Secciones
Síguenos en:
UNA CRISIS MONUMENTAL

UNA CRISIS MONUMENTAL

La dimensión política de la crisis argentina está vinculada al colapso de un modelo neoliberal extremo, es la consecuencia de un modelo de gobernabilidad sustentado en el progresivo vaciamiento de la democracia y se nutre de un modelo de inserción externa basado en una exagerada subordinación.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
21 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

La dimensión política de la crisis argentina está vinculada al colapso de un modelo neoliberal extremo, es la consecuencia de un modelo de gobernabilidad sustentado en el progresivo vaciamiento de la democracia y se nutre de un modelo de inserción externa basado en una exagerada subordinación.

Si el modelo económico resultó crecientemente excluyente, devastador de la tradicional clase media argentina, creador de un desempleo desbordado e incapaz de gestar un proyecto productivo genuino, el modelo político se alimentó de la corrupción, de una evidente pobreza institucional, de un abismal distanciamiento entre los ciudadanos y los políticos y de la alarmante erosión del Estado.

El modelo internacional se volvió disfuncional a pesar de las estrechas relaciones con Estados Unidos en el plano diplomático y del total apego al Consenso de Washington en materia económica.

El gobierno de Fernando de la Rúa recibió un mandato transformador de parte de electores que votaron un programa de cambio económico, transformación política, renovación ética y reinserción internacional. Al cabo de dos años de administración de la Rúa sólo ha podido ahondar la crisis material, institucional, moral y externa de Argentina.

La relativamente amplia alianza de centro-izquierda-Partido Radical, Frepaso y otras agrupaciones menores-que lo llevó al poder se evaporó en 2000 luego de que el renunciante vice-Presidente Carlos Alvarez y el propio Presidente de la Rúa hicieran todo lo posible por destruirla.

El mandatario escogió entonces configurar una alianza restringida de centro-derecha con los sectores conservadores del radicalismo y las fuerzas del hoy exministro de Economía, Domingo Cavallo. En vez de convocar una gran alianza que afrontara los enormes desafíos económicos (más de 40 meses de recesión, una deuda externa superior a los US$ 150.000 millones, una salida de capitales y fondos individuales incesante, un 18% de desempleo) y políticos (desprecio social por la clase política, corrupción gigantesca y falta de transparencia institucional), el Presidente optó por reafirmar la ortodoxia económica de ajuste tras ajuste, por la inmovilidad política para proteger su menguado liderazgo, por el olvido de la lucha contra la corrupción como bandera mínima de transformaciones y por la preservación de una relación dependiente hacia Estados Unidos y respecto al Fondo Monetario Internacional.

Hoy no sólo está en crisis un gobierno, sino quizás también un régimen. La democracia argentina enfrenta su mayor desafío desde 1983. La alternativa de gobernancia parece ser una sola. De la Rúa quiso llamar a un gobierno nacional convocando al justicialismo a un nuevo gobierno. En esta opción el Presidente quedaría nominalmente como la cabeza del ejecutivo, pero el justicialismo se encargaría de administrar la grave turbulencia social y económica que se producirá en 2002. Argentina entrará próximamente en cesación externa de pagos, abandonará seguramente la convertibilidad (1 peso igual 1 dólar) y ello, sin duda, precipitará cataclismos internos difíciles de manejar.

Sin embargo, el justicialismo no quiere cogobernar y seguramente querrá asumir interinamente el poder ejecutivo con el actual presidente justicialista del senado, Puerta, y convocando a elecciones en los siguientes 90 días. Esta opción no disminuye la intensidad de la crisis; puede incluso agravarla. De otra parte, no es claro que el justicialismo gane automáticamente esa nueva elección: la sociedad se polarizará y el resultado de una contienda por la presidencia en marzo o abril próximos puede ser impredecible: una suerte de Chavez a la argentina bien podría alzarse con el triunfo.

En breve, la democracia argentina no está garantizada. Sólo el miedo ante la catástrofe anunciada podría servir para que la clase dirigente alcance un consenso básico que evite el desmoronamiento del país. La pugna distributiva, tan típica desde los años cincuenta hasta los ochenta, se ha reinstalado en el país austral y es de esperar que por primera vez en décadas se resuelva por conductos democráticos; algo tan monumental como la crisis misma que vive Argentina.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.