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DETERMINACIÓN EN EL GASTO MILITAR

DETERMINACIÓN EN EL GASTO MILITAR

En el inacabado proceso de construcción de la nacionalidad colombiana no hay duda que el conflicto fronterizo con Perú (1932-1934) marcó un verdadero hito histórico. Para Colombia, defender la integridad del territorio cuyos límites habían sido fijados pacíficamente mediante el Tratado Lozano-Salomón de 1922, se constituyó en un auténtico propósito nacional, no sólo porque le asistía la razón jurídica, sino porque aún estaba fresca en la conciencia de la clase dirigente la pérdida de Panamá y perder una nueva parte de territorio, era políticamente inadmisible.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
09 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

En el inacabado proceso de construcción de la nacionalidad colombiana no hay duda que el conflicto fronterizo con Perú (1932-1934) marcó un verdadero hito histórico. Para Colombia, defender la integridad del territorio cuyos límites habían sido fijados pacíficamente mediante el Tratado Lozano-Salomón de 1922, se constituyó en un auténtico propósito nacional, no sólo porque le asistía la razón jurídica, sino porque aún estaba fresca en la conciencia de la clase dirigente la pérdida de Panamá y perder una nueva parte de territorio, era políticamente inadmisible.

Afrontar los costos de la defensa armada del territorio patrio no era tarea fácil para un país pobre como Colombia y mucho menos en una coyuntura de recesión tan aguda como la que vivía el mundo occidental a comienzos de los treinta. Esas limitaciones financieras eran aún más difíciles de encarar si se tiene en cuenta que, debido a la fuerte tradición civilista del país, las fuerzas armadas no contaban siquiera con un mínimo de equipos y material de guerra adecuados para hacer una presencia efectiva en territorios selváticos. La tesis central del estudio de Juan Camilo Restrepo y Luis Ignacio Betancur es que el país superó con creces esos obstáculos bajo el acertado mando del Presidente Olaya y de su Ministro de Hacienda, Esteban Jaramillo. La financiación de los costos de la breve guerra fue evidentemente hecha con mucho acierto y sabiduría, puesto que no sólo se obtuvieron los recursos necesarios para equipar y dotar adecuadamente a las FF.AA. en su tarea de repeler eficazmente los ataques peruanos en el Amazonas, sino que los gastos extraordinarios que ello implicaba, lejos de desestabilizar la economía o de generar una ola inflacionista, produjeron superávit fiscal y recuperación significativa de la confianza de los prestamistas internacionales.

En su memoria como Ministro, Esteban Jaramillo sintetizó lo que a su juicio eran los haberes más importantes que le quedaban a Colombia, fruto de los gastos extraordinarios que se habían tenido que hacer para enfrentar la amenaza de una guerra de mayor escala: ...una preparación militar absolutamente necesaria para el país, mediante la adquisición de valiosos elementos y equipos de toda clase, cuya falta se hacía sentir en forma tan premiosa, que para apreciarla basta pensar en que con la décima parte nada más que hubiéramos tenido en sólo aviación, el 1de septiembre de 1932, el conflicto no se habría suscitado, y si hubiera ocurrido, habría quedado resuelto en breves días; la influencia decisiva que esa preparación ha tenido en la solución pacífica y decorosa del conflicto, con lo que se han evitado todos los desastres económicos, físicos y morales de una guerra, aun para los vencedores; la construcción de importantes obras públicas, y la adquisición de medios de comunicación y de transporte, que corresponden a necesidades ineludibles del progreso nacional, cosas estas que seguramente no hubieran podido obtenerse en épocas de completa paz, sin que mediara el acicate de un posible conflicto armado; la toma de posesión efectiva de territorios nacionales antes desconocidos e inexplotados, que en lo futuro podrán representar un nuevo aporte a la riqueza nacional, y por sobre todos estos beneficios... el despertar de nuestro pueblo y la plena conciencia que ha adquirido... como democracia capaz de orientarse libre, ordenada y pacíficamente hacia la realización de mejores destinos, tan celosa de sus fueros como respetuosa de los ajenos, tan resuelta y decidida para su defensa, como generosa y magnánima para toda obra de pacificación.

La pregunta que surge después de leer a don Esteban, y de analizar varios de los problemas que aquejan a nuestra nación, es si aprendimos algunas lecciones del conflicto y si los gobiernos que sucedieron al de Olaya tuvieron en cuenta las reflexiones que para la posteridad dejó el ilustre hacendista paisa. En la actualidad Colombia no afronta propiamente amenazas contra su integridad territorial provenientes de Estados vecinos; sin embargo, no es casual que otras organizaciones le disputen su hegemonía justo en la misma región cuya posesión efectiva Esteban Jaramillo creía haber recuperado para el país gracias al desarrollo de la política de defensa y seguridad que ayudó con éxito a financiar. Pero aún cuando los retos que hoy enfrenta el país no se refieren exclusivamente al dominio territorial de algunas zonas específicas, no hay duda que ellos gravitan también sobre la vigencia de libertades y derechos fundamentales de sus ciudadanos, sus recursos naturales y sobre sus más importantes instituciones.

La salvaguardia integral de todos esos bienes y valores debe, por tanto, ser un auténtico propósito nacional que movilice en torno suyo a la sociedad entera, que se convierta, por consiguiente, en el objetivo supremo de la política de defensa y seguridad nacional. Como es obvio, esa tarea de definición no les corresponde únicamente a las FF.AA. como todavía creen algunos, sino a un ejercicio conjunto de la Nación en pleno, bajo el liderazgo del Gobierno.

No obstante que se ha avanzado recientemente en la discusión de todos estos temas, así sea bajo la presión de los hechos, hay todavía uno que merece más atención por ser esencial a todos ellos: la determinación del gasto militar. Contra lo que pregonan quienes, o no están bien enterados o interesadamente desinforman a la opinión, a pesar de que hemos tenido que enfrentar muchas y más graves amenazas que nuestros vecinos, el gasto militar -que no incluye, obviamente, el gasto en Policía- ha estado históricamente entre los más bajos de América Latina. Pero más aún, realizando un análisis comparativo a nivel internacional con países de similares características a Colombia, en cuanto tamaño de la economía, ritmo de crecimiento económico, nivel de vida y presencia de conflicto armado, se ha encontrado que en todos los indicadores aceptados internacionalmente para realizar este tipo de comparaciones, nuestro país está por debajo del promedio. Y, para colmo del contraste, hay naciones de grado similar de desarrollo a Colombia que, a pesar de no enfrentar conflictos armados internos, tienen, sin embargo, indicadores superiores de gasto militar al nuestro.

A nadie escapa las dificultades que atraviesa nuestra economía y la imperiosa necesidad de sanear las finanzas públicas. Pero tal vez vaya siendo hora de que los colombianos debatamos cuál es el nivel de gasto militar que se requiere para enfrentar con mayores probabilidades de éxito nuestro conflicto armado y cómo este esfuerzo se articula en forma sinérgica a las negociaciones de paz. Esto quiere decir que es hora de que empecemos a ver el gasto militar y en seguridad de manera mucho más amplia que solo como una variable, entre otras muchas, de la política fiscal. Más que una variable macroeconómica del exclusivo manejo de la tecnocracia económica, en situaciones de crisis como la que vive el país la determinación del nivel del gasto en seguridad es un factor crítico de orden político, que debe decidirse democráticamente para comprometer a todos los ciudadanos en los esfuerzos y en los sacrificios que demanden nuestra supervivencia como nación. Por esta razón, la estimación de la relación costo-beneficio del gasto militar debe darse en función de las oportunidades de desarrollo y bienestar que el país está perdiendo por haberle dado históricamente a la violencia un tratamiento más o menos rutinario en términos de presupuesto para las Fuerzas Militares, lo que ha contribuido a que la violencia se haya enquistado durante mucho tiempo como un mal crónico y, recientemente, como un problema endémico con un crecimiento en espiral. Estudios como el de Restrepo y Betancur, en buena hora reeditado por Villegas Editores, se inscribe en ese propósito. Sus planteamientos y reflexiones contribuyen sin duda a lo que quería Esteban Jaramillo con las suyas.

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