FALSAS PREÑECES

Colombia tiene el cuero duro para aguantar afrentas. Aquí hemos terminado por hacer de la paciencia una segunda piel y de la resignación un vestido de diario.

22 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Sin embargo, por nadie sabe cuáles misterios del alma colectiva, así como podemos desentendernos con una insensibilidad que apabulla de tantas vergenzas y desventuras como nos toca aportar a la desdichada historia humana hace tiempos, de cuando en cuando dejamos descansar la coraza, la indolencia, el autismo, y entramos en místicos sobresaltos, en unos éxtasis incomprensibles en medio del cataclismo nacional.

Por un partido de fútbol. Por un reinado de belleza. Por un drama trivial de sábanas entre actores. El final de telenovela de una telenovela. O un parto insólito.

Hace días el país fue sacudido por una de esas noticias que lo consuelan de la impotencia para enderezar el destino, entre genocidio y genocidio o entre dos desfalcos en la administración pública. Una ringlera de muchachitos los medios nunca estuvieron de acuerdo si eran seis, siete o nueve, como si no hubiera suficientes muchachitos estaba a punto de desprenderse del útero hiperbólico de una niña de dieciséis años en una barriada barranquillera.

El inminente alumbramiento del enredo produjo alboroto, sobre todo entre las mujeres que saben de partos en carne propia. Los ginecólogos, que de eso viven. Y, claro, los periodistas, que hurgan en las pequeñas miserias que una tras otra son la historia, corrieron en busca de la madre y se apostaron con su parafernalia de cámaras, grabadoras y libretas ante la puerta del hospital de maternidad de La Arenosa a esperar la explosión de barranquilleritos.

La historia se convirtió en la pimienta de los noticieros de la TV. En el matiz pintoresco, en el morbo menor en medio de la catástrofe social. La edad de la madre, la misma de Julieta; su raza, la de Otelo; el escenario de olores venecianos de Barranquilla y el hecho de que la joven madre hubiera sido abandonada por su marido, le dieron al acontecimiento los visos de un drama de Shakespeare a lo Alci Acosta.

Además, había algo morboso en esa joven hinchada como un globo. Inflada como un discurso en una convención de partido. Que daba la sensación de navegar mientras andaba con un balanceo perezoso.

Conocemos el desenlace. Ella acabó por confesar al tocólogo del hospital que no había tal preñez, que todo era tan solo un truco de amor para amarrar al marido con la promesa de una cadena de criaturas. Y la cosa paró como tantas otras cosas en Colombia, siempre en un montón de harapos y periódicos viejos. En pura paja.

Como Colombia, la muchachita se hallaba embutida de códigos y normas y edictos y papeles y papeles, la basura de alguna notaría y la ropa vieja de su casa, una bandera, tal vez, y el disfraz de un sarao remoto de sus padres. Con la ilusión de curar el enorme desorden emocional. El episodio nos retrata. Pone en evidencia nuestras más queridas perversiones. La inmensa capacidad para la mentira, el chantaje, la avivatada y la desesperación. Para simular. Para el sainete. Para las metamorfosis. Y esta gran debilidad interior.

Las cámaras de televisión han vuelto a mostrar a la protagonista del drama estos días de vacaciones escasos de noticias, cuando los directores del desconcierto andan de vacaciones en las piscinas. Del globo triste de hace un mes que amenazaba depositar en este mundo atiborrado una montonera de negritos de tacada, ni rastros. El fenómeno ahora se encuentra convertido en una morocha prieta que pasea por las calles de Barranquilla la gloria de su ombligo oscuro y la sonrisa victoriosa de su cinismo a toda prueba. Ahora dijo con el mismo desparpajo que puso en engañarnos con su embarazo de farsa. Quiero ser actriz. Creo haber demostrado de lo que soy capaz con mi actuación . Y agregó: Le pido perdón a mi suegra. Y que se dé cuenta de que no le hice mal a nadie .

Siempre, metáfora de un país cándido. Preñado de ilusiones y culpas. Condenado desde que tiene memoria a ser remordimiento, equívoco, esperanza fallida, guardado infinito de expectativas que acaban por resolverse en desilusiones. Un gran proyecto que suele ser un fraude. Un gran huevo huero. Tragicómico. De alma de trapo y corazón de estopa, dicho con palabras de León de Greiff. Pura apariencia. Hecho de normas y normas y aire. Mucho ruido y pocas nueces. Pero que, sin embargo, puede cambiar de aspecto en un guiño. Y convertirse de triste negrita pobre, embarazada, abandonada, avergonzada de mirarnos, en opulenta mulata con aires de diosa africana. Caníbal siempre, supongo.

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