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VIOLENCIA AQUÍ Y CRISIS EN ASIA

VIOLENCIA AQUÍ Y CRISIS EN ASIA

La circunstancia de que la economía colombiana haya entrado en una fase de firme y esperanzadora recuperación, tras la traumática e innecesariamente recesiva, no debiera inducirnos a ignorar ni a desconocer el sacudimiento de la asiática, fenómeno considerado por The Economist mundialmente el más importante del año.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
30 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Superior por su magnitud y resonancia al inquietante de la oveja clonada, al conflicto del Medio Oriente, al viraje político en Gran Bretaña y Francia, al eclipse neoliberal o al trágico fin de la princesa Diana. No en nuestro solar patrio al mal nacional de la violencia, agravado y complicado en la segunda mitad de 1997.

Los hitos de Mapiripán y Dabeiba, de Las Delicias y Patascoy, así como el secuestro estratégico de un obispo nortesantandereano y de muchos alcaldes antioqueños, marcan con letras de fuego la trayectoria atormentada del país, sin perjuicio de la cual sus capas directivas se enredan en agrias reyertas. Una nueva, matizada e inédita versión de los queridos odios da trazas de apoderarse anárquicamente de los ánimos y de envenenar la lucha política mientras la proximidad del abismo clama en vano por serenarlos e inspirarlos en la comunidad de problemas e inquietudes.

El cáncer atroz de la violencia colombiana debiera ser nuestra primera prioridad. O disciplinadamente y por los cauces del Estado de Derecho se le cura o acabará devorándose la vitalidad de la nación. Por su propia dinámica, tratará de jugar con las discrepancias y aun con las ambiciones de miembros de la sociedad civil. De robustecer su fuerza expansiva y de ensanchar su radio de influencia. De expresarse en movimientos subversivos de acción y en otros tambien subversivos de reacción. En 1997 hemos asistido a sus incursiones antagónicas y a su choque brutal.

Lo más preocupante es que, después de cada episodio criminal, sobrevienen otros del mismo género y del mismo estilo. El de Patascoy, réplica exacta del de Las Delicias. El de Dabeiba, semejante al de Mapiripán. Cuál el obstáculo para prevenirlos o para detenerlos? Convendría establecerlo, sin vanidad ni pena, para conjurar futuras desgracias, vergenzas y sorpresas.

Escarmentadoras experiencias nos van persuadiendo de que en medio del fuego no es posible realizar el sueño de la paz. Especialmente si perspectivas y propuestas impacientes de negociación incitan a intensificar y no a desalentar las hostilidades, en parte por la presunción de aprovechable debilidad del Estado y en parte con miras a la toma de posiciones. No parece temerario suponer que la violencia de doble signo pretenderá valerse de las contradicciones propias del debate electoral.

Contra esta celada será indispensable precaverse. No haya de escarnecer y desacreditar la astucia con proposiciones de buena voluntad.

Epicentro de perturbación Complemento ineludible del empeño de eliminar la violencia en Colombia es la provisión de empleo. Nada le ha aportado a ella tanto como la disminución de oportunidades de trabajo, primero en el campo y luego en la ciudad. En relación con esta materia se hallan útiles advertencias en los colapsos encadenados de las economías del sudeste asiático.

El hecho de haber ocurrido en países en desarrollo extraordinariamente prósperos pero con la condición de consumidores netos, bajo la dependencia del flujo sin intermitencias de recursos externos, indica el riesgo de fiarse indefinidamente de la benevolencia o del capricho de los prestamistas e inversionistas foráneos. De financiar en el extranjero muy elevados déficit de cuenta corriente y de verse de la noche a la mañana sin tener con qué pagar las obligaciones exigibles.

Primero cayeron Tailandia, Malasia, Indonesia y Filipinas. Hasta ahí fue crisis meramente regional. Adquirió dimensiones mundiales, sin embargo, al afectar a Corea del Sur y, por contragolpe, al Japón, que había financiado parte de sus ambiciosos desarrollos industriales. No obstante la estructura productiva y exportadora de esa nación emergente y el celo con que procuró preservar el mercado nacional, figuraba también en la nómina de consumidores netos: con reservas internacionales grandes pero insuficientes para responder por los dineros que a su suelo afluian.

Adicionalmente, muchos de sus bienes exportables (automóviles, microprocesadores, barcos) resultaron sobreproducidos en el mundo y expuestos a la baja de precios en los mercados internacionales. Y toda la zona con fastuosas inversiones inmobiliarias que, al sobrevenir las drásticas devaluaciones de las monedas, dejaron de ser rentables y las obras suntuarias debieron pararse.

No han faltado diligentes y cuantiosísimas operaciones de rescate. En sólo Corea del Sur, por valor de cincuenta y siete mil millones de dólares. Empero, del Japón segunda economía del planeta vinculada estrechamente a la región afectada en lo comercial y financiero depende en último término que la ola deflacionaria se circunscriba y no se extienda al resto del mundo. Siendo entendido que esta vez no se repetirían en Estados Unidos los crasos errores con los cuales se extremó y profundizó el crac de 1929.

El Japón ha modificado las inclinaciones recesionistas, evidenciadas desde 1990, y, al efecto, ha reducido impuestos, ha impulsado las obras públicas y facilitado fondos a su sistema bancario en dificultades. Por la forma como él y la comunidad internacional van procediendo, es de confiar que el fenómeno no se propague al mundo, aunque de una u otra manera repercuta. Exacerbando la competencia por los mercados, deprimiendo los de la zona en crisis y bajando los precios de determinados artículos con excesos de producción.

Curiosamente, la de Corea del Sur undécima economía mundial con énfasis en el pleno empleo en el interior y en el desarrollo hacia afuera se desequilibra y cae por motivos similares a los de la catástrofe de la neoliberal y consumista de México: la dependencia de los recusos externos. Experiencias para abrir los ojos de aquellos que prefieren sacrificar la producción, la seguridad alimentaria, el trabajo y el ahorro de los pueblos en aras de aleatorias y excluyentes corrientes financieras internacionales. Cómo, entonces, no preocuparse por la idoneidad y la continuidad de las fuentes de empleo? Cultura del golf The Economist emite un concepto que a cualquier golfista, bueno o malo, duele consignar. Las explicaciones sobre los errores en que incurrió el milagro asiático se resumen en una palabra de cuatro letras: golf.

Importado masivamente de Estados Unidos a través del Japón, no fue un deporte ni un símbolo de status . Llegó a ser una obsesión. Sus sedes se construyeron por dondequiera, a tutiplén. A ellas se trasladaron las deliberaciones de gobierno, el rumbo de los negocios, el trabajo como el esparcimiento. Y, a la sombra del espíritu de compañerismo, se tomaron vías muchas veces temerarias y equivocadas, dentro de lo que se denominó capitalismo de los campos de golf. Hasta se adujo que no había sido invención de Escocia en el siglo XV sino de China en el siglo X.

Entre nosotros es otra cosa. Oportunidad de tonificante ejercicio. Motivo de recreación y esparcimiento. Refugio de la nostalgia de las almas campesinas fuera de su habitat. Oasis en medio de las trepidaciones urbanas. Confinamiento civilizado y alegre de los espíritus que los enjambres metropolitanos aprisionan y que la inseguridad del mundo rural aleja. Mente sana en cuerpo sano. Y, para los viejos, ilusión de rejuvenecerse. Soñar no cuesta nada.

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