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BOGOTÁ-PARÍS

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Veinte días en París fueron suficientes para volver a Bogotá descansada; entrar en librerías, algunas tan grandes como un supermercado; tomarse el tiempo de hojear libros, pasando de la sección literatura universal a ciencias sociales ; volver a darse cuenta de que definitivamente los hombres y las mujeres somos seres de palabras, de infinitas palabras y constatar la fuerza de la escritura y la magia del libro a pesar de la dictadura de las imágenes; ir a cine escogiendo películas que difícilmente vendrán a Bogotá; confrontarse con otros debates, otras miradas, nuevas preguntas a pesar del inevitable rating de Ben Laden, del terrorismo y de la guerra contra los talibanes; caminar en este París otoñal y sus parques; alcanzar el último metro de la una de la mañana y encontrar los viejos amigos que me siguen preguntando sobre esta extraña guerra colombiana que no entienden y que entenderán menos después de mis pobres explicaciones; por supuesto, también comer bien las vacas locas parec

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
05 de diciembre 2001 , 12:00 a. m.

Veinte días en París fueron suficientes para volver a Bogotá descansada; entrar en librerías, algunas tan grandes como un supermercado; tomarse el tiempo de hojear libros, pasando de la sección literatura universal a ciencias sociales ; volver a darse cuenta de que definitivamente los hombres y las mujeres somos seres de palabras, de infinitas palabras y constatar la fuerza de la escritura y la magia del libro a pesar de la dictadura de las imágenes; ir a cine escogiendo películas que difícilmente vendrán a Bogotá; confrontarse con otros debates, otras miradas, nuevas preguntas a pesar del inevitable rating de Ben Laden, del terrorismo y de la guerra contra los talibanes; caminar en este París otoñal y sus parques; alcanzar el último metro de la una de la mañana y encontrar los viejos amigos que me siguen preguntando sobre esta extraña guerra colombiana que no entienden y que entenderán menos después de mis pobres explicaciones; por supuesto, también comer bien las vacas locas parecen menos locas de lo que se creía , beber mejor y no olvidar los croissants del desayuno.

Esto hice durante veinte días en París, mi tierra; mi tierra? Les aseguro que ya no lo sé. A los veinte días de estar en Francia, de reconocer sus olores, su geografía, su orden, sus ritos, sus íconos y sus sabores, me entra una extraña nostalgia de esta otra tierra que me habita desde hace 35 años, que me entró en la piel, que le da ritmo a los latidos de mi corazón, que me habla otro idioma y que tiene otra lógica para entender el mundo y sus afanes. Una nostalgia que no podría explicar del todo pero que ubico en la calidez de su gente y en un arte de vivir pese a la omnipresencia del dolor y de la muerte. No existe ninguna rivalidad entre estas dos tierras porque se trata de amores distintos, algo como los amores de una madre hacia sus hijos.

En Colombia sigo sintiéndome francesa frente a las mujeres colombianas a pesar de compartir tanto con ellas y siento que ellas me siguen viendo como francesa, tal vez muy colombianizada, pero francesa. En Francia, frente a las mujeres francesas, me siento colombiana; hablo de las mujeres colombianas con pasión, las defiendo, cuento sus dolores de mujeres en la guerra, de sus resistencias, de sus múltiples acciones a favor de la paz, de una paz positiva que abarca todos los campos de sus vidas.

Cuando bajo del avión y llego a El Dorado, siento que llegué a casa. Miro las montañas que rodean a Bogotá y sé que llegue a casa. Ahora, no me pregunten por mi identidad nacional porque no sabría responder. Hoy día creo no tener una identidad nacional definida. Solo la puedo encontrar frente al otro, frente a los otros, las otras. Francesa con los y las colombianas, colombiana con los y las francesas. No sé si esto tiene sentido. No importa. Lo importante, creo yo, es tener una casa en una parte del mundo, una casa que uno ha edificado para amar, crecer, trabajar, encontrarse con los otros, las otras; una casa en la cual imprime uno su sello, sus olores, su orden o desorden; una casa desde donde uno trata de encontrar un sentido a la vida y darle sentido a su propia vida.

De hecho, mi casa en Bogotá es mi identidad o por lo menos la única que reconozco. Claro, no olvido que en este país donde está mi casa hay miles de mujeres y hombres, de niños y niñas que perdieron su casa. Y entonces es cuando sé el tamaño de mi privilegio y lo absurdo de una guerra que arrasa los techos de una posible identidad.

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