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MUEREN LAS EMPRESAS

MUEREN LAS EMPRESAS

Una de las caras no muy difundidas de la crisis económica que atraviesa el país es la liquidación de muchas empresas grandes, medianas y pequeñas. La muerte de una empresa es una tragedia para cualquier sociedad, un duro golpe a la iniciativa privada y una pérdida de capital no solo financiero sino también social. El fenómeno continúa: en esta semana, las páginas editoriales de La República lamentaron el cierre de Tejidos Unica, de Manizales, y el Observatorio Económico de Bogotá, de la Cámara de Comercio, revela que, a pesar de un ligero descenso, el número de sociedades liquidadas entre enero y agosto en la capital fue de 1.572.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
08 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

Una de las caras no muy difundidas de la crisis económica que atraviesa el país es la liquidación de muchas empresas grandes, medianas y pequeñas. La muerte de una empresa es una tragedia para cualquier sociedad, un duro golpe a la iniciativa privada y una pérdida de capital no solo financiero sino también social. El fenómeno continúa: en esta semana, las páginas editoriales de La República lamentaron el cierre de Tejidos Unica, de Manizales, y el Observatorio Económico de Bogotá, de la Cámara de Comercio, revela que, a pesar de un ligero descenso, el número de sociedades liquidadas entre enero y agosto en la capital fue de 1.572.

Hacer empresa en Colombia es tarea de titanes. Los costos de nómina son altos y los trámites no son todavía tan expeditos como sería lo deseado. La competencia es brava y a esta, en muchos sectores, se suma el contrabando, la guerra de precios y difíciles condiciones para el crédito y la financiación. La herencia anticapitalista de nuestra matriz institucional hispano-católica, como afirma Salomón Kalmanovitz, no premia al empresario por asumir y superar los riesgos del mercado, sino que lo castiga por su ambición y egoísmo . Como si generar riqueza en una sociedad pobre fuera más un pecado que un aporte sustantivo al desarrollo económico.

Este no es un problema exclusivo de los grandes empresarios. Al contrario, las compañías más ricas cuentan con mayores recursos humanos, financieros y tecnológicos para sobrevivir el embate fuerte de la situación económica. Ni hablar del recurso de la influencia política que por años ha permitido a ciertas empresas protegerse desde las leyes. Es triste constatar que muchos colombianos han arriesgado sus ahorros y saberes en negocios pequeños y medianos que son incapaces de sobrevivir el entorno empresarial de competencia, en muchos casos desleal.

Conozco hombres y mujeres que invierten en sueños y así generan cuatro, diez, cincuenta empleos; producen know how; pagan sus impuestos y contribuyen a la seguridad social. Esos hombros de las pequeñas y medianas empresas sostienen esfuerzos de creatividad y empuje aunque cada vez más la carga sea insoportable. Es inaceptable que un colectivo social deje acabar la muestra popular de apuesta a la iniciativa privada. Aunque la realidad del capitalismo sea el fin de muchos negocios, los entornos macroeconómicos, que estimulan o desincentivan las empresas, son resultado de decisiones de gobierno.

En tiempos de vacas flacas, los clamores de la sociedad se orientan al Estado y las esperanzas se ponen en su gestión. No obstante, el despegar económico que necesitamos parte de los esfuerzos privados sostenibles y en la combinación de un Estado generador de incentivos y encargado de redistribuir riqueza con un sector privado con reglas claras y equitativas. Con la muerte de una empresa, muere también un poco la confianza colectiva en la iniciativa del individuo.

framir@eltiempo.com.co

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