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LOS MEDICOS SIN ROSTRO

LOS MEDICOS SIN ROSTRO

En sus orígenes, la medicina occidental estuvo acompañada de ingredientes crípticos, esotéricos. Basta repasar el Juramento Hipocrático, que es como la tabla de la ley de los cultores del arte de curar, para advertir que en efecto fue así. En una de sus cláusulas se lee que la enseñanza de tal disciplina solo deberá prodigarse entre los descendientes de los que la practiquen o entre aquellos que estén sometidos por juramento a la ley médica, pero a nadie más .

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
23 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Con ese criterio reservado se mantuvo el conocimiento médico durante casi veinticinco siglos. Aceptándose que el sanador de escuela era una especie de déspota ilustrado y el enfermo un incompetente mental, no era conveniente que este tuviera acceso a las fuentes contentivas de la sabiduría curativa. Cuanto más ignorante fuera, mejores posibilidades de curación habría.

Fue necesario comprobar que un factor trascendental para evitar los males o favorecer su erradicación era, precisamente, la educación en asuntos sanitarios. Poco a poco fueron descorriéndose los velos para familiarizar al común de las gentes con la composición del cuerpo humano y su funcionamiento, como también con la historia natural de las enfermedades y su tratamiento.

El advenimiento de las nuevas tecnologías en cuestiones informativas facilitó la transmisión de conocimientos médicos al público en general. Esta educación informal coincidió con el afianzamiento en la relación médico-paciente de la figura jurídico-ética llamada consentimiento informado , vale decir que el profesional de la medicina no puede realizar ningún procedimiento diagnóstico o terapéutico sin haber ilustrado previamente al paciente y haber obtenido su aceptación para practicarlo. Hoy día, el principio de autonomía del enfermo tiene para el médico más relevancia ética que el mismo principio de beneficencia, fundamento moral del Juramento Hipocrático.

Tanto la televisión como la prensa escrita y hablada dedican buena parte de sus espacios a informar sobre medicina, infortunadamente no siempre con una adecuada orientación. En ocasiones el mensaje es confuso o proclive y lleva más bien a desinformar, lo cual apareja riesgos, en tratándose de temas médicos. Las telerrecetas, por ejemplo, son altamente peligrosas, por cuanto un determinado remedio no les hará bien a todos los que tengan la misma sintomatología. Se sabe de sobra que no hay enfermedades sino enfermos.

Cuando las personas interesadas en ilustrarse están capacitadas para navegar en Internet, tienen a la mano un cúmulo de información, tanta que servirse de ella suele desembocar en indigestión o empacho mental. Muchos pacientes sorprenden al médico con la plétora de datos que poseen acerca de su posible enfermedad, y cuesta a veces trabajo convencerlos de que lo captado por ellos no corresponde exactamente a su caso.

Estamos viviendo, pues, la época de los médicos sin rostro. La medicina dejó de ser esotérica y se divulga a porrillo. Eso está bien. Lo que es peligroso es dispensarla en dosis excesivas o en mixturas difíciles de digerir.

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