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LOS BIENES DE LA PAZ

LOS BIENES DE LA PAZ

Que una palabra de tan solo tres letras no pueda arraigarse en el país es una triste congoja que llena de pesadumbre.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
30 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

No es posible que nos acostumbremos a seguir indiferentes ante una epidemiología que ha enfermado a la nación entera. Urge pues en ponernos de acuerdo, todos a uno, en lograr que reine entre nosotros la tranquilidad ciudadana en todos los rincones de Colombia.

Recordemos el soneto de Miguel Antonio Caro a la patria: Patria, te adoro en mi silencio mudo,/ y temo profanar tu nombre santo,/ por ti he gozado y padecido tanto/ como lengua mortal decir no pudo./ No te pido el amparo de tu escudo/ sino la dulce sombra de tu manto,/ quiero en tu seno derramar mi llanto,/ vivir, morir en ti, pobre y desnudo./ Ni poder ni esplendor ni lozanía,/ son razones de amar,/ otro es el lazo que nadie nunca desatar podría,/ amo yo por instinto tu regazo,/ madre eres tú de la familia mía!/ Patria de tus entrañas soy pedazo! .

Los principios tutelares del país son sagrados y responden a nuestra tradición democrática. De ahí que resulte absurdo e insólito que, de la noche a la mañana, hubiésemos empezado a tirar por la borda tan sólidas raíces heredadas de los fundadores de la nacionalidad. Estamos en una época en que prima la tecnología moderna de las ciencias al nuevo milenio y por eso los gobiernos de todas las comunidades del mundo abogan por la paz como pilar fundamental del desarrollo y la justicia social.

En el año 2000, las diez ciudades más grandes del planeta están convencidas de la necesidad de cambiar sus patrones de conducta aumentando la producción alimentaria, eliminando progresivamente el desempleo reinante y dispuestas a combatir de manera frontal las causas de la pobreza.

Si repasamos las páginas del argentino Miguel Cané, encontramos que se refiriere a Colombia como un pueblo bueno, trabajador, honesto y de gente emprendedora y recursiva. Dice que en su visita a ciudades, pueblos y veredas sólo encontraba comprensión, hospitalidad y afectos.

Volvamos, como decía el maestro Echandía, a poder pescar tranquilamente en nuestros ríos y mares y a ser lo que éramos, una nación orgullosa de su pasado y confinada en su porvenir.

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