la población. Sus apariciones diarias ante los medios, y el gran protagonismo que los eventos lo forzaron a asumir, le han permitido compenetrarse con la gente, dar a conocer un rostro hasta ahora desconocido , afirma Phillis Bennis, director del Instituto para los Estudios Políticos con sede en Washington.

Paralelamente, Bush también ha tenido que confrontar todos su miedos y las dudas que existían sobre sus capacidades.

Los vacíos en política exterior, su capacidad de liderazgo. Todas sus supuestas debilidades fueron puestas a prueba de la noche a la mañana , dice Bennis. Y para sorpresa de muchos, el Presidente ha superado las expectativas. Luego de no distinguir entre Eslovaquia y Eslovenia, se codea ahora con líderes de todos los rincones del planeta. Negocia de tú a tú con rivales estratégicos, como China y Rusia, y a través de su secretario de Estado, Colin Powell, ha gestado una hasta ahora sólida coalición internacional contra el terrorismo.

Para Robert Levy, del Cato Institute, Bush también ha dado muestra de una gran capacidad de adaptación. Comprendió rápidamente que sus planes de replegarse del mundo para concentrarse en su agenda doméstica no tenían cabida en el contexto actual. Que si E.U. era antes el gran policía del mundo, ahora lo debía ser más , dice el experto.

Y aunque la situación económica ha empeorado y han vuelto las rencillas entre demócratas y republicanos, la situación para Bush no podría ser mejor. Según las encuestas, ahora cuenta con 80 por ciento de popularidad, y casi el 90 por ciento de los encuestados aprueba la manera como ha manejando la crisis.

En menos de tres meses, la ofensiva aérea contra Afganistán puso fin al régimen talibán y Osama Ben Laden, el cerebro detrás de los atentados, estaría próximo a caer.

Aún así, las críticas no le han faltado. Hay quienes piensan que ha puesto en riesgo más de 50 años de lucha por las libertades civiles. La creación de cortes militares para juzgar a acusados de terrorismo, los amplios poderes que pidió para la CIA y el FBI, las miles de detenciones contra extranjeros de origen árabe son solo algunas de las medidas que han despertado la furia de demócratas y ONG.

Y aunque los temores parecen bien fundados, nadie se atreve a tirar la primera piedra. En principio porque la gran mayoría de la opinión pública apoya las medidas. Pero también porque pocos verían con buenos ojos que se le tratara de poner límites al gobierno cuando está en juego la seguridad nacional.

El Presidente, sin embargo, tiene por delante duras pruebas que seguirán midiendo su talante y exponiendo sus debilidades y fortalezas en los meses por venir: La reconstrucción de Afganistán, la continuación de la guerra contra el terrorismo en otros países como Irak y Somalia, sacar al país de la recesión y el miedo en que vive desde el desplome de las Gemelas y los ataques con Antrax, y el sostenimiento de la coalición internacional en momentos en que toma decisiones como el retiro unilateral del Tratado de Misiles Antibalísticos que se firmó con la Unión Soviética en 1972.

Pero al frente de tamañas responsabilidades ya no está el inexperto y débil gobernador de Texas. Está un presidente que maduró forzosamente, que goza de prestigio y don de mando y cuyas credenciales ya no están en duda.

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