EN EL NOMBRE DEL PAVO

EN EL NOMBRE DEL PAVO

Entre las cosas americanas que renominaron los conquistadores españoles, pocas tan mal bautizadas como la papa, el ananás y el guajolote. A la primera la llamaron patata, por despiste con la batata dulce; a la segunda le pusieron piña, porque su aspecto les recordaba la fruta del pino; y al tercero lo inscribieron en la culinaria como pavo.

26 de diciembre 2001 , 12:00 a.m.

Entre las cosas americanas que renominaron los conquistadores españoles, pocas tan mal bautizadas como la papa, el ananás y el guajolote. A la primera la llamaron patata, por despiste con la batata dulce; a la segunda le pusieron piña, porque su aspecto les recordaba la fruta del pino; y al tercero lo inscribieron en la culinaria como pavo.

Qué permitió que se confundiera al pavo real, animal ostentoso y egocéntrico, con el humilde guajolote? No lo sé. Aquel despliega un abanico de plumaje multicolor y sedoso, al paso que este tiene apenas una manotada de plumas bastas; aquel olfatea el aire con un piquito como de señora de la alta sociedad bogotana, en tanto que este exhibe la monstruosa verruga colorada que también mostrará la misma señora, pero dentro de veinte años. El pavo real es un híbrido entre la fauna exótica de la India y las canciones más emotivas de Agustín Lara; el modesto guajolote, en cambio, es invento total de la cocina casera. El primero emite un lamento cursi; el segundo salpica los oídos con un fiur fiur digno del bobo de la clase. El pavo real se desplaza con elegancia tanguera, y el guajolote lo hace a tropezones. Por qué, pues, fueron a colocar el nombre de pavo al guajolote?.

Simplemente porque ambos tienen alas y nacen del huevo. Con semejante argumento, también podrían haber llamado perdiz americana al ñandú o ruiseñor del neomundo a la deslenguada guacamaya.

Estamos, pues, ante uno de los casos más perniciosos de nominación equivocada que registren los anales de nuestra lengua. Al tomatl, que tiene el mismo origen náhuatl que el guajolote, los españoles lo recibieron como tomate, y al cacahuatl lo toleraron como cacahuete. En cambio, a este pobre pájaro le han dado en lenguas varias diversos nombres, todos ellos errados.

Figura en la zoología como Meleagris gallopavo, lo cual ya lo emparienta con ese odiado primo rico, el presuntuoso pavo real. En inglés es turkey, por confusión absurda con la gallina turca. Los franceses, inexplicablemente, lo catalogaron como si fuera una campana: dindon. Y ni siquiera los colombianos le tuvimos respeto en la pila bautismal: en el Valle lo llaman bimbo, palabra que el Diccionario no recoge; y los bogotanos lo designamos pisco, que en ese libro también significa aguardiente peruano e individuo de poca importancia . A lo mejor, el animal rinde homenaje al líder chibcha comunero Ambrosio Pisco, cuya rebeldía no era ningún moco de pavo.

A tantas humillaciones, el pavo corresponde engendrando numerosas expresiones castellanas con extraordinaria generosidad. La edad del pavo es, en España, la de la caca de gato. La pava es, en Venezuela, la mala suerte. Una pavada es, en Argentina, una bobada. A la charla de los novios se le llama pelar la pava; al rubor, subírsele a uno el pavo; las que no bailan comen pavo; los que las sacan a bailar, despavan; el que pide una colilla reclama la pavita.

Unos pesos son unos pavos, un pavitonto es un idiota y un pavisoso es un necio. Pavonearse es exhibirse orgullosamente; pero debe de tratarse del otro pavo, el lobazo de las plumas tornasoladas, porque el pisco tiene poca mercancía para la vitrina.

Hay otros vocablos de procedencia distinta pero que, por resonancia, parecen nacer en el mismo nido en el que las piscas ponen sus huevos pecosos: pavana, pavés, pavesa, pavor, despavorido, impávido.

Según se ve, la lengua española ha dado poco al pavo y recibido mucho de él. Por eso, hace unos años yo empecé a sentir un horrible complejo frente a este pájaro de mirada triste. Y tuve la certeza de que era imperioso revisar el trato desdeñoso que le dispensamos. Valiente homenaje el que se le rinde en Nochebuena o Año Nuevo, al sacrificarlo para ponerlo empeloto, relleno y despatarrado encima de un mantel, mientras la pava y los pavitos lloran su ausencia!.

Por eso, en mi casa modificamos por completo las sádicas costumbres, motivados, en buena parte, por la situación económica, que ha convertido el pavo colombiano en un mito abstracto de fin de año, del que todos hablan pero nadie ve, como el Niño Dios o Papá Noel.

Digo que en mi casa les dimos un revolcón a las costumbres: al pavo lo tenemos en una jaula, divinamente alimentado y consentido, y en cambio para San Silvestre prepararemos canario relleno.

Es verdad que ni el pavo canta como el canario, ni el canario alcanza a alimentar a la familia como lo hacía el pavo. Pero al menos tenemos la dulce sensación de estar haciendo justicia, tanto al pavo como al presupuesto familiar.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.