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PERSONAJE DEL AÑO

PERSONAJE DEL AÑO

Se ha hablado ya tanto sobre toda la bondad que el 11 de septiembre hizo aflorar en los ciudadanos, que casi hemos olvidado lo poco preparados que estábamos. La verdad es que no esperábamos gran cosa de una generación que había pasado buena parte de sus años de madurez analizando todos los aspectos en que había resultado inferior a la generación previa. Poco se esperaba de esta gente hecha de grasa pura y nada de músculo; una generación de prepotentes escasos en virtudes que se deleitan en la abundancia heredada de sus predecesores.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
30 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

Se ha hablado ya tanto sobre toda la bondad que el 11 de septiembre hizo aflorar en los ciudadanos, que casi hemos olvidado lo poco preparados que estábamos. La verdad es que no esperábamos gran cosa de una generación que había pasado buena parte de sus años de madurez analizando todos los aspectos en que había resultado inferior a la generación previa. Poco se esperaba de esta gente hecha de grasa pura y nada de músculo; una generación de prepotentes escasos en virtudes que se deleitan en la abundancia heredada de sus predecesores.

Decir que el 11 de septiembre cambió todo esto resulta tentador, como tentador es también decir que no hay héroe sin villano, ni bondad sin maldad que le dé forma. Pero traten de mirar a los ojos a una de las viudas y de contarle toda la bondad que ha surgido de todo esto. Puede que no sea ninguna coincidencia, pero tampoco es necesario que ambas cosas vayan de la mano. El bien no necesita del mal; no estamos en deuda con el demonio, y los actos del 11 de septiembre no han hecho a nadie más bueno de lo que era.

"A lo mejor el propósito de todo esto", comentaba el alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, en el funeral de un amigo suyo, "no es sino poner a prueba a Estados Unidos, para ver si sigue siendo todo lo fuerte que demostró ser en 1776, en 1863 y en 1941". Giuliani opina que los terroristas confiaban en la cobardía de Estados Unidos. Sin duda que ya han aprendido una buena lección.

Por impartir esta lección, por ser valiente cuando las circunstancias lo han exigido, por ser directo cuando ha sido necesario, por ser sentimental y no sentimentaloide, por las horas de sueño perdidas, por su perseverancia, por no amedrentarse ante todo el dolor a su alrededor, TIME ha elegido Personaje del año 2001 a Rudy Giuliani.

Si otorgáramos este galardón en función sólo del número de muertos, es evidente que Osama Bin Laden habría sido el campeón este año; no en vano el 11 de septiembre se cobró más víctimas mortales que ningún otro atentado terrorista de la historia. Pero además, Bin Laden ha logrado mucho más que matar a gente. Acabábamos de guardar en el baúl de los recuerdos el siglo de Hitler y Stalin (que fueron en su día hombres del año de TIME), un siglo que nos había mostrado el grado de malevolencia que puede llegar a alcanzar un déspota. Ver a Bin Laden exultante de gozo con la mano plantada a modo de rascacielos, y contemplar cómo la contrae hasta cerrarla, nos obligó a todos a enfrentarnos no sólo al mal, sino también a lo mucho que desconocemos de él.

El caso es que Bin Laden no da la talla, y no merece el más mínimo reconocimiento por todo lo que ha sucedido en Estados Unidos en este otoño de 2001. Es sólo la imaginación la que agranda a este personaje, en un intento de auparlo a una categoría "digna" de un delito de tamaña envergadura. Pero para quienes han estudiado en profundidad su obra, Bin Laden no puede clasificarse como uno de los monstruos de la historia, pese a lo monstruoso de sus actos. Para convertir la sensación de agravio en violencia lo único que se necesita es falta de escrúpulos y un rifle cargado; no hace falta ser ningún genio. Los asesinos que envió a morir eran más valientes que él. Bin Laden está repleto de dinero y de odio, y cuando desaparezca del mapa otros pasarán a ocupar su puesto.

"Denme un héroe, y les escribiré una tragedia", dijo F. Scott Fitzgerald. El 11 de septiembre estaban previstas las primarias electorales de Nueva York, y Rudy Giuliani era un personaje a punto de ser borrado del panorama político. Giuliani se estaba derrumbando; el antaño todopoderoso alcalde había pasado a despertar lástima entre la opinión pública. El cáncer había convertido en vulnerable a aquel hombre de hierro, el adulterio había transformado en hipócrita a aquel personaje de impecable conducta, y las pasiones de hombre leal a su ciudad, a sus policías, a sus calles y a sus beisbolistas, lo habían convertido en una figura pública divisiva en la que ya habían dejado de confiar dos de cada tres neoyorquinos. Vetada su presencia en su propia residencia oficial, y con su matrimonio a la deriva, Giuliani vivía prácticamente acampado en casa de sus amigos en el Upper East Side de Manhattan. Todo apuntaba a que había llegado la hora de nombrar a un sucesor; aquello parecía el fin.

Pero en realidad, el fin estaba sólo a unas cuadras. Giuliani acudió al lugar de los hechos nada más saltar la primera noticia de los atentados, y estuvo a punto de morir sepultado. En las primeras horas después de los ataques tuvo que improvisar un centro de operaciones y una morgue provisional, aislar ciertas partes de la ciudad, y despejar algunas zonas para abrir paso a la que sería la mayor operación de rescate llevada a cabo jamás. Pero además, tuvo también que tratar de proteger a la ciudad de posibles nuevos ataques, tranquilizar a las muchedumbres que amenazaban con vengarse y tomarse la justicia por su mano, y convencer al resto de la ciudad como buenamente pudo de que todo aquello no era el mismísimo Apocalipsis.

En aquellas primeras horas, las miradas descorazonadas de medio mundo se centraron en Giuliani. Aquel día el presidente de la nación se encontraba en paradero desconocido por motivos de seguridad, y el resto del país estaba paralizado del susto. El alcalde tuvo que encargase de calmar el desánimo que cundía entre los ciudadanos y poner a disposición de público no sólo información, sino también consuelo.

Quizás sólo alguien que ha sobrevivido al cáncer, y ha sufrido en privado el pavor que provoca, está capacitado para consolar el espíritu de una ciudad que descubre en un repentino instante que cada momento de la vida es importante, y que todo lo que damos por sentado puede desmoronarse en un abrir y cerrar de ojos. Según él mismo comentó posteriormente, no fueron los sucesos del 11 de septiembre los que lo hicieron cambiar, sino la lucha que había librado anteriormente contra el cáncer.

Que era un tipo duro, eso ya lo sabíamos. Pero hizo falta una situación tan extrema como el drama de septiembre para que todos descubriéramos su lado tierno y la bondad lejos de la mirada de las cámaras que Giuliani ha mostrado a todas esas viudas y a todos esos niños, de cuyo dolor no ha querido huir. Aquel individuo al que se consideraba incapaz de sentir empatía, que apenas había podido murmurar un pésame a la madre de un hombre desarmado cosido a balazos (41, concretamente) por policías neoyorquinos, sorprendió a propios y extraños con sus palabras.

Aquel individuo supo no solamente qué decir, sino también qué guardar en el tintero. "Cuénteme cómo era su hijo", le decía a una madre enmudecida por el dolor. El alcalde guardaba silencio hasta que la madre comenzaba a hablar; la atención que prestaba Giuliani era capaz de devolverle el habla. Ante todo este dolor, el instinto siempre nos llama a huir, y sin embargo Giuliani ha acudido a más de 300 velorios y funerales. Dice que le dan fuerza.

Al fin, pues, termina este año. Con él se apagan las llamas del punto cero, la Estatua de la Libertad vuelve a abrir sus puertas, y los soldados izan una bandera estadounidense enorme en el aeropuerto de Kandahar. Es una bandera mugrienta, pero contiene los nombres escritos de los hombres y mujeres que perdieron la vida el 11 de septiembre. La misión de estos soldados no ha terminado todavía, pero la de Giuliani sí, no porque su mandato haya terminado, sino porque ha ayudado al país a superar el primero de los grandes retos que se avecinan.

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