ENRIQUE SANTOS CASTILLO Y LO QUE DEJA

ENRIQUE SANTOS CASTILLO Y LO QUE DEJA

Con la partida de Enrique Santos Castillo se van cincuenta años de recuerdos y queda sepultada buena parte de mi propia vida. Porque Enrique me vinculó como colaboradora, cuando EL TIEMPO quedaba en la Avenida Jiménez, un edificio sin garitas de seguridad a donde entrábamos sin pedir permiso y sin llevar letrerito de identificación en la solapa. Entonces D Artagnan tenía 8 añitos y se firmaba El Hincha Azul .

03 de diciembre 2001 , 12:00 a.m.

Con la partida de Enrique Santos Castillo se van cincuenta años de recuerdos y queda sepultada buena parte de mi propia vida. Porque Enrique me vinculó como colaboradora, cuando EL TIEMPO quedaba en la Avenida Jiménez, un edificio sin garitas de seguridad a donde entrábamos sin pedir permiso y sin llevar letrerito de identificación en la solapa. Entonces D Artagnan tenía 8 añitos y se firmaba El Hincha Azul .

Desde esa época, quienquiera que entrara al periódico tenía que entenderse con Enrique, porque él estaba en todo. Escogía las noticias, las fotografías, titulaba y revisaba hasta el contenido de las páginas sociales. Y asignaba trabajos y espantaba lagartos. A mí, como free lance, me encargó hacer reportajes. Le hizo el primero a Caretigre , un lotero amigo de todos. Con el tiempo, le dije a Enrique que quería escribir contra la dirección del Tránsito una cueva de Rolando a donde fui a parar porque un bus estrelló mi Volkswagen, en el que iba con mis cinco niños. El aceptó y así nació esta columna.

Era un jefe exigente, a veces intransigente, y un ser humano cálido, cariñoso, coqueto. Fue un gran amigo y el mejor miembro de familia. Adoraba a sus hijos y a sus nietos. Le fascinaba reunirlos a todos y el alboroto y la gritería de los niños no lo alteraban. Con cuánto dolor lo lloraron esos pequeños. Por qué te fuiste antes de Navidad? Decía, entre sollozos, Esteban, el hijo menor de Juan Manuel.

Periodista integral, dedicado con pasión al oficio, sus colegas reconocen que en EL TIEMPO no ha habido ninguno igual a él. Vivió su vida intensamente, le sacó jugo, y su mejor decisión, luego de una agitada juventud, fue casarse con Clemencia Calderón, su polo a tierra. Su matrimonio duró 56 años y el gran dolor de Enrique fue ver morir a su Clemencia.

Rodeado de hijos y nietos que lo adoraban, de amigos que no lo abandonaron, y atendido por Celmira, la niñera que cuidó a sus cuatro hijos, Enrique se quedó dormido. En este país desbaratado, a sus sucesores les deja una tarea: trabajar con amor por Colombia, y con pasión por el buen periodismo, como lo hizo él.

Un futuro incierto.

Hará falta Enrique Santos para sacarle la almendra al discurso de los candidatos presidenciales, de los cuales solo cuatro aparecían en las encuestas. Pero surgió Ingrid Betancourt, con cinco puntos de favorabilidad, dos más que Lucho Garzón. Entonces, hablemos de ella.

Escribió en francés La rabia en el corazón, pues no encontró editor colombiano disponible. Best seller en Francia durante varias semanas, en Colombia lo leyeron cuatro gatos. Pero Aguilar lanzó en Maloka una edición en español, presentada por Alberto Dangond. E informa The New York Times que el 7 de enero saldrá en USA la edición en inglés de Harper Collins. Es un libro polémico, con exageraciones y sindicaciones temerarias. Es mi testimonio de vida , dice Ingrid.

Ella figura en el libro de Oscar Collazos y su sede política se llama Colombia Nueva. Allá habla de reconciliación nacional, de revocar el Congreso, de cortar los vínculos Estado-narcotráfico, mientras Alvaro Soto, su portavoz, hace cuentas. Hay dice 16 millones de colombianos, entre 20 y 40 años, que no han votado ni creen en los políticos y no se dejan engañar porque son universitarios y profesionales. Ellos inundarán las urnas de Colombia Nueva .

Con algo de show y mucho valor, Ingrid quiere cambiar a Colombia, y está en la pelea. Vamos a ver hasta dónde llega.

Lunieto@cable.net.co

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