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TIERRA, AGUA, FUEGO Y CIELO

TIERRA, AGUA, FUEGO Y CIELO

Veinticuatro de diciembre, y quisiera encontrar alguna forma de escribir en las quinientas cincuenta palabras de hoy un mensaje donde pudiera consignar lo que siento frente a la dulzura de la Nochebuena, frente al asco de la guerra, la promesa de la vida, el valor de las ideas y la repugnante fuerza de las armas.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
24 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

Veinticuatro de diciembre, y quisiera encontrar alguna forma de escribir en las quinientas cincuenta palabras de hoy un mensaje donde pudiera consignar lo que siento frente a la dulzura de la Nochebuena, frente al asco de la guerra, la promesa de la vida, el valor de las ideas y la repugnante fuerza de las armas.

Un mensaje que albergara, con más ternura que impotencia, el bálsamo de la carta que Andrés Felipe -nuestro más reciente símbolo de la ausencia total de razón y corazón en el seno de la guerrilla- le llevó al Niño Dios, con sus manos del alma, allá, a la casa que desde hace seis días, comparten en el cielo.

Un mensaje en el que Arte y Parte expresara que aún no ha perdido las esperanzas, ni ha desterrado de sus letras el derecho a la ilusión. No lo ha hecho, a pesar de los repetidos balances de frustración que nos arroja a la cara la brutalidad de la violencia. No la he hecho, porque todavía hay mucho para creer en Colombia.

Un mensaje atravesado por el viento de nuestro país, por el valor, el temor y el exilio; por el renacimiento de la confianza, las costas saladas del mar y los chorros de agua dulce que bajan de las montañas. Atravesado por los capitales que generan desarrollo, y los consagrados al tráfico ilícito de la muerte y sus derivados.

Atravesado por la distancia que separa el Capitolio donde se hacen las leyes, de sus calles más próximas, donde los indigentes lloran, entre la prostitución y las madrugadas sin rocío, sus miserias, y lo que queda del olvido.

Esa distancia entre la utopía de una revolución digna y los bandoleros que mantienen la guerra, mirados con merecido e infinito desprecio, por dentro y por fuera de nuestras cuatro paredes de tierra, agua, fuego y cielo.

Un mensaje que no se deje tentar por el ansia de la desestabilización, ni por el marasmo del conformismo, porque la oscilación entre el uno y el otro no es equilibrio ni madurez social, sino una peligrosa amalgama que nos ha ido desdibujando la impronta libertaria que un día tuvimos: nos han hecho mucho daño la resignación pasiva que acostumbra, y la errática forma -inconsulta y apocalíptica- de quienes se han dedicado a arrasar, sin pensar ni sentir cómo se construyen, consensos que hagan viable una nueva civilización.

Un mensaje donde pudiéramos transitar casi felices, en ese abrazo necesario de dar y de recibir, ya, cuando faltan unas horas para celebrar el nacimiento de un Niño tan pobre y desplazado como tantos que hemos visto, pero con una fortaleza tan generosa y trascendente, que transformó el mundo, transformó el alma y nuestra relación con nuestros semejantes y diferentes, con lo efímero y con la eternidad.

Así como sucede con un tosco pedazo de arcilla en las manos del artista, agradecería que cada lector moldeara a su manera, con su buen sentir y entender, mi anhelo de una Navidad lo más feliz posible, y en el año que viene, ser capaces de reconocer el sol que todos los días, sin decepción ni derrota, se asoma a nuestra ventana; como si estuviera buscando qué hay al otro lado del cristal, y con quién cuenta la vida, para vivir.

ariasgloria@hotmail.com

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