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EXTRAÑOS EN LA NOCHE

EXTRAÑOS EN LA NOCHE

Algo que admiraba en las columnas de Carlos J. María era la forma tan fresca como muchas veces empezaba a tratar de algún tema. Si era preciso daba vueltas antes de entrar de lleno en el asunto. Podía de pronto tratar del porqué García Márquez decía que Fermina Daza tenía unos párpados portugueses para terminar hablando de la tristeza esencial en los orientales que era de lo que realmente quería hablar. Todo esto lo confirmó en su libro Feedback de pronta aparición en nuestras librerías y que estoy leyendo con admiración y deleite.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
13 de septiembre 1997 , 12:00 a. m.

Pero no es de eso de lo que quiero hablar, ni siquiera de la tristeza al saber la muerte de Vicente Mancini. No he podido menos de recordar que el descubrimiento de William Faulkner y del cine de la nueva ola francesa se lo debo a Vicente. Qué entusiasmados salimos del Doña Maruja donde vimos el estreno de Al final del aliento, una película de Godard interpretada por Belmondo y la malograda Jean Seberg. Ahora Vicente no estará más entre nosotros pero sé que en el paraíso debe estar viendo todas las películas que tanto amaba.

Pero adonde quería llegar era al lugar donde estaba el cine que he mencionado y a todo su entorno. Estaba parado esperando un taxi, distraído, algo al parecer muy habitual, cuando alguien me dice Atención, que la zona es peligrosa . Sólo entonces tuve conciencia que no estaba en ese lugar que tanto recorrí durante mi lejana infancia y adolescencia --con praditos, quintas y un Chop Suey que parecía salido de un cuadro de Gaugin-- sino en ese lugar lleno de restaurantes, tabernas, casinos, lo que se llama el progreso. Algo inevitable en el desarrollo de las ciudades como me lo explicó un urbanista.

En esa superposición de recuerdos y el presente, ganaba el pasado. Estaban los serenateros, pero no sé si todavía se saben los boleros de Rafael Roncallo, un gran compositor injustamente olvidado y del que inútilmente he buscado un disco en nuestros almacenes de música. Precisamente, en ese momento, de uno de los almacenes salió la voz de Daniel Santos que decía: Preso estoy y estoy cumpliendo mi condena, una condena que me da la sociedad. Me acongojo, me avergenzo y me da pena, pero tengo que cumplirla en soledad . El único que la tarareó en voz alta fuí yo, la demás gente me miró como un marciano. Y empezó a poblarse la esquina de lo que ahora se llama con respeto Trabajadores sexuales . Pasaron un pelotón de gamines aspirando goma, algunos rebuscadores y gente que buscaba transporte, seguramente pensando en su candidato para las próximas elecciones. Otra vez la voz me dijo: Recuerda que el que menos piensas está armado . No quería admitir que en el sitio donde ví desfilar a Márvel Luz Primera, en el 59 para ser mas preciso, fuera un lugar donde estaba en peligro de ser atracado. Es paranoia o vejez? , me pregunté. La contestación es que estaba en un recreo de la memoria y el acompañamiento era musical, pues en ese instante se oía del mismo almacén una versión en español de Extraños en la noche . Alguien hizo una reflexión en voz alta mientras miraba el movimiento de la esquina. Extraños no son, mas bien habituales . No sé si lo dijo por buen humor o porque le salió en forma involuntaria.

Pero recordé a La Noche , una mariposa nocturna, una pionera que ya en los sesenta trabajaba la setenta y dos. Se presentaba a las ocho por el lado de El Mediterráneo montada en la parrilla de una motocicleta estruendosa que manejaba un joven que decía ser un poeta nadaísta. A las doce en punto aparecía de nuevo el poeta y se llevaba a su musa con algunos pesos trabajados y que se iban en unos buenos platos en el restaurante chino. Me pregunto si esa mujer morocha, altísima, un monumento de ébano, fue la que abrió el camino a la conquista de la setenta y dos por los Extraños en la noche. No me pude responder porque al fin apareció un taxi salvador.

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