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GRANDES PROBLEMAS Y PEQUEÑAS FIGURAS PÚBLICAS

GRANDES PROBLEMAS Y PEQUEÑAS FIGURAS PÚBLICAS

Con este anglicismo, líder, se califica la figura de un conductor (leader, de lead, dirigir, conducir, en inglés).

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
09 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

Con este anglicismo, líder, se califica la figura de un conductor (leader, de lead, dirigir, conducir, en inglés).

Muchos piensan que el líder es aquel que manda, cuando es el que conduce, dirige, encamina. Sucede, sí, que quien orienta con acierto acaba por ser acatado, a tiempo que, quien manda sin convencer va perdiendo ascendiente. En Colombia no falta quienes tienen poder, desde Tirofijo hasta los más encumbrados jerarcas del Estado, pero no son líderes, porque carecen de autoridad sobre aquellas gentes que no dependen de su mando.

La ausencia que se advierte en Colombia es la de un conductor que cautive, gracias a la claridad de su dirección, a quienes se sienten confundidos, extraviados, a oscuras, en un entorno social y, a veces económico, cuya comprensión no es fácil para nadie en circunstancias como las actuales. Si hubiera el ciudadano que contara con una visión diáfana de cuanto nos rodea y nos señalara el camino para regresar a la estabilidad, seguramente alcanzaría la condición de líder y no estaríamos extrañando su ausencia.

Se ha dicho que el mundo cambió con los sucesos del 11 de septiembre, en Nueva York, cuando el terrorismo demostró su capacidad de hacer daño, por un conducto insospechado, a la primera potencia militar del mundo. No solamente se derribaron dos torres monumentales en el extremo de Manhattan, sino que se derrumbaron e hicieron crisis las concepciones del mundo que se venían abriendo paso desde hacía algunos años, cuando la crisis de la guerra fría dejó expedito el camino a los Estados Unidos de Norteamérica para que su hegemonía económica, política y militar no tuviera competencia apreciable en los cinco continentes. En nuestra patria, el desajuste entre las instituciones y quienes querían sustituirla por la fuerza venía de muchos años atrás, cuando en forma inexplicable, en un país en donde no se había conocido el magnicidio, a diferencia de otros, en donde el jefe de Estado llegó a ser víctima del sectarismo asesino, el concepto de que se podía apelar al terrorismo como un recurso para deshacerse de los contrarios, por medio de la intimidación, se adueñó de la mentalidad política. Para qué una guerra civil con miles de muertos y una duración interminable, cuando el efecto de eliminar personajes simbólicos de determinadas corrientes de pensamiento se convertía en un multiplicador invencible?.

A comienzos del siglo XX se había publicado un estudio sobre la violencia, Las reflexiones sobre la violencia, de Sorel, y se había puesto sobre el tapete la posibilidad de dar al traste con el orden establecido por medio de una huelga general de los trabajadores en contra del establecimiento, pero su lectura quedó reducida a una élite. Más que aquella disquisición filosófica, otros vientos europeos habían traído, sin éxito, a nuestra comarca latinoamericana, las teorías de los anarquistas españoles, de estirpe catalana, y las prácticas terroristas de los homicidas rusos antizaristas.

Solamente cuando se revelaron las experiencias fascistas y nazis, como respuesta a la dictadura del comunismo soviético, con sus llamadas purgas , fue cuando cobró vigencia en la estrategia política colombiana, un engendro tan extraño a nuestras tradiciones como fue el de recurrir al homicidio y, posteriormente, al secuestro para escalar políticamente. Víctimas del terrorismo de este género han muerto en Colombia más compatriotas nuestros que los que perecieron el 11 de septiembre, para asombro del mundo entero, en Nueva York y en Washington.

Las balas asesinas de la anterior violencia dejaron de dirigirse contra el enemigo anónimo para seleccionar a quienes era necesario eliminar para ejemplarizarlos ante sus seguidores. Eran los candidatos presidenciales, ministros o magistrados, en una inexplicable complicidad entre la delincuencia común de los narcotraficantes y la delincuencia política, cubierta con el manto de principios ideológicos que antaño ennoblecieron o redimieron el carácter de crimen, a secas, por el de crimen político. Basta recordar el supuesto juicio popular contra José Raquel Mercado, o el asalto del Palacio de Justicia, en noviembre de 1985, y, más tarde, las víctimas de la campaña presidencial de 1990, con la muerte de Luis Carlos Galán, para medir en toda su dimensión trágica la evolución de los métodos de lucha políticos.

En este sentido, se marchitó el campo propicio al liderazgo y el país se quedó sin constructores, sin quién propusiera una salida del túnel o alumbrara un rayo de luz. El escenario se prestaba para que surgiera un gran líder, pero los acontecimientos fueron agravándose en forma tan desproporcionada que les quedaba grande para el tamaño de quienes los sucedieron. Viene a propósito la paradoja que menciona Churchill, en su biografía de John Morley, cuando dice que la era victoriana había sido una época de grandes hombres y pequeños acontecimientos . La inversa podría ser cierta en nuestro caso: En este último cuarto de siglo, vivimos una era de grandes problemas y pequeñas figuras públicas .

Tan indescifrable ha sido el entorno que nos hemos visto obligados a recurrir a interpretaciones propias de otras latitudes, fruto de plumas foráneas, desechos de la Academia en otros lugares. Recurrir a la versión estereotipada de que, por la mala distribución de la tierra en los campos, surgió la violencia en las ciudades, para cuyo efecto se invoca la concentración del campo en unas pocas manos. El uno por ciento de la población, dueña del 50 por ciento de la tierra, que se cita a últimas fechas, obedece a hacer un promedio entre la tierra aprovechable entre los tres ramales de la Cordillera de los Andes y las inmensas extensiones, con títulos notariales muy antiguos, que van desde las estribaciones de la Cordillera Oriental hasta los límites con Venezuela, Brasil y Perú, tierras con una mínima capa vegetal, cuyos ríos cambian de cauce con relativa frecuencia, impropias para la agricultura y, en consecuencia, deshabitadas y dedicadas a la ganadería extensiva, en proporciones, por cabeza de ganado, incomparables con la relación tradicional entre el número de cabezas de ganado y el hectareaje.

Si la distribución de la tierra se trae a cuento, no resisto a la tentación de volver a citar las cifras que traía el primer ministro Palme, jefe del gobierno sueco, al ser interrogado sobre las razones de la mala distribución del ingreso: Tenemos el poder para hacerlo y nos bastarían unas pocas firmas para hacer el tránsito al socialismo. Si no lo hacemos es porque Suecia no está suficientemente madura . Y pensar que Palme fue la figura cimera de la Socialdemocracia!.

Otra cita, que tampoco se refiere a Colombia, sino al Reino Unido, resultado de las investigaciones de Titmus (1962), Meacher (1972) y Atkinson (1972), dice: De las investigaciones realizadas en años recientes se deduce que solo el 5 por ciento de la población es dueña de la mitad de la propiedad territorial .

Si esto sucede después de medio siglo, durante el cual los laboristas han estado alternando en el gobierno con los conservadores, qué pensar de la magnitud del reto que significa para Colombia sugerir remedios para la misma dolencia, en donde jamás el socialismo ha alcanzado posiciones de gobierno y apenas, hasta ahora, ha apelado nuestro Partido Liberal al calificativo de Socialista?.

Con todo, algo más reciente, el artículo de Peter Drucker, en The Economist, de hace apenas dos semanas, que pone de presente de qué manera la agricultura ha ido perdiendo importancia como generadora del PIB, recuerda que en los países industrializados representaba, hacia 1913, cinco o seis veces lo que representa en la actualidad, o sea, que la agricultura se ve reducida a una quinta o sexta parte de lo que ha sido tradicionalmente. Más aún, para esa misma época, representaba un 70 por ciento del comercio internacional, cuando hoy en día es una cifra que se aproxima al 17 por ciento o menos, en virtud del autoabastecimiento, fruto de la tecnología y las sucesivas revoluciones verdes.

Solo en Colombia se ha producido a la inversa. Se importan entre 5 y 7 millones de toneladas de alimentos y de materia prima, que, posiblemente, se podrían producir en el país, apelando a los mismos métodos de explotación rural, como pudo comprobarse con el DRI, en sus orígenes, cuando distribuyó entre familias pobres, en cinco años, 70 mil hectáreas, una cantidad de tierra igual a la que el Incora repartió en treinta años.

De estirpe semejante es la versión acerca de que el gobierno de Colombia es monopolio de una sola clase de pocas familias pertenecientes a una oligarquía centralista y voraz. El fenómeno contrario, con contadas excepciones, se ha registrado, ya que gentes de la provincia o de estratos distintos han alcanzando posiciones destacadas, merced a la indiscutible movilidad social de nuestro medio.

Más de una vez me ha tocado oír la versión según la cual el espectáculo del súbito ascenso de unos pocos en una sociedad tan fluida es lo que ha dado lugar a las denuncias sobre corrupción, cierta o imaginaria, de toda nuestra sociedad. Cuando vivíamos en un mundo estratificado y rígido y la movilidad social era reducida, el juicio acerca de los recién llegados era menos desfavorable. En nuestros días, el prejuicio contra los valores en ascenso hace del político algo semejante al judío próspero, en los regímenes racistas: un sujeto que se ha impuesto por sobre el resto de sus conciudadanos en forma inexplicable y, tal vez, ilícita.

No son pocos quienes vieron su aspiración al liderazgo tronchada por los cuestionamientos contra su rectitud. Algunas veces con fundamento, pero, en otros casos, por lo intolerable de la movilidad de clases a los ojos de quienes se ven suplantados por nuevas figuras.

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