RICHARD DIEBENKORN EN EL WHITNEY MUSEUM DE N.Y.

RICHARD DIEBENKORN EN EL WHITNEY MUSEUM DE N.Y.

Richard Diebenkorn empezó, como artista abstracto, pintando en Sausalito. Sus primeras obras de los años cuarenta hacen parte del capítulo que marcó la plástica en la posguerra norteamericana. Inscrito en el expresionismo abstracto, toma elementos de las obras de Mark Rothko y Willem de Kooning para imprimir en sus telas el vigor de la luz que observa en su vida cotidiana. Estos primeros cuadros al óleo son el impulso con que Diebenkorn decide que ante todo, y para él, la pintura debe ser un problema cromático.

30 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Unos años después, cuando deja Sausalito y se va para Albuquerque, suma a lo anterior un concepto narrativo. Sigue siendo abstracto pero decide mostrar el paisaje. Sus obras de este período se pueden resumir como visiones aéreas del desierto que sobrevuela cada vez que parte a San Francisco para una de sus exposiciones.

Ya por los años cincuenta, convertido en una celebridad, resuelve que no le interesa mas la pintura abstracta y se dedica a los paisajes urbanos, a las naturalezas muertas y a la figura humana. Toma de Edward Hopper la arquitectura de la soledad y de Matisse la superposición de gamas de color para separar en sus paisajes el interior del exterior. En sus naturalezas muertas pinta objetos cotidianos y los coloca sobre fondos monocromos, realzando el objeto hasta convertirlo en una pieza imprescindible. Como Morandi en sus bodegones.

Al final de los sesenta Diebenkorn es invitado a la Unión Soviética. Su obsesión por Matisse se acentúa cuando ve sus obras en las colecciones del Museo Pushkin y del Hermitage. Al volver a su país pinta tres telas, colgadas en esta exposición juntas por primera vez, que son la versión californiana del Matisse de Marruecos. El viaje marca otra ruptura en su trabajo. El artista se lanza de nuevo en la abstracción. En éste, su período mas conocido, se convierte en un abstracto geométrico. Inicialmente retoma el concepto de arquitectura que utilizó como habitáculo en sus cuadros con mujeres solitarias y luego deja de lado la perspectiva y se dedica de lleno al color. Son los colores de Venice y Santa Mónica.

Como dice en el catálogo de la exposición David Ross, director del Whitney Museum : Diebenkorn emerge al final del siglo veinte como un artista que restaura para el modernismo el sentido de lo sublime que parece fundirse en cada una de las décadas que siguen a la Segunda Guerra Mundial.

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