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TRAS EL RASTRO DE LOS TERRORISTAS

TRAS EL RASTRO DE LOS TERRORISTAS

Eran los terroristas perfectos: no parecían terroristas.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
15 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

Eran los terroristas perfectos: no parecían terroristas.

Ninguno rompió jamás ni una sola regla. Alojados en vecindarios sin notoriedad, educados y discretos, ejecutaron durante más de un año un plan perfecto.

Tan bien diseñado estaba su trama, que tres meses después de cometerse los atentados del 11 de septiembre, no se sabe de ellos más que los datos que dejaron en aeropuertos, cajeros de bancos, correos electrónicos y cámaras de vigilancia. Con esa poca información, los investigadores han reconstruido su itinerario.

En Hamburgo (Alemania) comenzó a urdirse el plan. Mohammed Atta -a quien Osama Ben Laden identificó en un video divulgado el jueves por el Pentágono como el cabecilla del grupo terrorista-, Marwan al-Shehhi y Ziad Jarrah viajaron hasta el frío puerto del norte de Europa. Una organización, al parecer una filial de Al Qaeda, los esperaba con una propuesta. Los tres salieron de allí con la certeza de que recibirían dinero mensualmente para financiar la preparación de los ataques.

Pero había que entrar a E.U. primero. Y luego, tener mucha, mucha paciencia. Atta y Shehhi solicitaron sus visas en enero del 2000 y las recibieron sin inconvenientes. Seis meses después, en junio, la pidió Jarrah.

Cómo, aún no se sabe, pero los tres hombres contactaron a otros tres árabes que vivían el extremo oeste de E.U. y que parecían no tener vínculos con ellos: Hani Hanjour, un piloto que vivía en California desde 1996, y Nawaq Alhazmi y Khalid al-Midhar, residentes en San Diego desde 1999, y quienes desde ese momento se encargarían de la logística.

A mediados del año pasado, ya estaban contactados seis de los 19 secuestradores. El dinero comenzó a llegar religiosamente por la misma fecha a las cuentas de las tres cabezas de la operación.

Atta, por la cantidad de dinero que recibió, parecía ser el cerebro de la organización. Más de 100 mil dólares fueron girados a su cuenta. Los investigadores calculan en 500 mil dólares el costo total de la operación. Cómo se recibió el dinero restante? Aún no se sabe.

Lo cierto es que el grupo se reforzó al año siguiente. Separados, como por azar, doce hombres encargados del trabajo sucio comenzaron a llegar desde Arabia Saudí a E.U. en los primeros meses de este año. 15 de los 19 secuestradores eran de nacionalidad saudí, un país amistoso con E.U. Y eso les permitió pasar desapercibidos.

Se afiliaron a gimnasios y hablaron con los vecinos de temas deportivos y se comunicaron a diario por Internet. Sin embargo, entre más de 10 mil mensajes enviados entre todos, el FBI no logró encontrar ninguna pista que los vinculara a los atentados. Obviaron el tema o borraron todo rastro.

En mayo, el plan comenzó a ejecutarse en el aire. Los cabecillas tomaron cursos de aviación, interesados solo en aprender a planear, sin poner atención al despegue ni al aterrizaje. Luego, sin falla, volaron a Las Vegas, fue allí donde se ultimaron los detalles de la operación del 11 de septiembre. Los viajes a la ciudad más importante del estado de Nevada empezaron en junio y concluyeron en agosto. Todos sirvieron para conocer minuto a minuto la operación de los aviones y cómo reaccionaban las autoridades frente a ellos.

La ejecución.

Dos de los tres pilares del manual de Al Qaeda estaban listos: la investigación y la planeación. Faltaba la ejecución.

Un mes después, dos de los secuestradores viajaron hasta Baltimore. Otros hombres, encargados del trabajo rudo, los esperarían en la ciudad vecina de Laurel, Maryland. Desde allí, la mañana del 11 de septiembre partirían rumbo al Aeropuerto Internacional de Dulles y tomarían el vuelo 77 de American Airlines.

Atta voló desde Las Vegas hasta Fort Lauderdale, Florida, adonde se reuniría con los que lo acompañarían en el vuelo. Luego, se movió con todos a Boston. El grupo de New Jersey se mudó a un apartamento en Paterson, una ciudad pequeña en el mismo estado.

Un día antes de los atentados, Atta y su ayudante, Alomari, viajaron desde Boston hasta Portland, en el estado de Maryland para desviar la atención. Por los registros en el aeropuerto, el plan casi se echa a perder: Atta llegó faltando pocos minutos para que se cerrara el vuelo.

Los demás llegaron puntuales. Ya dentro de los aviones, conocían cada paso: sabían que los aviones alcanzan la velocidad de crucero solo 40 minutos después de despegar. Sabían la ubicación de cada silla y los movimientos que harían.

Algunos, sabían poco de volar un avión. Igual, lo hicieron. Hanjour tomó el control del vuelo 77 de American que cayó sobre el Pentágono. Pero, según sus profesores, era un pésimo estudiante. Y lo demostró. Algunos de los hombres de la logística y aquellos del trabajo sucio empuñaron navajas y atemorizaron a los pasajeros.

La escena se repitió en los cuatro aviones secuestrados. Los secuestradores llevaron a los pasajeros a la parte de atrás del avión y forzaron a los pilotos a explicarles que era un secuestro típico, en el que ninguno saldría herido siempre y cuando atendieran sus demandas.

Parece que el 70 por ciento de los secuestradores creyó lo mismo. El manual de Al Qaeda instruye que los miembros de la operación no deben saber todo sino hasta poco antes de llevarla a cabo para evitar que se divulguen sus instrucciones .

Los cabecillas, los organizadores y los del trabajo sucio sabían cuál era su papel. Los 19 secuestradores lo ejecutaron sin chistar, en el momento correcto.

En el vuelo 11 de American Airlines, Atta, quien estaba sentado en la silla 8D en clase ejecutiva, usó su celular cuando los anuncios decían que debían apagarse todos los aparatos eléctricos. La llamada fue a un avión cercano, en el mismo aeropuerto, a una nave que se encontraba en la línea de partida para despegar. Marwan al- Shehhi, sentado en la silla 6C del vuelo 175 de United Airlines, la recibió. En ese instante, quedó consumado el plan.

FOTO.

1- Mohammed Atta.

2- Marwan al-Shehhi.

3- Ziad Jarrah.

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