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LOS TÍPICOS NAVIDEÑOS

LOS TÍPICOS NAVIDEÑOS

Ebrio empedernido La palabra salud parece el lema de su campaña etílica. Hic!, yo no estoy borracho , es su defensa anual. Pero no deja de abrazar a todos, de decir te quiero mucho al primer desconocido que se le atraviesa, usted es mi amigo al poste de la esquina y yo invito al vecino que le cae gordo. Brinda por el niño Dios, pero a veces es peligroso porque suele dispararle al aire. Por lo general, le da la cariñosa muchas horas antes de la medianoche. Vomita la cena y al día siguiente no recuerda nada.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
23 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

Ebrio empedernido.

La palabra salud parece el lema de su campaña etílica. Hic!, yo no estoy borracho , es su defensa anual. Pero no deja de abrazar a todos, de decir te quiero mucho al primer desconocido que se le atraviesa, usted es mi amigo al poste de la esquina y yo invito al vecino que le cae gordo. Brinda por el niño Dios, pero a veces es peligroso porque suele dispararle al aire. Por lo general, le da la cariñosa muchas horas antes de la medianoche. Vomita la cena y al día siguiente no recuerda nada.

El madrugador.

A las 7 de la mañana sale a lavar el carro con el parlante a todo volumen. Al mediodía saca el equipo de 1.200w de potencia y estremece la calle. Parranda navideña es su consigna. Desde el mismo 24 canta "faltan cinco pai las 12" y le sube el volumen al Gato volador y al Pirulino. Lo importante es celebrar que Jesús parrandeó con la colaboración de la Orquesta de los Reyes Magos y a ritmo de vallenato con María Magdalena o cualquier otra excusa bárbara que se le ocurra. En la noche, sintoniza la Fiesta de los Hogares Colombianos y reverencia a Jorge Barón. Agarra a cuanta vecina se atraviese para bailar con ella. Se duerme al mediodía del día siguiente.

El aguafiestas.

Nada le gusta. Mucha la bulla, demasiado el desorden, caro el mercado, inútil la Navidad, aburrida la fiesta. Se encierra a las 6 p.m. en casa para protegerse del mundanal ruido y de la parranda ajena, pero los equipos de sonido de todos los vecinos lo persiguen hasta en el baño. Si intenta ver TV, las presentadoras disfrazadas de rojo le recuerdan lo que se está perdiendo. Si lee, la pólvora lo desconcentra. A la medianoche, está con ojeras y desesperado por los pitos y maracas que le retumban en los oídos.

El llorón.

Su guayabo comienza en octubre cuando los primeros centros comerciales desempolvan los árboles de Navidad. Desde ese momento, todo burro cerca de un buey que vea en el camino, cualquier bebé recién nacido que hable en lenguas indescifrables o cualquier virgen, lo emocionan. Su tragedia es esa: nunca olvida que se acerca la Navidad. Y vive amarrado al pasado: los buñuelos ya no se doran como antes, la natilla de su casa tenía un mejor sabor que la masacotuda de caja, la gallina de hace 20 años tenía más gusto que el pavo desabrido... Llora sin tregua. La paz llega cuando la Navidad se acaba y no tiene que celebrar nada con nadie.

El de la misa de gallo.

Desde temprano les recuerda a los hijos que hay que ir a misa de gallo. Y allá se planta a medianoche, no importa que la familia se retuerza de hambre porque la cena ha esperado en el horno desde las 7 de la noche. La novena, el rosario y unos cuantos salmos le han abonado la pista para que llegue fresco a la misa de dos horas en el frío de la noche. En el pesebre pone la figura del niño Dios justo después de la misa. Su consigna es la moderación en un día de recogimiento familiar.

El tradicional.

Las cosas tienen que hacerse como siempre, pero con lo que haya: con las figuritas clásicas que venden en los supermercados, con musgo original sin importar si se daña el medio ambiente, con piscina para los patos, estrella de Belén de Sanandresito, soldados, futbolistas y cualquier muñeco que se atraviese. Hay que comer gallina, buñuelos, natilla, ir a misa de gallo, celebrar en familia, parrandear por el niño Dios, echar pólvora aunque a Mockus no le guste, poner los regalos debajo de la almohada cuando sea los niños estén roncando como angelitos, echar plomo y emborracharse como Dios manda.

El esnob.

Las cosas tienen que cambiar, adoptarse nuevas tendencias. El árbol de Navidad con nieve y música incluida es lo legal, y Papá Noel ya hace rato reemplazó al pirateado Niño Dios. La champaña y un pavo en un banquete del club son apenas parte del plan tradicional. Igual que dejar a la niñera la labor de ponerle el regalo a los hijos. Si es más moderno, negocia con ellos si prefieren plata o regalos y les enseña a invertir su Navidad. Ese es el día de sacar la pinta brava del ropero, la corbata de seda de Milán y la media blanca. La fecha es un evento social de regalos para lucirse.

El hijo navideño.

Solo aparece cuando llega la Navidad. Lo hace con toda la resignación del caso y con cara de mártir, pero con la excusa de que hace semejante sacrificio con tal de ver a su mamá porque madre no hay sino una . Su cara de amargura contagia a todos, sobre todo a sus hermanos, a los que odia con auténtico frenesí y a los que abraza con el mismo entusiasmo de Judas. El malestar que provoca es la razón de todas las peleas familiares y también la excusa para que prometa no regresar. Pero cada 24, el hijo pródigo vuelve. Y la pesadilla comienza...

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