LAS COSAS DE JUAN MARTÍN

LAS COSAS DE JUAN MARTÍN

La alcaldía de Bogotá se ha convertido, desde hace tiempos, en un buen trampolín para saltar a la Presidencia de la República, en la medida en que el ejercicio de la misma sea exitoso ante los miles de habitantes de la capital. Y aunque algunos logran consolidar tales aspiraciones presidenciales como en el caso de Barco en tanto que para otros esas mismas aspiraciones se frustran a mitad de camino, lo cierto es que resulta significativa la proyección nacional que tiene el hecho de ser burgomaestre de la ciudad más importante del país. Y de la manera como se administre dicho poder con prudencia y sin incurrir en actitudes desmedidas dependen en gran parte las posibilidades políticas futuras del protagonista de turno. Nadie ignora que Juan Martín Caicedo quería y finalmente logró la alcaldía del Distrito, con una votación acrecentada por las expectativas que suscitó la consulta liberal del 11 de marzo, además de que son inocultables sus deseos de participar en la competencia por la pr

12 de agosto 1990 , 12:00 a. m.

No obstante, algunos ciudadanos tenemos la impresión de que a Juan Martín le está importando más su futuro que su presente, y que su inclinación por emular con la buena imagen general que dejó su antecesor, Andrés Pastrana, es, con el paso de los días, un tanto obsesiva. Creo personalmente en la teoría según la cual en política nadie es ni debe ser igual a otra persona; pues al copiar gestos y parodiar actitudes, se cae en redundancias que a la postre desvirtúan al funcionario, en vez de fortalecerlo. Por algo se dice que el estilo es el hombre...

Hay, concretamente, un punto inquietante en la gestión inicial de Caicedo Ferrer: su afán por montar, cuanto antes y como sea, un canal regional de televisión para Bogotá. Según Semana (edición 430), la inmensa atención e inusual velocidad que el nuevo alcalde le imprimió al tema, desató a algunas mentes perspicaces que vieron en la movida la construcción de un andamio político-televisivo por el que subiría Juan Martín hasta la presidencia, una vez terminada su gestión .

Esta iniciativa que por diversas razones vendría a quebrar a las programadoras actualmente adjudicatarias de los canales nacionales de televisión cuenta como es obvio con la simpatía de varios miembros del Concejo de Bogotá. Quienes, al igual que el Alcalde, vislumbran la perspectiva de tener canal regional: ese gran andamio para hacer política y proselitismo, como si tal fuera una de las necesidades sentidas y básicas de los pobladores de esta sufrida urbe. Por lo mismo, no deja de extrañar la conducta de ciertos ediles que con honrosas excepciones resolvieron volver a festinar, el jueves pasado, su participación en las juntas directivas de las empresas del Distrito, en determinados casos nombrando, incluso, a los hermanos! Es uno de los peores vicios que Luis Carlos Galán siempre condenó, a pesar de que ahora y no exactamente en homenaje a su memoria algunos de sus seguidores, en el Cabildo, han aceptado figurar en algo que el extinto jefe del Nuevo Liberalismo había censurado y prohibido.

Pues bien. Hasta donde alcanzan mis entendederas, me parece que el alcalde Caicedo fue también renuente a que los concejales volvieran a tener asiento con voz y voto en las juntas de las empresas distritales, y públicamente se manifestó en contra de esta mala costumbre, días antes de tomar posesión. Ignoro si el burgomaestre tiene, en la práctica, los instrumentos suficientes para impedir que ese hecho se hubiera consumado, en desmedro de paso de los intereses políticos de un sector conservador excluido del ponqué: el que casualmente más se identificaba con el anterior alcalde de la capital, cuyos voceros, por cierto sintiéndose un tanto perseguidos, dejaron expresa constancia en que proponían posponer esta elección, ante el clamor expresado por diferentes sectores de la opinión pública en relación con la conveniencia de la participación de los concejales de Bogotá, o de sus delegados, en las juntas directivas de las entidades distritales .

Al alcalde Caicedo que es inteligente hay que exigirle, pues, menos política y más administración. Su discurso para instalar las sesiones del Concejo catálogo de buenas intenciones tuvo cierto sabor de candidato en campaña, más que de ofrecer soluciones concretas a los problemas que asedian a la comunidad. El, mejor que nadie, entiende que, por encima de personales ambiciones y apetencias (por lo demás legítimas), tiene que imponerse el Hombre de Estado; el funcionario respetable y acatado, ya alejado de las minucias de la mecánica burocrática, y dedicado a gobernar para todos, con desprendimiento y grandeza.

Bogotá es, por su tamaño y su composición heterogénea, prácticamente otro país; mas esa realidad obliga a que, superando explicables fricciones de carácter partidista, el Alcalde mande en su patio en armonía con los propósitos del Gobierno Central, como a la postre lograron hacerlo perteneciendo a colectividades opuestas Virgilio Barco y Andrés Pastrana, en la mayoría de las circunstancias. Pues nada resultaría tan nocivo como que las relaciones entre Alcalde y Presidente de la misma filiación política empezaran a erosionarse, por culpa de soterrados enfrentamientos en vía de gestación.

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