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RELATO DE UN SOLDADO TORTURADO

RELATO DE UN SOLDADO TORTURADO

A Jovanny Millán* le quedaron marcadas en su piel las huellas de los maltratos a que fue sometido por siete hombres armados.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
23 de diciembre 1997 , 12:00 a. m.

Lo revolcaron en las cenizas de una fogata y le intentaron quemar la cara con un cigarrillo prendido. Se protegió con sus brazos, pero fueron superiores las armas y los golpes: en doce oportunidades le pegaron el tabaco encendido a su piel.

Durante cuatro días el soldado Millán, estuvo en poder de siete hombres armados que lo retuvieron en el Alto del Boquerón, en la vía Bogotá Villavicencio, donde hicieron un reten, cuando se transportaba en un bus.

Jovanny es un joven de 19 años de edad, de contextura fuerte que se dirigía de la capital de la República a Villavicencio, en donde debía reincorporarse a sus servicios en la Séptima Brigada del Ejército. Se encontraba en el Hospital Militar Central en un tratamiento de la clavícula que se le había salido de su posición.

Su escalofriante caso se inició en Bogotá a las tres de la tarde del miércoles 17 de diciembre pasado, cuando tomó el bus de Flota la Macarena en la calle 27 sur con destino Villavicencio.

A la media hora de viaje, cuando el automotor se encontraba en las afueras de la capital de la República se subieron dos hombres.

Minutos después, cuando el bus empezaba a descender en el Alto del Boquerón se encontraron con los conos que ponen las autoridades cuando hacen un reten. Cinco hombres armados con uniformes camuflados del Ejército y pasamontañas se encontraban en el lugar.

Los dos sospechosos hombres que se habían subido al bus se reunieron con los uniformados que bajaron a todos los pasajeros, los requisaron y les pidieron sus documentos de identidad.

El soldado Millán ocultó su carné militar, pero olvido esconder una bolsa que llevaba en la mano. Los uniformados encontraron dentro de la bolsa un sobre con un examen médico expedido por el Hospital Militar, en el que estaba inscrito con claridad el nombre del soldado y el número de la cédula de ciudadanía, que fueron corroborados por los hombres armados con el documento de identidad del soldado.

Entonces empezaron a tratarlo mal y le interrogaron si iba acompañado de otro uniformado. Una vez los hombres armados verificaron que en el bus no habían más militares, se llevaron al soldado, mientras los demás pasajeros pudieron regresar a sus puestos y continuar el viaje.

Con absoluta precisión, el soldado Millán recuerda que lo subieron al baúl de un vehículo Chevrolet verde modelo 54, cuatro puertas. Le taparon la boca y los ojos, le echaron unas tablas encima y sobre estas un plástico negro.

Durante aproximadamente media hora transitaron por una carretera destapada. Después tomaron una vía pavimentada y durante toda la noche andaron en el carro. Al detenerse el vehículo, después de varias horas de viaje, bajaron aproximadamente cien metros y llegaron a un campamento: eran las seis o siete de la mañana del jueves.

En el sitio había una Jaula de madera y dentro de ella dos hombres con el mismo corte de cabello corto igual al soldado Millán.

Allí también estaban reunidos los cinco hombres con los dos que se habían subido al bus. Uno de barba y de aproximadamente 45 años de edad, canoso y con una cicatriz en la ceja derecha, al que le decían Manuel. El otro, más joven, de aproximadamente 19 años de edad, cabello crespo y largo, ojos verdes y con una cicatriz en el cuello, a quien llamaban Ricardo.

Tenían armas de largo alcance como 7-61, Gallil, un 5-56, un changón, un revólver nueve milímetros, un 38 largo y radios de comunicaciones de los que usa el Ejército. A la pregunta Erán guerrilleros? pues tenían armas largas respondió Jovanny.

El soldado Millán dice que en el lugar del cautiverio se veía a lo lejos un letrero que decía Tibacuy y abajo se escuchaba la corriente de un río.

Ese mismo día, el jueves, empezaron a maltrar a los que estaban en la jaula, les pellizcaban las yemas de los dedos con corta uñas y les pedían información sobre su actividad. Se escuchaban gritos recuerda Jovanny.

Esa noche, los captores del soldado Millán intentaron meterlo junto a las otras dos personas retenidas en la jaula, pero no había el suficiente espacio, incluso sus dos compañeros de cautiverio se encontraban encorvados dentro de las rejas de madera.

Al siguiente día, Ricardo quién le apuntaba con un revolver 38 largo, le quitó las zapatillas y 20 mil pesos en efectivo que llevaba en el bolsillo.

El sábado en la mañana fue paradojicamente, el peor y el mejor de los días para Jovanny.

Como había ocurrido desde cuando se encontraba en cautiverio, fue golpeado en distintas partes del cuerpo con patadas y puños: en el estomago, en las piernas, en la espalda. Nuevamente le descuadraron la clavícula.

Lo maltrataban y castigaban para sacarle información sobre los hombres que conformaban el batallón en donde presta el servicio y los nombres de los suboficiales y oficiales al mando.

Como en un principio no habló, lo revolcaron en las cenizas de la fogata donde preparaban la comida, después lo siguieron pateando y le enterraron una aguja de odontología en la mano derecha.

Después quisieron quemarle la cara con cigarrillo prendido. Se protegió con sus brazos, en doce oportunidades pegaron el cigarrillo prendido a su piel.

En algún momento cesaron los maltratos. Manuel le ordenó a Ricardo traer un balde de agua. Los captores se apartaron por un instante de Jovanny, convencido de que se encontraba absolutamente agotado.

Esos momentos fueron aprovechados por el soldado Millán, quién se decidió a correr. Para sus adentros decía o me matan o me escapó . Corrió por terreno destapado por espacio de diez minutos y tomó una vía pavimentada, cuando empezaba a perder la respiración por efectos del cansancio y de su molestia en la clavícula se internaba en la maleza para descansar y después seguía corriendo.

El soldado Millán dice que estuvo corriendo durante aproximadamente cuatro horas, hasta que vio el que el cree era basurero del Alto de las Canecas y encontró una tienda donde habían varias personas bebiendo cerveza.

Les dijo que lo ayudaran porque lo iban a matar, entonces lo auxiliaron y en una buseta lo llevaron hasta el Batallón de Infantería 39 en el Sumapaz, Cundinamarca, eran las ocho y quince de la noche del sábado.

Por fin se sintió seguro. Sintió que volvió a vivir. Aunque las huellas de su cautiverio lo acompañarán durante toda la vida.

*El nombre del soldado fue cambiado.

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