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MEDICINA CON CONTRAINDICACIONES

MEDICINA CON CONTRAINDICACIONES

Stiglitz ha desarrollado un nuevo keynesianismo , apoyado en principios microeconómicos derivados de las consecuencias de la información imperfecta sobre el comportamiento de agentes y mercados. La información imperfecta genera comportamientos distintos al mecanismo tradicional de oferta y demanda. Los individuos, limitados en su racionalidad económica, destinan recursos a diferenciar, distinguir, clasificar a sus contrapartes en el intercambio de bienes y servicios; se ven a su vez incentivados a asumir un comportamiento estratégico fundamentado en el manejo ingenioso y ventajoso de información privilegiada. El interés propio es así complementado por el oportunismo. Resultado: la calidad de bienes y servicios depende del precio y del marco contractual que rodea las transacciones, oferta y demanda se hacen indiferenciables, los mercados generan desequilibrios, hay inercia en precios y salarios, consumidores y trabajadores son racionados en su acceso a los productos, al crédito y a los

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
09 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

Stiglitz ha desarrollado un nuevo keynesianismo , apoyado en principios microeconómicos derivados de las consecuencias de la información imperfecta sobre el comportamiento de agentes y mercados. La información imperfecta genera comportamientos distintos al mecanismo tradicional de oferta y demanda. Los individuos, limitados en su racionalidad económica, destinan recursos a diferenciar, distinguir, clasificar a sus contrapartes en el intercambio de bienes y servicios; se ven a su vez incentivados a asumir un comportamiento estratégico fundamentado en el manejo ingenioso y ventajoso de información privilegiada. El interés propio es así complementado por el oportunismo. Resultado: la calidad de bienes y servicios depende del precio y del marco contractual que rodea las transacciones, oferta y demanda se hacen indiferenciables, los mercados generan desequilibrios, hay inercia en precios y salarios, consumidores y trabajadores son racionados en su acceso a los productos, al crédito y a los empleos, los inversionistas no encuentran mecanismos para protegerse de las contingencias que enfrentan sus decisiones. Al nivel agregado, esto se traduce en ciclos económicos, desempleo y producción deficitaria de bienes públicos.

Se habla así de fracasos de mercado , que justifican la intervención estatal para corregir la asignación de recursos y niveles y patrones de actividad productiva. Por ejemplo, Stiglitz ha defendido impuestos y subsidios para inducir una asignación de recursos más acorde con criterios de bienestar social y hasta algunos controles a los mercados. Ha subrayado que la acción estatal debe enfrentar la peor manifestación de los fracasos del mercado, a saber, el desempleo. Sin embargo, delimita alcance y mecanismos de la intervención del Estado. Frente al desempleo, sostiene que la mejor forma de enfrentarlo en el corto plazo no es acudir a una política monetaria expansiva (poco efectiva en períodos recesivos) ni a una reducción de salarios (que no necesariamente eleva la demanda por trabajo y que, en el peor de los casos, puede disminuirla), sino a un incremento en el gasto público.

Esta medicina tiene, sin embargo, sus contraindicaciones: hay inconvenientes para sostener el déficit fiscal en el largo plazo, derivados de su forma de financiamiento, a saber, alzas en las tasas de interés (crédito interno), creciente inflación (emisión monetaria) y una situación cambiaria insostenible (crédito externo). Se puede pensar en un nivel óptimo de déficit fiscal, que depende de las circunstancias particulares, incluyendo el momento del ciclo, las perspectivas de crecimiento, el destino del gasto público, la profundidad de los mercados financieros, las tasas de ahorro y de inversión, etc. Es concebible que este nivel óptimo de déficit fiscal sea en ocasiones negativo (superávit) o menor al requerido para disminuir el desempleo en el corto plazo, lo que haría inaplicable la propuesta de Stiglitz más allá de una breve coyuntura.

Esto ayuda a entender su posición frente al recetario del FMI para países emergentes en crisis, cuyas economías en buena medida han inspirado esta ortodoxia. Los principios del Consenso de Washington de hecho catalizan la experiencia de los países latinoamericanos en los ochenta, con políticas equivocadas, altos déficit fiscales, inversiones improductivas, elevados subsidios, sector estatal ineficiente, restricciones a importaciones y poco énfasis en exportaciones. Stiglitz sugiere además que las políticas del FMI son resultado de la experiencia latinoamericana de la década anterior, con altos déficit fiscales y políticas monetarias laxas que condujeron a altas tasas de inflación. El problema con este recetario de austeridad, subraya, no es que sea inadecuado en sí mismo, sino que en ocasiones, como en los países asiáticos en la segunda mitad de los noventa, fue aplicado en contextos completamente diferentes (superávits fiscales y altas tasas de ahorro doméstico) a los que predominaron en los países latinoamericanos en los ochenta. De otro lado, critica a quienes convierten en fines a algunos de los componentes de los programas de los organismos multilaterales tales como reducción de la inflación, privatización, liberalización financiera y apertura comercial.

Información imperfecta.

Pero la posición de Stiglitz respecto a criterios y dirección de la intervención estatal es más rica que sus críticas a los organismos multilaterales. Esta posición cabe muy bien dentro de la economía institucional: las diferencias entre países tienen que ver esencialmente con su organización económica, con la forma como los individuos interactúan en la producción y con las instituciones que median esas relaciones. Los mercados son parte importante de estas instituciones. Los países en desarrollo no sólo enfrentan imperfecciones en los mercados y carecen de algunos mercados esenciales, sino que, además, el marco institucional que tienen para superar dicho problema no es efectivo. Esto hace referencia directa a las organizaciones gubernamentales, que tampoco cuentan con información necesaria y adecuada para intervenir en la economía y mejorar los resultados que producen los mercados imperfectos.

Los principios de intervención estatal que propone el Nobel son precisos: impulsar los mercados (en especial financieros y de capitales), promover la competencia, intervenir preferiblemente mediante mecanismos de mercado y concentrar la acción estatal en unos pocos frentes. Asegurar la competencia debe ser, de acuerdo con él, el principal objetivo de la política económica, por encima del debate entre propiedad privada o estatal o entre protección y apertura de la economía. Sólo cuando hay suficiente competencia interna se justificarían argumentos de protección a la industria naciente . Para esto es indispensable que el gobierno defina con claridad las reglas que rigen la competencia y el adecuado funcionamiento de los mercados. Los complementos necesarios de dicha tarea son la regulación y la supervisión que mitiguen los efectos de las imperfecciones de información.

El uso de mercados o de mecanismos de mercado realza la eficacia de la acción estatal. La lista de ejemplos que señala es conocida: subastas y licitaciones para compra de bienes y servicios por parte del gobierno y para asignación de recursos públicos, subcontratación de actividades gubernamentales, adopción de mecanismos de transparencia y criterios de desempeño, estímulo a la participación de la comunidad en selección, diseño y ejecución de programas de gobierno. El desarrollo depende no sólo de la efectividad del Estado, sino también de la calidad de las instituciones, las cuales determinan el entorno de operación de los mercados. Como ilustración, destaca la capacidad administrativa de las entidades estatales, la existencia de incentivos para privilegiar el interés general sobre el particular, el establecimiento de restricciones a la acción arbitraria, la lucha contra la corrupción, un sistema judicial independiente, la creación de contrapesos institucionales como la separación de poderes y de comisiones de vigilancia. Con esto en mente sostiene que si bien la mano invisible del mercado probablemente no existe, la mano visible del gobierno puede llevar a peores resultados.

El mensaje de Stiglitz va más lejos de la intervención estatal y del rechazo de los mercados y consiste en un llamado a consolidar una sociedad democrática sobre las bases de unas instituciones efectivas y una sólida economía de mercado. La información imperfecta es, por esencia, antidemocrática.

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