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DON VIZO

DON VIZO

En su partida de bautismo aparece registrado con el nombre de Vicente Martínez Martelo, para los más íntimos cofrades era Vicentico y en el lenguaje de los afectos colectivos, allí donde desplegó sus más cálidas simpatías caribeñas, se lo reconocía con el apelativo de Don Vizo, este último quizá el más perdurable en el recuerdo de la hazañosa ciudad.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
26 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Al cumplirse ahora cien años de su nacimiento, pues vino al mundo el 22 de noviembre de 1897 en Cartagena, el recuerdo de sus múltiples actividades se revive en un halo de singulares sentimientos, como si andase aún por las historiadas calles de la urbe, jocundo, con la franca y despejada sonrisa que lo hicieron personaje inolvidable entre sus coetáneos, todo vestido de blanco según los cánones de la elegancia costeña, que él acentuaba más con la encendida flor en el ojal del saco de Habana Cien, la fina tela de hilo procedente de Inglaterra.

Es que por ahí iba, de una reunión a otra, de un despacho oficial a otro, con los contagiosos entusiasmos cívicos en la cabeza, que luego se concretarían en realidades, mientras que muchos proyectos se perderían en la negligencia oficial, en la estulticia gregaria que no mira más allá de sus narices. O recibiendo con infinita generosidad a ilustres forasteros que llegaban a la cara ciudad, sin distingos de ofuscantes banderías, precisamente cuando los odios de partido o grupos sectarios más agobiaban los espíritus. No creo que con esta filosofía de elegante conducta, Don Vizo se propusiese cierto abandono de su herencia política, que era conservadora; más bien lo hacía proceder así una nobleza del corazón, con cierta conciencia del sentimiento costeño, que aprecia las cosas y a los hombres espontáneamente, sin trastiendas en el alma, mientras que con particular intuición aquilata sus valores esenciales, sin que nada de las glorias del mundo lo sorprenda, ni nadie lo ofusque con sus títulos.

Es que el costeño, más allá del bongó y del acordeón, de la flauta de millo que hieren el silencio de la tarde con su alarido o no dejan que se hilvane el diálogo por sus quejumbres, siente una satisfacción particular en compartir con quienes aprecian su mesa y sus afectos. En tiempos de Don Vizo, fue la edad de oro de esa noble conducta en Cartagena, cuando trascendió a escala nacional la leyenda de su simpatía y liderazgo cívico, y el turismo de mala calaña no había fatigado la ciudad.

Y no podía ser de otra manera, pues tuvo este singular cartagenero tan hondo sentido de la comunicación social, fue tan fecundo en ideas buenas a la hora de servir a la ciudad, la nuestra, que no se lo recuerda tan solo por el bronce que se levanta frente a la casa solariega donde pasó la mayor parte de la vida, sita en el Pie de la Popa, sino por la siembra que supo hacer en el alma popular, precisamente él, el hombre que llevaba en el saco blanco el tú y yo, la flor de su predilección.

Aunque permaneció largos años en Canadá, donde hizo los estudios superiores Woodstock College, en Toronto y cuando para muchos las circunstancias foráneas modifican o alteran feamente la visión de lo propio, Vicentico fue en genio y figura un cartagenero integral, en lo que este reconocimiento tiene como expresión de autenticidad entre el hombre y su entorno histórico y vital, afinando con el tiempo la sensibilidad para tratar de resolver los agudos cuanto dramáticos problemas de muchas áreas populares de Cartagena, donde precisamente se lo evoca, no sin cierto fervor, especialmente quienes tuvieron la fortuna de conocerlo.

Durante las dos administraciones que presidió como alcalde mayor de Cartagena, cuando cierta atonía y desgano colectivo afectaban el alma de la ciudad, se sintió un nuevo despertar, un estimulante despertar. Entonces, se remodeló la Plaza de la Proclamación, amplió y pavimentó calles, plazas y avenidas; construyó la urbanización de La Matuna, ideada para descongestionar el recinto amurallado y servir de moderno centro comercial, financiero y bancario, aunque tan caro sueño a la larga tuvo un desarrollo funesto, con la imagen sórdida que a trechos exhibe hoy esa área.

Pero donde más penetró como expresión de nobles sentimientos Martínez Martelo, fue en la atención que les prestó como burgomaestre a los barrios populares, en los que no sólo mejoró también sus caminos y avenidas, sino que se construyeron por empeño suyo centenares de casas para las clases menos favorecidas. Años más tarde y después de su muerte, en justo reconocimiento a la eficacia de sus administraciones, el Gobierno Nacional y el Instituto de Crédito Territorial, uno de esos barrios lleva el nombre de Vicente Martínez Martelo. Y recuerdo su inmensa sonrisa cuando celebraba el hecho de que en uno de esos suburbios habían construido una tumba para enterrarlo allí cuando la parca lo llamara a rendir cuentas, como testimonio del hondo cariño de aquella gente irredenta por su líder cívico.

Y de este untarse de pueblo, sin alardes ni esperanza política alguna, apenas por un vibrar del espíritu junto a los desventurados, Don Vizo se desenvolvía con elegancia en los salones sociales, en las mansiones del ringorrango o en el palacio de los presidentes de Colombia, casi siempre con su señora, Laurina Emiliani, quien resplandecía por los dones del corazón y una cálida simpatía que hicieron de ella una referencia excepcional de la espiritualidad y discreta gracia femenina de mi terruño.

Es así como, en varias oportunidades, fue Vicentico presidente del Club Popa, el bello y animado centro social que funcionó por largos años muy cerca de la ermita de La Candelaria, y más tarde del Club Cartagena, cuando tuvo la oportunidad de presidir en 1941 las celebraciones de los primeros cincuenta años de la institución, enaltecidas con la honrosa asistencia del entonces presidente de la república, doctor Eduardo Santos, y su señora, Lorencita Villegas de Santos. Fue aquella conmemoración un bello acontecimiento social, en el que la tradicional ciudad exhibió sin menguados alardes su señorío, y donde se oyeron palabras de singular elocuencia, como las del ilustre mandatario y Gregorio Espinosa, escritor de garbo castizo y orador de sutiles formas expresivas.

Entre 1949 y 1969, las mejores cualidades de su espíritu estuvieron consagradas a la empresa de preservar los concursos nacionales de belleza, que por aquellas calendas tenían el inequívoco propósito de que dentro del luminoso marco de La Heroica, cada dos años, luego cada año, las mujeres de todas las regiones de Colombia se congregasen allí para competir en elegancia, en belleza, sin cirugías ni remiendos, en gracias vernáculas, en dones del señorío nativo, y como oportunidad excepcional para que armonizaran todas las comarcas bajo el embrujo femenino. Y a fe que la fina y experimentada sensibilidad de Don Vizo contribuyó a que este certamen tuviese alma, alma de discreta elegancia, de emulaciones sin estridencias, sin fatiga por los largos días a que someterían años después a las reinas, por la temeridad comercial, que cuando se la extrema enerva hasta las más bellas empresas.

Martínez Martelo, Don Vizo, como en cierta oportunidad lo señaló su hijo Simón, pensaba en grande y con visión del futuro para servirle a Cartagena, consciente, sin duda, he de agregarle yo, de que la bella ciudad era blasón de toda Colombia.

Al cumplirse cien años del nacimiento de este ilustre coterráneo, la ciudad ha vuelto a su noble recuerdo con inmarchitable simpatía y el fervor de un pueblo que no olvida todo cuanto hizo por su bienestar y dignidad social.

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