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LUCHO

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En el Chorro de Quevedo en Bogotá, Lucho Garzón, presentó su candidatura presidencial a su propio ritmo y con su propio estilo.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
10 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

En el Chorro de Quevedo en Bogotá, Lucho Garzón, presentó su candidatura presidencial a su propio ritmo y con su propio estilo.

Para empezar, resulta sano y saludable que se abra espacio para un dirigente empeñado en apostarle seriamente a construir opciones de izquierda democrática en un país donde se ejecutó un implacable e infame proceso de exterminio contra los miembros de la UP.

Y advierto, ni fui miembro de la UP, ni milité en toldas cercanas. Hasta el momento de su asesinato, acompañé siempre a mi jefe, Luis Carlos Galán, en todas sus batallas.

Pero siempre, también, entendimos en el galanismo que sin proyecto serio y sincero de izquierda democrática, con peso específico en el debate público, resultaba muy difícil contener a los dinosaurios depredadores de la política colombiana y aclimatar una paz perdurable.

Todavía está por demostrarse que las aspiraciones de la izquierda colombiana y de amplios sectores sociales que esta representa pueden ser tramitadas con vocación de poder desde el ejercicio pacífico de la política. He ahí uno de los retos de Lucho.

***.

La apuesta de Lucho es valiente y consecuente. Su presencia enaltece la campaña presidencial y su itinerario vital refrenda la coherencia de su discurso.

Imagino que con el ex magistrado Carlos Gaviria y con el ministro Angelino Garzón cuando termine la administración Pastrana , entre otros, afianzará una vocería serena y propositiva, de cara a la oxigenación democrática y a la recuperación de la equidad social como norte de su accionar.

Escéptico, distante, desafiante, como si no quisiera ser candidato, franco, lúcido, con la talega de la vida cargada de buenos frutos de su propia cosecha, con Lucho uno tiene la certeza de que, como en la canción de marras, ni se compra ni se vende.

* * *.

Para quienes, como yo, seguimos en la franja del no sabe, no responde, cuando nos preguntan por quién vamos a votar en las elecciones del año entrante, una campaña como la de Lucho representa una posibilidad de sacudir constructivamente esta peligrosa pretemporada electoral.

Junto con Ingrid y Juan Camilo, cada uno desde su orilla, está diciendo muchas verdades y buscando espacios interesantes. Los tres han asumido con coraje y dignidad las marcaciones de las encuestas en las que, sumadas sus campañas, no alcanzan más de un exiguo 5 por ciento de la intención total de voto de los colombianos, que, en la práctica, según los politólogos, los excluiría de cualquier posibilidad de llegar a la segunda vuelta.

Sobre la campaña del general Bedoya sabemos poco, aunque supongo también que tendrá mucho por decir, y aguardo con interés el lanzamiento del general Serrano, quien podría, de una, entrar jugando en ligas mayores, a juzgar por los altísimos reconocimiento y favorabilidad que mantiene en el país.

De todos los candidatos se esperan propuestas, opciones y alternativas viables. Grave error cometerían Lucho, Ingrid y Juan Camilo si se quedan en la onda marginal de los quejidos, las lamentaciones, las acusaciones y los reproches. Tienen, de verdad, lista una propuesta integral para conducir a Colombia por un mejor sendero? Cuál es? Cómo confrontar y diferenciar sus propuestas de las de Horacio Serpa, Noemí Sanín y Alvaro Uribe? Eso es, precisamente, lo que queremos escuchar de ellos.

* * *.

A todas estas, me pregunto francamente si el Estado está en capacidad de garantizar una jornada libre y limpia de elección parlamentaria en el 2002 en todo el territorio nacional.

Y lo pregunto porque en los últimos días me siento formalmente notificado por distintos medios de público conocimiento, de que en ciertas zonas del país podría estar articulándose una presencia determinante, con fines electorales, de grupos armados, mientras en otras zonas, tal articulación se viene haciendo por cuenta de la corrupción desvergonzada, que se ejerce con la plata de todos los contribuyentes.

Y me pregunto si entre quedar condenados a que una porción del poder legislativo esté integrada por congresistas elegidos como resultado de procesos de intimidación o de corrupción, por un lado, y aplazar las elecciones parlamentarias en algunas zonas del país, por el otro, con todo lo que implique para el debate constitucional y para la tradición de estabilidad electoral colombiana, qué es lo que más le conviene al país.

Si aquí no se pueden garantizar elecciones de Congreso libres y transparentes en todas las circunscripciones, no será mejor no forzar farsas electorales, curules espúreas ni exclusiones a plomo? Pregunto.

Qué opinarán los candidatos?

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