A MANDAR SE DIJO!

El martes siete de agosto César Gaviria recibió el bastón de mando que lo acredita como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de Colombia. Y todo indica que en sus manos no será una pieza decorativa o puramente simbólica. En su discurso de posesión, el nuevo Presidente de la República insistió en que dirigirá en forma directa la lucha contra el narcoterrorismo, que calificó como la principal amenaza que hoy enfrenta la democracia colombiana. Ya en días pasados, en carta al Comandante del Ejército, Gaviria había anunciado que asumiría personalmente la conducción y coordinación de los servicios de inteligencia encargados de enfrentar el terrorismo y la subversión.

09 de agosto 1990 , 12:00 a. m.

La urgencia y el carácter indelegable de esta lucha fue parte central de su discurso. Con su insistencia en la necesidad apremiante de pacificar al país y neutralizar sus violencias cruzadas, Gaviria está interpretando lo que en todas las encuestas y sondeos de opinión aparece como reclamo central de sus conciudadanos. Y con su enfática actitud sobre este punto, el presidente marca de entrada un bienvenido contraste con la forma como se ha manejado el orden público desde la jefatura del Estado. Y no hablo únicamente del Gobierno saliente de Virgilio Barco. El proceso de paz de Belisario Betancur fracasó en gran parte porque dejó solas a las Fuerzas Armadas. No las supo integrar desde un comienzo a su experimento pacificador. Pretendió adelantarlo un poco al margen de ese protagonista central de los acontecimientos que es el Ejército, que se sintió relegado, desmotivado y subfinanciado durante el cuatrienio Betancur.

Barco volvió a darles protagonismo y presupuesto a las FF. AA. Pero no asumió luego la conducción ni supervisión de un problema de orden público que bajo su Gobierno, y por la bárbara ofensiva del narcoterrorismo, produjo una desestabilización institucional sin precedentes.

Los ministros de Defensa reconocieron que con Barco las Fuerzas Armadas habían recuperado su status, pero todos se quejaban de que no había comunicación con el presidente. Surgieron las consabidas fricciones entre Ejército y DAS y, en general, se observó una descoordinación cuando no una franca animosidad entre los cuerpos de seguridad, que perjudicó los esfuerzos pacificadores del Gobierno. El presidente Gaviria es consciente de la situación que hereda. Creo que tiene un diagnóstico claro del problema y de los pasos por tomar. El primero de los cuales es, naturalmente, asumir esta responsabilidad de manera personal y directa, y robustecer simultáneamente los servicios de inteligencia, arma indispensable y esencial en la lucha contra un enemigo con tan probada capacidad de corrupción e infiltración.

La creación de una Consejería para la Seguridad Nacional, bajo la dirección de Rafael Pardo Rueda, es una medida significativa. Creo entender que, más que una centralización de los organismos de seguridad e inteligencia, se trata de una coordinación con miras a remplazar las fricciones contraproducentes con la sana emulación.

Por otra parte, el presidente ha advertido que la credibilidad de las Fuerzas Armadas depende de su respeto por las normas constitucionales y los derechos humanos. Lo que está diciendo es que la defensa de la democracia no se puede adelantar con métodos antidemocráticos.

La observación no sobra, toda vez que en la Procuraduría cursan hoy más de cuarenta investigaciones a personal subalterno de las FF. AA, por violación de derechos humanos (desapariciones, torturas, homicidios, etc.). Para no hablar de los casos de corrupción por efectos del narcotráfico.

Bajo el Gobierno Gaviria habrá, pues, un liderazgo más activo en este campo. Me imagino que parte esencial de esta conducción será la exigencia de responsabilidades y resultados mensurables. Las periódicas ofensivas finales contra la guerrilla, por ejemplo, o los cercos definitivos al narcoterrorismo, deberán producir efectos concretos. Los comandantes de Brigada en cuyas zonas se produzcan matanzas tendrán que rendir cuentas. Los Jefes de Policía deberán responder más directamente por el personal bajo su mando.

Reconforta, en fin, la actitud decidida y clara de César Gaviria frente al triple fenómeno de narcoterrorismo, guerrilla y paramilitares. Tiene, además, una coyuntura favorable para emprender su cruzada pacificadora. El M-19 en el Gabinete; el EPL en negociación; las FARC buscando pista; autodefensas del Magdalena Medio y paramilitares de Urabá y Córdoba en plan de desarme; y tregua de los extraditables en en Medellín. Son todos síntomas positivos. El nuevo presidente de los colombianos terminó su discurso de posesión dándoles a sus compatriotas la bienvenida al futuro. Y dijo que la paz del país es su reto histórico. La verdad es que lo uno precede a lo otro. Porque difícilmente entraremos al futuro sin desterrar nuestro tenebroso pasado y presente de violencia.

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